Ki – Moushon

Texto: Bruno Martínez
Ilustraciones: Gonzalo Gerardin

KIMOUSHON 1

Le desconecté el cable de la pared.

Se quedó con el tubo del teléfono fijo en la mano, en la oscuridad. Era una viuda de sesenta años envuelta en esa tela áspera que le verías a cualquier gitana de peineta, con un olor eterno a cebolla en la sartén. Marcaba con sus deditos rechonchos los números, y apretaba el botón de colgar para ver si con el silencio volvía a oír el tono.

– Tía, basta.

Levantó la mirada y su vista me atravesó. No me veía, ella oía un sonido en mi dirección. A juzgar por Discovery Channel, mi tía era un tiranosaurio rex. Olfateó un poco el aire y me mostró los dientes.

De repente se tanteó el saquito viejo que la cubría. Sin siquiera sonreír, tomó su celular viejo, negrito, cabezón, de luces azules y sin polifonía. Sin aumento, se le complicó para ver los números. Yo estaba cansado; me dolían los pies, tenía la espalda endurecida, la cabeza me sonaba como un bombo y los ojos se me nublaban de tanta televisión en la oscuridad. No tenía paciencia para lidiar con la silueta mal iluminada de una mujer que se había decidido a comprar.

– Tía.

La mujer rellenita giró sobre su cadera, atlética como nunca. Estaba buscando algo.  Miré detrás suyo y vi el estuche floreado de sus anteojos sobre la mesa ratona. Rotó sobre su eje y se precipitó hacia ellos. No podía dejarla llamar. De una zancada llegué a su lado e intenté embestirla antes de que llegase. Fácil: le saco una cabeza y soy medio cuerpo más grande que ella.

Se mantuvo firme.
A juzgar por ESPN, la señora era una mariscal de campo norteamericana. Tomándose la muñeca izquierda con la mano derecha, me expulsó con el hombro hacia la mesita con fotos recordando a la abuela. Trastabillé y equilibrarme costó el vuelo de un rosario y una vela vieja.

Apenas si pude atajar el cuadro de vidrio de la Berta, que la tía ya se había puesto los lentes. Dos vidrios exageradamente gruesos, sin marco en la parte superior. Si los mirabas desde arriba podías ver la distorsión gris verdosa, ondulada, que da tanto miedo a envejecer.

Celular en mano y mirando el televisor, marcaba el número que aparecía en pantalla. Los pulgares le echaban chispas. Encaré de frente a la viejita. De un manotazo podría quitarle el celular, sacarle la batería o bloquearlo. Cualquier cosa que impidiera que mi tía lo comprase.

En el televisor todavía sonaba.

“Y si llama en los próximos diez minutos, se llevará no uno, sino DOS Ki-motion. Relájese en su hogar, en el trabajo, o al aire libre con el nuevo y revolucionario sistema de masajes…”- y así.

Mi tía me dio la espalda, encorvada, cuando me sintió lo suficientemente cerca.

-Basta tía, dámelo. – no contestó

Las órdenes eran claras: nada de compras ni de gastos más allá de la comida y la insulina. “Ojo que tu tía es medio compulsiva”. Mi flácido familiar no cedería ante los buenos gestos de su preocupado sobrino. Tuve que recurrir a la violencia.

La tomé de las muñecas lo más delicado y firme que pude. Con el teléfono llamando, su brazo derecho quería alcanzar su oído. Nuestras fuerzas se encontraron. Yo tiraba hacia abajo, ella hacia arriba. Podía oírse el gruñido de la damita fofa y su rostro congestionado de los músculos tensos.

-Tía, basta.

Pero basta nada. Su manojo de dedos ascendió nomás. y el tono del teléfono se convirtió en música. Música de ascensor, bossanova hecho en la compu, con el mouse. Se me estaba agotando el tiempo.

Le pegué un manotazo. Al celular, le pegué un manotazo. Y la luz azul, y la música, cayeron a la alfombra en un “toc” suavecito. La mujer rotó sus muñecas y se liberó de la presa en una técnica de ninjitsu que una vez vi usar a un ruso en un valetodo de la MMA.

Tintineaban sus pulseras cuando clavó la vista en el televisor, preocupada. El hombre bronceado que la miraba desde dentro estaba empezando a despedirse. El número de teléfono iba a desaparecer de la pantalla y con ello, la posibilidad de comprar un Ki-motion sería totalmente imposible para la mujer. Comenzó a gritar el número.

-CERO OCHOCIENTOS, TRIPLE CUATRO, SESENTA, KIMOTION- esta última palabra pronunciada exactamente como se lee.
No era un murmullo lo que salía de su boca. Eran guturales que, a juzgar por Vh1, transformaban a la vieja en parte de los coros de Slipknot.

Con su pie empantuflado, levantó el celular como una hamburguesa en la plancha, y de una patada corta a lo Diego tenía su teléfono devuelta en la mano. Ya había ido muy lejos. Mi impotencia se convirtió en poder.

La tomé de la cintura y la tiré en el sillón con brusquedad. Ésta vez no pudo resistirse. El celular seguía en su garra. La musiquita, sonando: ahora, Beethoveen. Me puse de cuclillas para estar cara a cara a ella. Para decirle que la corte, porque la iba a encerrar o alguna amenaza del estilo. Cuando la ví a los ojos, ella no estaba asustada. No. Ella estaba lista.

Primero oí los ruidos; un crujido de madera y una bolsa de papas cayendo al piso. Después sentí dolor en todo el costado derecho y una molestia en la nariz, como si tuviera el moco seco más grande del mundo. Y después la sangre brotando de ahí despacito, pero sin parar. El peso de mi cuerpo contra cemento, alfombra de por medio. Recordé aquella vez que me robaron caminando por calle Viedma, que me resistí. Que les dije que no flaco, que no te doy nada. Y la primera piña que me pegaron. Se sintió parecida, pero a la de los chorros le faltó. La adrenalina me tenía temblando. De repente, todo se volvió más brillante y estaba ella. De pie, gritando.

-CERO OCHOCIENTOS, TRIPLE CUATRO, SES–

KIMOUSHON 2

La tacleé. Gacho, con mi hombro en su cintura, agarré al monstruo y lo estampé contra el empapelado. Su espalda sonó entera y en ese momento caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Cuando me detuve para ver a mi tiíta, herida por mi brutalidad, ella fue Zidane. Sus lentes volaban por el aire destruidos mientras yo intentaba de no caer. Mientras intentaba soportar el empuje del cabezazo en el pecho.

-Usted se está comunicando con nuestra línea de vendedores…- El invencible teléfono. Sin siquiera agitarse, mi tía lo posó en su oído. Trastabillé con el comienzo de la alfombra. Giré en caída y lo último que vi fue la mesa ratona, con esas puntas de madera maciza redondeada. Sentí el sacudón justo sobre la nariz.

-Hola, querida- Su voz era tersa y canturreada- me gustaría comprar el kimoushon. Si, el de la tele.

La voz se mezclaba con los diálogos de “Loco por Mary” doblada al gallego. Qué buena película. Dios mío, Cameron Diaz. ¿cuatrocientos pesos de qué? ¿La tía está horneando algo? Que rico, flan. No podía esperar a la cuchara. Qué rico. ¿Qué era eso mojado? Le molestaba mucho en la nariz. Sólo podía comprar insulina. Cameron era su actriz favorita, y el otro día vio una chica parecida en la cola del banco. Avenida de los Pozos trece cuarentaytrés. ¿Esta semana qué cosa, tía?

Mamá se va a enojar. Pero hay flan, ¿o no? No siento olor, pero creí que estaba haciendo. Me duele el pecho. Ki-motion. Sí, el coso que ponés en el piso y te mueve los pies. Qué bueno todo lo que hace. Capaz Cameron tiene uno. Qué va a tener Cameron, si ella no tiene estrías y seguro come re bien. La alfombra me está dando alergia. Si tía, estoy bien.

Qué sueño. Mañana pruebo flan antes del colegio. Chau tía.

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