Adaptador universal

Texto: Aniko Villalba
Ilustraciones: Delfina Peydro

adaptador universal (1)

Tardó cincuenta años en comprarlo. No porque no quisiera, sino porque se acordaba de su existencia solamente cuando lo necesitaba y, pasado ese momento —que podía durar minutos o días—, se olvidaba por completo. Cuando volvía a necesitarlo —semanas, meses o años después— lamentaba no haberlo comprado en su país, donde sabía cómo se llamaba, donde sabía cómo pedirlo, donde sabía en qué negocio conseguirlo. Pero como no lo necesitaba ni en su casa, ni en su ciudad, ni en su país, se olvidaba de hacerlo.

Lo consiguió, después de tantos años, de casualidad. Había ido con su nieta, la de nueve, a comprar unas telas a Once. Ella buscaba ese ovillo de retazos de algodón que las chicas de su edad usaban para atarse el pelo, para hacerse pulseras, para ponerse flecos y para todas esas cosas coquetas que se suponía debían hacer las chicas de esa edad. Como no se acordaban la dirección exacta del lugar que tenía esas telas —que, luego se enterarían, se llamaban totoras—, el hombre y su nieta entraron a una ferretería sobre Lavalle para preguntar y ahí lo vio, sobre el mostrador, como oferta de la semana: Adaptador Universal Viajero. Enchufe movible, completamente plegable, patas giratorias y retractiles, LED indicador de tensión. Sirve para todos los países del mundo, África, Asia, Oceanía, Europa. $ 60 con estuche. Hecho en China.

—Este es muy bueno —le dijo el ferretero cuando vio que el hombre miraba el aparatito con interés—. En las ferreterías de Recoleta lo revenden a cien pesos y en los aviones está como a sesenta dólares.

Sí, él lo sabía, cada vez que lo veía en la revista del Free Shop del avión pensaba en comprarlo pero desistía. Para qué, si ya estoy volviendo, para qué, si en la ferretería a la vuelta de casa está más barato y además ya no lo necesito, pensaba. Siempre le pasaba eso: lo veía en el avión de vuelta, cuando había pasado a ser un objeto inservible, y lo dejaba para la próxima, y la próxima le pasaba que llegaba de nuevo a una ciudad y se daba cuenta de que lo necesitaba y de que se había olvidado de comprarlo antes de salir.

adaptador universal (4)

La primera vez que lo habían mandado de viaje tenía veinticuatro años y trabajaba en un diario que todavía tenía presupuesto para

mandar cronistas al exterior. Aquella vez se había ido al Cairo sin saber otro idioma más que castellano y algunas palabras en inglés. En el hotel se le dio por usar la maquinita de afeitar —en aquel momento todavía empacaba de más— pero vio que las dos patas redondas de su enchufe no iban a entrar en los dos agujeros rectos de la pared, entonces fue a recepción y le preguntó a la chica, una egipcia de unos veintisiete años, dónde podía conseguir el “thing” para “plug” y con una mano le mostró dos dedos que se metían en el círculo que formaba con el índice y el pulgar de la otra mano, y la chica habrá pensado que le estaba proponiendo otra cosa porque se lo llevó a su cuarto, se sacó la ropa y lo tiró sobre la cama. Cuarenta minutos después se despidieron y ella le dio un adaptador que el guardaría para sus futuros viajes a Egipto y a países donde se usaran los dos agujeros rectos.

Unos años después empezó a trabajar para una revista y lo mandaron a un país africano que, más adelante, cambiaría de nombre y de fronteras. Durante tres meses convivió con tribus en aldeas donde la electricidad era un lujo que llegaba en camiones una vez cada cuatro días y se alquilaba por unos pocos minutos a cambio de agua, madera y algunos favores. Cuando el camión llegó, él quiso enchufar el trencito eléctrico que le había llevado de regalo a los nenes de la aldea y cuando vio que en el camión había cinco entradas de electricidad pero ninguna con formas conocidas se dio cuenta de lo estúpido que había sido llevarle un regalo así a gente que casi no tenía para comer. Ahí se preguntó por qué si la ONU era capaz de resolver tantos problemas mundiales no era capaz de decretar que todos los países tuviesen los mismos tipos de enchufes y que todos, además, tuviesen electricidad, como para facilitarle la vida a viajeros y locales por igual.

adaptador universal (3)

En los años ochenta le tocó pasar una temporada cubriendo la guerra de Irán e Irak; ahora viajaba con filmadora y trabajaba para un canal internacional de noticias. En medio del estruendo de las bombas y de los gritos de las mujeres se dio cuenta de que su cámara se estaba quedando sin batería así que volvió corriendo al hotel sólo para comprobar que sus tres patas redondas no entrarían en esos tres agujeros cuadrados y levemente rotados que lo miraban desde la pared. Cuando quiso volver a salir se enteró de que el mercado más cercano había sido bombardeado y que el hotel estaba rodeado de tanques, así que se quedó adentro ya que no quería pasar a la historia como el periodista mártir que murió en busca de un adaptador.

Cuando viajó a Nepal ya tenía casi cincuenta años, una mujer y dos hijas. Estaba escribiendo un libro acerca de la vida en los Himalayas, acerca del contacto con la naturaleza que tenía esa gente y que él, en Buenos Aires, nunca había logrado tener. Durante esos seis meses pudo hablar con su mujer unas cuatro o cinco veces. El día del cumpleaños de ella coincidió con la llegada de él a un pueblo desconocido donde solamente había una pensión. Esa vez iba seguro, con el adaptador correcto —que había comprado ahí mismo, en Nepal—, pero en el hotel se encontró con que al dueño se le había ocurrido poner wifi pero los enchufes más raros de su vida, de cinco patas desordenadas, que al parecer se usaban en ciertas partes del Himalaya. Su computadora estaba sin batería y no se pudo conectar y eso, a su vuelta, casi le costó una separación.

adaptador universal (2)

Ese día, en la ferretería de Lavalle, con el adaptador universal en sus manos, el hombre pensaba en todas las cosas universales que había necesitado durante sus viajes y que nunca había podido comprar: una seña universal para los números (porque en China, por ejemplo, la seña del ocho era una pistola hecha con dos dedos y la de “con cincuenta” era el gesto argentino de “¡¿qué decís?!”, parecido al vaffanculo italiano), un traductor portátil de todos los idiomas que pudiera llevarse encima como un collar (o, a falta de eso, la capacidad de aprender una lengua durmiendo con alguno de esos cassettes hipnopédicos), también le hubiese gustado tener una guía de reglas de etiqueta (para saber dónde sorber la sopa con ruido y dónde podía o no regalar relojes o paquetes envueltos en papel blanco) y un mapa que sirviera para todas las ciudades del mundo (que de alguna manera se redibujara en cada lugar) y se preguntaba cuándo se inventaría un sistema único de propinas (para que en todos lados el porcentaje fuese el mismo y en Singapur no lo multaran por querer dejarle una atención al mozo) y una pasta de dientes universal con el mismo sabor (para no tener que acostumbrarse siempre a un gusto nuevo).

Pensaba en todo eso y en que por fin tenía ese adaptador que tanta falta le había hecho durante tantos viajes, aunque no sabía si llegaría a usarlo. Después de cincuenta años de viajar estaba cansado, prefería quedarse quieto en un lugar, le dolían los huesos de pensar en armar otra valija, le dolía el alma de pensar en volver a despedirse de su mujer, de no ver crecer a su nieta, de separarse de sus libros, de no tener la comodidad de su cama y la promesa de su ducha caliente. Pero igual decidió comprarlo, finalmente, después de cincuenta años, aunque tal vez muy tarde, cuando su avión ya estaba más del otro lado que de este.

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