Cogollito de batalla

Ilustración: Ignacio Spotti
Texto: Gabriela Cancellaro

Cogollito de batalla–          ¿Te imaginás si las plantas de faso hablaran, boludo?

Tobías le pegó una seca más al paraguayito que habían conseguido de última, a la espera de la cosecha de abril. Le pasó la tuca al Gordo, que no le contestó enseguida porque estaba colgado mirando una rama en la que crecían unos cogollitos prometedores. La tuca se perdió entre los dedos anchos del Gordo, que la acercó a la boca y pitó tranquilo, como si no estuviera a punto de quemarse los labios. El Pelado salió del interior de la casa subiéndose la bragueta y hablando en voz demasiado alta.

–          CHE, ¿cuál será el límite para que a una palabra se la considere ‘difícil’, nocierto? porque ponele… – arrancó mientras se sentaba en el piso, al lado del Gordo.

–          ¿Pará, boludo, en serio, qué onda si las plantas de faso hablaran? – lo cortó Tobías, embalado con su idea.

–          No sé, man, qué sé yo. – el Pelado agarró la tuca y trató de fumar, pero ya no pudo. – Porque ponele, si yo pienso en la palabra esquemático, ¿no? hay gente que no sabe lo que significa esquemático, capaz.

–          ¿Vos sabés qué significa esquemático? – preguntó el Gordo.

–          Sí, más vale. Entonces, cuánta gente tiene que no saber qué significa esquemático para que la palabra se vuelva de significado difícil y ya no se use tanto y caiga en el olvido, ¿eh?

–          ¿Qué significa ‘esquemático’? – insistió Tobías.

–          Esquemático significa que sos esquemático, o sea, que te gustan las cosas ordenadas, el esquema hace eso, ordena, acomoda.

El Pelado los miró como si lo tuvieran que felicitar por saber. Hacía esas cosas el Pelado: tiraba cualquiera, y como nadie lo contradecía – porque en general ni a Tobías ni al Gordo les interesaba lo que decía -, creía que tenía razón.

–          Mirá si a las plantas no les gusta que les cortemos los cogollitos, boludo – le dijo el Gordo a Tobías mientras picaba paraguayo.

–          Uy boludo, mirá si hablaran y pudieran decirnos que no las cortemos y ¿qué hacemos? – se alarmó Tobías.

–          Y, las cortamos igual, boludo – dijo el Pelado, un poco molesto porque creía que su reflexión acerca de las palabras difíciles merecía más atención que esa estupidez de plantas parlantes.

–          Y sí, qué vas a hacer, ¿no fumar? Yo no creo que a la planta le cope que uno le ande cortando pedazos, pero por algo ellas son plantas y yo tengo una tijera, viste. – el Gordo le pasó la lengua al borde gomoso del lillo y cerró el porro.

–          Sería como no comer carne porque los animales sufren – comentó Tobías.

–          No, bueno, pero los animales son animales, es otra cosa – saltó el Gordo mientras prendía.

–          Dale Carrió, – lo interrumpió el Pelado – dejá de defender a la minita que te estás garchando. Ser vegetariano es cosa de minita.

–          No es vegetariana, forro. No come carne roja. Y dejá de decirme Carrió, pelotudo.

–          No comer carne roja es de minita. Y te voy a dejar de decir Carrió el día que te cortés el pelo y no te parezcas a Carrió. Carrió.

Tobías señaló a la planta.

–          Guarda, capaz que si no le gustara que la cortáramos nos podría atacar. Miren lo que es.

La miraron: era tan grande que sentados en el piso no podían ver las últimas ramas. El tronco central grueso y las ramas expandiéndose, frondosas, hacia todas partes. El verde poderoso y sano, fuerte. Cuando soplaba la brisa de madrugada de verano, la planta perfumaba todo el patiecito.

–          ¿Te imaginás si nos atacara? – el Pelado trataba de acordarse de cómo era lo de las palabras difíciles pero se le complicaba, al estar pensando al mismo tiempo en plantas con ojos y boca.

–          Yo no voy a dejar de fumar faso ni aunque me ataque la planta, loco. Si hace falta voy a la guerra, pero a mí el faso me lo dan. – Tobías se cruzó de brazos como si se plantara frente a la planta.

El Pelado se sentó derecho de golpe.

–          ¡Uuuh, qué flashero loco! – agitó los brazos arriba – ¡ir a la lucha armada con las plantas de faso para que nos den el faso! – agitó los brazos abajo – ¡Tener que atacarla y amenazarla con que si no nos da los cogollos LA LIQUIDAMOS, LOCO. – hizo el gesto de disparar un fusil automático – raatatatatatatatatatatatatatatat…

–          Este man está del orto, loco, quiere empezar a los tiros con una planta. Sos un violento, boludo, se puede hablar con la planta. – el Gordo largó una línea recta de humo blanco.

–          Y sí, ¿pero si no quiere qué hacemos, Carrió? – el Pelado se tiró para atrás, desinflado.

–          DEJÁ DE DECIRME CARRIÓ PORQUE TE VOY A CAGAR A BIFES. No sé, política, boludo, hacemos política, les damos algo a cambio.

–          ¿Algo como qué?

–          Agua, por ejemplo.

–          Agua les da el planeta, pensá en si no quieren nada a cambio, ¿qué onda, eh? ¿Vos empuñarías un fusil para ir a la guerra contra plantas de faso o no, Carrió? – lo apuró el Pelado.

–          No sé, boludo, qué sé yo.

Los tres miraron a la planta.

–          ¿Sabés lo ricos que van a ser esos cogollitos de batalla, Gordo? Las cosas con victoria siempre tienen otro sabor, loco. – Tobías miraba a la planta, pero miraba a la nada, los ojos ensoñados.

–          Dale Gordo, ¿no irías a la guerra con la plantita? ¿eh? – el tono del Pelado era dulce y afectuoso.

–          Ustedes son dos pelotudos.

El porro pasó del Gordo a Tobías, se quedaron callados un rato. La brisa perfumaba el patiecito.

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