La culpa de los zapatos

Texto: Daniela Chueke
Ilustraciones: Silvia Hapko

la culpa de los zapatos (1)

  1. Costa Rica

La culpa no la tuvo el porro. Fueron los zapatos.

Que decidieras dejarla, digo, avisarle que no iba más, al tercer día de su llegada. Era una visita que habían planeado juntos para que durase una quincena, la de sus vacaciones. Surgió la idea cuando por fin te decidiste a llamarla, cuatro días después de llegar a Costa Rica, y  ella te contó que pensaba irse en las vacaciones de invierno a Nueva York a la casa de una amiga. Primero le sugeriste, como siempre hacías, con tus indirectas, que porqué no aprovechaba el viaje para pasar por Costa Rica, que tenías un cuarto enorme en la casona que habían alquilado con tu amigo Walter, tu socio, en esa calle sin nombre ni numeración, como es normal en San José. Después te jugaste un poco más: que querías que lo conociera, a tu cuarto enorme, que tenías un balcón que miraba a un jardín lleno de plantas tropicales, que en Costa Rica todo es selva y que le encantaría conocer a los ticos, con su costumbre de tratarse de Usted y adosarle a todo comentario la frase “pura vida”.

Sabías que ella era una viajera compulsiva y que no podría negarse ante una invitación semejante. En realidad necesitabas volver a sentir su cobijo, esos abrazos largos que te daba cuando no podías más con tu vida, esos besos tiernos, suaves, cuando se abría para recibirte y vos te sentías vivo, importante. Pero no se lo confesaste.

Le dijiste dale venite que te llevo a recorrer las playas de Costa Rica, que me tomo esos días libres para estar con vos, que Walter se encargue de terminar los laburos; hasta le agregaste un chau te extraño que sonó como una simple fórmula de despedida.

Pero la cosa cambió cuando por fin llegó el momento de tenerla al lado tuyo, en tu nueva realidad costarricense. Pasado el primer abrazo, la alegría de volver a verla en el aeropuerto, el agradecimiento porque te había traído de Miami el equipo de música que le encargaste.

Algo empezó a incomodarte, quizá por la culpa que te agarró al notar su cara de decepción cuando le informaste que lo de la playa no podría ser, que acababan de pegar un laburo para Coca Cola, que iban fabricar una botella gigante en fibra de vidrio para una publicidad y que era buena guita, no podías dejarlo a tu socio con todo, que ella podría pasear tranquila durante el día y que se verían a la noche, que quizá el fin de semana podrías llevarla a conocer Tamarindo o Playa Limón.

Sabemos que tu desconcierto, la necesidad de distanciarte, no fue por ella. Ella no te reclamó nada, nunca lo hacía y aceptó las nuevas condiciones con buen ánimo. Fue al segundo día, porro mediante, como de costumbre, que de repente viste con una claridad que te dio escalofríos que ella era Ella, la misma de Buenos Aires, la misma que habías dejado al poco tiempo de empezar una relación concreta para seguir una oportunidad laboral en Costa Rica.

Habían llegado a estar dos meses juntos, más que juntos, encastrados, antes de tu partida. Vivieron una relación intensa, soñada, no querían ni podían despegarse. Dormían en una sola cama todas las noches, saldaban de algún modo la deuda de tantos años de histeriqueo mutuo, cuando ninguno se animaba a dar el primer paso o porque simplemente no se daba o porque en muchos de esos encuentros ya alguno de los dos estaba acompañado por otro. Siempre supieron ambos que en algún momento iba a pasar algo entre ustedes. Se atraían desde la época del secundario, cuando durante los recreos la mirabas de lejos, pero no tanto, para adivinar el largo exacto de su jumper, siempre por encima de las rodillas, sin animarte a hablarle porque te intimidaba la custodia permanente de sus mejores amigas. Te siguió gustando, después que egresaron, cada vez que la viste en algún cumpleaños de amigos en común, en la casa de Harry, las noches de los domingos cuando se juntaban a tomar cerveza en Malas Artes y se armaban esas mesas de amigos de amigos de amigos y a la vuelta la llevabas a su casa en San Cristóbal y se quedaban horas conversando en el auto estacionado, en la expectativa de un primer beso que ninguno se atrevía a apurar.

Hasta que llegó esa tarde,  ya ambos pisando los 30, en que te animaste a llamarla como si nada, después de un par de años de no verse, ya no circulaban por los mismos bares y Harry estaba en Chile, así que era poco probable que se encontraran de casualidad. Estaban viviendo a pocas cuadras, no sabías que se había mudado a Palermo, la llamaste a lo de su mamá para ubicarla y fue ella quien te pasó el nuevo número. Tiempo más tarde, cuando vio a su hija llorando por los rincones, al volver de Costa Rica, se odió por eso.

Así fue que empezaron una corta convivencia de nómades entre tu departamento sombrío, desordenado, de heladera vacía, con algún que otro limón fosilizado y el de ella, luminoso y limpio, repleto de libros, amigos y comida caliente. Así empezaste a amarla tanto como a odiarla. A conocerla como era. Con su apertura a probar cosas nuevas, su entusiasmo irreductible por la vida, por el amor, el cuidado de los vínculos y con sus estructuras, sus precauciones habituales hasta acá sí, hasta acá no.

Agradeciste en algún momento, ese límite contenedor que en cierto modo ponía un freno a tus ganas de mandar todo a la mierda y que tanto valoraste durante los dos meses que estuvieron juntos en Buenos Aires, cuando estabas sin laburo, ante un futuro incierto, cuando eras un artista incomprendido. Pero todo cambió en San José, donde eras aplaudido como el escultor-pintor-escenógrafo argentino, el creativo vanguardista que había sido contratado por una importante empresa de producciones española para liderar el proyecto de un parque temático del terror, cuando tu acostumbrado porro en ayunas no te hacía ya ver esos fantasmas de las manchas agigantadas en las paredes de tu departamento de divorciado de la calle Paraguay, sino un mundo claro, colmado de verdes intensos en el que vos era el rey, el hacedor, el creador, el que todo lo podía. Ya no sentías que ese límite fuese bienvenido. Te limitaba.

Sus comentarios del tipo “esto no da”, como el que te había lanzado respecto de la merca, empezaban a resultarte molestos. Como esa vez que Ella cometió el pecado de decirte que con el porro estaba todo bien, pero que la cocaína y el éxtasis le parecía demasiado. Que no le cabía que en ese mes que no se vieron desde que te fuiste de Buenos Aires y te instalaste en San José, hubieses incursionado en esa onda; que eso no tenía nada que ver con vos. Fumar era una cosa, cuando lo hacían lo pasaban bien, estaban conectados, entre sí, o cada uno con su propio mundo, para el caso es lo mismo, pero la merca era separatista, un potenciador del ego a extremos que volvía a las personas detestables, disertó con tono de profesora universitaria. Te irritó y decidiste doblar la apuesta: desafiarla.

¿Y vos qué sabés si ayer yo había tomado? ¿Cómo podés darte cuenta? Lejos de mostrarse débil o dubitativa te contraatacó -sin intención, creéme, supongo que fue un acto de sincericidio desafortunado-: Ah, ¿por eso no quisiste coger anoche? Te puso en evidencia delante de Walter, con qué derecho exponía así la intimidad de la pareja, parece que de repente sí eran una pareja, la sorprendiste. ¿Acaso no tenían una relación libre sin demandas ni ataduras? ¿No se habían prometido estar juntos durase lo que durase, sin exigirse nada, ser honestos, auténticos?

Por eso ella no entendió nunca tu enojo: qué podía tener de malo hablar de sexo delante de un amigo, con quien se suponía estaban en confianza, que a Walter le contabas todo, de hecho vos ya se lo habías confesado, te había preocupado no haber tenido ganas de cogerla esa noche en cuestión; pero  ella no debía hablar del tema en público, decías, no era lo mismo. ¿Cuál sagrado código no escrito había violado con su inoportuno comentario? ¿Fue realmente eso lo que detonó la  bomba? ¿No te resultó por lo menos impiadoso tomar la decisión  de cortarla apenas dos días después de su llegada?

Qué poco te importó que ella se hubiese tomado tres vuelos desde Buenos Aires para venir a verte, como vos mismo le habías rogado. Porque acordate que cuando ella quiso dar marcha atrás, cuando te dijo que así como estaban de inciertas las cosas no estaba segura de si era una buena idea ir a verte, vos le insististe.

Corrijo: no te importó nada. En tu territorio, vos tenías derecho a decidir con quién convivir y con quién no. Somos muy distintos, le dijiste de repente, la cuarta tarde en el balcón. No quiero seguir con vos. Se fue al dormitorio y fuiste detrás porque querías seguir hablando, no estabas dispuesto a ahorrarte la escena catártica: con gestos histriónicos, mientras caminabas por toda la habitación como un león enjaulado, sin mirarla, siempre con los ojos apuntando al piso, oscilando entre las baldosas resquebrajadas y la punta de tus zapatos marrones, dando grandes zancadas que resonaban como tambores, la acusaste de todos los pecados que se puedan atribuir a una amante con fecha de vencimiento. Le gritaste, como siempre que te sentís acorralado, que era una imprudente, una princesa judía, una prejuiciosa, una mujer sin vuelo; la acusaste  de ser demasiado doméstica para seguir el ritmo a un artista. El artista eras vos, estaba claro, que habías venido al mundo para crear, para experimentar, para vivir en las nubes y bajarlas a la tierra. Ella, en cambio, aunque bailaba, aunque escribía, aunque vivía sin presión por cumplir con los mandatos heredados, para vos tenía una vida demasiado resuelta, con su trabajo, con ese vínculo inquebrantable con sus padres, con su veneración de los rituales familiares; sabía cocinar, cuidar una casa, ser perfecta. Ella estaba bien en Buenos Aires, vos no. Por eso habías decidido quedarte a probar suerte en San José, donde te llovían oportunidades de trabajar en lo tuyo. Pero que no se confundiera, no. No estaban terminando por eso. Terminaban por todos sus pecados, sus errores, su carencia absoluta del sentido de la oportunidad.

Porque cuando le contaste que a los argentinos en Costa Rica los valoraban por su talento artístico y no podías perderte esa oportunidad,  Ella, lejos de mostrarse dolida, te respondió que si necesitabas encontrar tu camino, ¿cuál era el problema?

Eso fue lo que más te molestó, que no se enojara, que no te rogase quedate conmigo y que en cambio decidiera ocupar el tiempo libre organizando paseos y excursiones con una uruguaya de la que se había hecho amiga en el aeropuerto de Miami.

Así estaban las cosas. Aprovechaste su primer error para tomar una decisión implacable y unilateral sobre el destino de la relación. Ya no iban a estar más juntos. Igual podía quedarse en tu casa, ir a donde vos fueras, como tu invitada y, aunque ya todos tus nuevos amigos, esos gallegos fumones, le habían dado la bienvenida al grupo como tu novia, a partir de ahora, sólo podría participar de sus sesiones de intercambio artístico mediante experimentación de sustancias, en calidad de amiga.

  1. Tus zapatos

Aunque en Costa Rica siempre es verano vos no te ponés una sandalia ni loco. Siempre andás con esos zapatos de gamuza marrón que parecen zapatillas porque tienen suela de goma y cordones. Esos Storkman modelo casual, los mismos que usa el Bati en las gráficas de la marca. Es curiosa esa tirita que le sobresale de la talonera, parece que tiene su funcionalidad, que sirve para tirar hacia atrás el cuero y abrir el espacio para que el pie entre con comodidad, sin usar un calzador. Es poco estética, pero resulta práctica. Más que esa tirita, lo que te gusta de esos zapatos es que ya están ablandados, no cabe duda de que fueron hechos para tu pie, se fueron amoldando con el uso hasta lograr esta armonía perfecta entre contenido y continente que te hace sentirte tan seguro cuando te los calzás. Sabés que con ellos siempre pisás fuerte. No están muy nuevos ni demasiado gastados, están dignos. Tal vez se nota un poco ahí en la puntera del izquierdo como una mancha gris producto del desgaste; es que pateás con la zurda y como son un híbrido entre zapatilla y zapato no te los sacás ni para jugar al fútbol. Los usás todos los días, no te preocupa la posibilidad de que tengan mal olor, deben ser autolimpiantes como el horno de mamá, o será que ya se te acostumbró el olfato. Al menos hasta ahora nadie se quejó.

Ya los conocés a la perfección, vos. No sé por qué te los describo si lo que querés en verdad es que te explique por qué sostengo que ellos tuvieron la culpa de que te separases de Ella. Y no el porro, como te dijo para herirte una centésima parte de lo que vos la habías destrozado en el momento en que se fue.

Te acordás que antes de caer el sol, por las tardes, mientras había claridad, se sentaban los tres, siempre Walter estaba entre ustedes – o Ella entre vos y él, pienso ahora- a fumar y escuchar a Bjork o Zappa que sonaban en el equipo nuevo, después Walter se iba a tocar la batería o a pintar, porque aunque ustedes ya no estaban juntos, de algún modo percibía que su presencia los lastimaba y no quería joder. Ella y vos se quedaban mirando el jardín, esa selva tropical repleta de variedades exóticas, todas esas plantas de hojas inmensas y esos pájaros multicolor. A los dos les gustaba mucho la palmera. Ella cada tanto te miraba y te sonreía, con esa sonrisa en cámara lenta, profunda, como diciendo aquí estamos, cortamos pero te sigo queriendo, y vos le devolvías el gesto, quizá hasta le decías Linda, como la llamabas antes, cuando todavía era la posibilidad del amor verdadero, pero no la tocabas. Volvías a colgarte de esa palmera pensando que si estirabas la mano desde tu sillón de caña, posiblemente tu brazo se estiraría lo suficiente hasta alcanzarla. ¿Cómo se vería el horizonte desde la cima de tu palmera? ¿Qué habría más allá? ¿Qué obras maravillosas ibas a pintar? ¿Alcanzarías el nivel de Egon Schiele? ¿Lograrías algún día transformar cómo él tus obsesiones en objetos artísticos con la capacidad de alterar la vida de los otros? No era momento de preocuparse, te respondías y volvías al aquí y ahora, a concentrarte en la densidad del verde, en el sonido del viento entre las hojas, en los toques estridentes de la batería de Walter que te pegaban directo en el estómago.

En una de esas tardes a Ella le dio vértigo, quiso zambullirse en esa nube espesa de oxígeno, se sintió atraída por todo el aire puro de ese pedazo de bosque de lluvias del  jardín y se subió de un salto a la baranda de concreto como dispuesta a lanzarse al vacío. Sólo estaba fluyendo,  no te preocupes, te dijo entre risas exageradas.

Vos te diste cuenta de que el porro le había pegado mal y entonces la abrazaste. Aflojaste tu enojo, pusiste a un lado tus dudas, no la culpaste, por un rato y la quisiste como siempre. Esa noche volvieron a tener sexo, un sexo ondulante, hecho de caricias interminables y penetraciones exquisitas, una armonía perfecta de deseos individuales que por inexplicable milagro coincidían. Un sexo que aliviaba, un sexo sin palabras, sin promesas, reclamos ni reconciliaciones. Durmieron abrazados en cucharita y no le soltaste la mano en toda la noche.

Volvió a ser tu ángel de la guarda, por esa noche. Sólo por esa noche. Porque a la mañana siguiente, cuando arrancaras el día con un nuevo porro en ayunas y te fueras a trabajar al taller, mientras plantearan esos diálogos existenciales con Walter, mientras la música de Zappa de fondo sonara a pleno, siguiera con Dire Straits y Talking Heads, en tanto que tallaras, soldaras y se te irritaran los ojos por el polvo de vidrio flotando en el aire, recuperarías tu nueva identidad de creativo argentino triunfando en Costa Rica.

Ella se convertiría nuevamente una piedra en el camino del artista. Una mujer, ese gran obstáculo para tu crecimiento, tu vuelo, tu no saber tranquilo adónde ir, qué cima alcanzar, qué cielo atravesar.

No fue esa vez, ni esa mañana cuando compuso esto. Fue la última noche, antes de volver a Buenos Aires, cuando no pudo dormir y se puso a escribir su diario, como hizo todos los días que pasó con vos en Costa Rica, para tener a quien contar la locura que vivieron.

Cuando me lo mostró me hizo prometerle que nunca te contaría de su existencia. Pero traiciono en cierto modo nuestro pacto y te lo envío ahora porque sé que pasado tanto tiempo, Ella me va a comprender. Y sé que a vos te va a hacer bien leerlo. Descubrir lo que te perdiste. Te lo muestro ahora, después de 12 años, porque me contás que estás a punto de separarte de la madre de tus hijos, tratás de entender qué hiciste mal esta vez, cuál es tu problema con las mujeres. Quizá por eso hoy la mencionás a Ella y otra vez me confesás que lo que te aleja de las personas que querés es tu costumbre de fumar. Pero creeme que no. La culpa no la tuvo el porro.

la culpa de los zapatos (2)

  1. Diario íntimo

12 de julio de 1997, San José, a la mañana, en la cama, Leonel duerme, se despierta y me pregunta ¿qué escribís? Boludeces, las mismas de siempre. Frente al colchón sus zapatos y mis zuecos acomodados la noche anterior -seguramente por mí en algún gesto automático, él siempre los deja tirados -. No están paralelos.

Se necesitan dos zapatos al menos para caminar.

Cercanos a la pared, dos pares de diferentes estilos apuntan en direcciones opuestas.

Uno es de mujer, el otro de un hombre.

Como estas dos espaldas enfrentadas en un mismo colchón, indican rumbos que acaso jamás se vuelvan a reunir.

Hubo unión. Claro. Fue sin zapatos. Fueron pocas o muchas, algunas veces, unas cuantas horas.

Nunca teníamos puestos los zapatos. Esa prisión.

Hay aquí una paradoja: hay cárceles que liberan.

Los pies encerrados logran atravesar distancias jamás imaginadas, conducen a lugares remotos y completamente extraños. Permiten viajar. Permiten la Libertad.

¿Será que hay que permanecer en cárceles parecidas, digamos zapatos del mismo tamaño y del mismo género, para caminar acompasados en una misma dirección? Quizá, pero también pregunto:

¿Cuál será el ritmo que pueda brotar desde las plantas de unos pies que jamás están descalzos?

Si es sin zapatos cuando se borran las diferencias, cuando descubrimos nuestras semejanzas. Tan humanos somos. Porque es en la desnudez de los pies, la más primaria, cuando dos personas se detienen y buscan simplemente estar, esa otra Libertad.

Aquí estoy, aquí me quedo, repito cada día en este infierno-paraíso-infierno otra vez.

Entonces me saco los zapatos y bailo un rato. Sola. Acaso porque confío en que en esa debilidad de los pies desnudos una fuerza necesariamente ha de nacer. Aunque sólo sea la de unos callos metatarsianos producidos por el contacto de la planta de los pies con el piso.

O bien, parto y me libero, pienso otras veces. Aunque no de la cárcel. Tan sólo del sufrimiento.

Es otra opción, siempre hay varias.

Pero entonces debería calzarme. Y no sé muy bien aún cuáles de mis zapatos serían los apropiados para la ocasión. Es que no hay un rumbo, sería escapar. En esos casos, el sentido común indicaría que no debo perder tiempo en elegir, comparar o encontrar la combinación adecuada, ni siquiera de algo tan vital para la fuga como el calzado.

Si eligiésemos permanecer, estoy segura, ambos deberíamos quitarnos no sólo los zapatos: también la ropa, las palabras, las máscaras, los miedos, nuestras cargas. Sería lo mejor. Conviene estar liviano si hay que internarse en el ojo de la tormenta. Y es el único modo de disiparla una vez que se ha desatado.

Me basta un instante, caminar tres metros hasta el baño para comprender de repente cuál fue el error: nunca miramos nuestros pies.

Llegué un día trayendo un regalo. Mi ofrenda era la intimidad, ese lugar de encuentro -a través de una búsqueda de unión con el otro- con el propio ser. Pero creo que él no buscaba intimidades sino equipos. Y es difícil reconocer la diferencia. Hay regalos que se rompen antes de poder ofrecerlos. Nadie sabe bien por qué, pero sucede.

En este caso creo que fue por el miedo. La certeza de un designio fatal que dictamina no podrás. A pesar de las ilusiones, de la confianza, de cierta calidez, de algunos gestos, de algunas palabras tiernas dichas casualmente y hasta con dejos de timidez…

De entre las sábanas asoma una uña que necesita ser cortada. Unos pies que podría perfectamente besar y sería digno, en tanto ocurriría por entrega, por pasión, por amor.

Que nunca sucediese -a pesar de este deseo tan desdichadamente intenso- es señal para tener en cuenta.

  1. Saludo

Leo, hermanito, no seas boludo,  pensalo bien antes de dar un paso definitivo con tu jermu, ya no somos pendejos. Quitate los zapatos de una vez y confiá en quien te quiere.

Al fin de cuentas, no es el éxito lo que uno necesita en la vida. Es el amor, ¿no?

Nosotras siempre andamos descalzas por la casa. Dentro de seis meses vamos a cumplir diez años juntas. Ya publicamos tres libros, Ella escribe yo hago las  ilustraciones y  nuestros colegas del ambiente literario en Buenos Aires nos consideran la pareja más copada.

A veces no podemos creer lo raro que fue todo, cómo nos fuimos descubriendo, como nos permitimos ser amigas a pesar de que al  principio a Ella le hacía mal verme después que la dejaste, decía que le hacía acordar demasiado a vos. La primera vez, a su vuelta de Costa Rica, nos encontramos para que le diera a Bren esa carterita de Minnie  que le había traído del free shop, no recuerdo si también había traído algún regalo de tu parte, creo que no, nunca fuiste un tío muy atento.

Después empezamos a hacer salidas juntas para darnos compañía, las dos estábamos solteras. La primera vez fuimos a la bienal de arte, la segunda a un recital de guitarra de Luis Salinas, y las demás ya no me acuerdo. En algún momento creo que una vez que Bren estuvo con fiebre y mi ex no podía cuidarla, empezamos a quedarnos en casa, cocinando juntas, viendo pelis. En un momento empezamos a acercarnos más, yo le mostré esas pinturas que nunca quise exhibir porque me daba miedo exponer mi alma a un público anónimo y ella, se animó a darme leer sus escritos más viscerales.

No sé cómo pasó que terminamos por enamorarnos, creo que esas cosas simplemente, suceden.

¿Y sabés la novedad? ¡Estamos embarazadas! Era eso lo que quería contarte cuando te llamé el otro día pero no me dio, te oí tan mal que preferí dejarlo para otro momento.

Estamos felices: le vamos a dar una hermanita a Brenda, que ya estaba medio aburrida de ser hija única, porque aunque tiene los hermanos por parte del padre, con ellos no convive. Y se muere de ansiedad por conocer al bebé.

La panza la puso Ella, yo ya transité un embarazo y me pareció justo que Ella también pueda vivir una experiencia tan hermosa. Estamos muy felices.

Ah, el donante fue Walter.

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