Los años

Texto: Gabriela Cancellaro
Ilustración: Simón Urruti

tapa los añosHace unos días encontramos el auto de juguete favorito de Felipe. Apareció en el jardín, debajo de la rosa china, desenterrado. No sabemos si fue el perro o fueron las lluvias que removieron capas de tierra, una tras otra, hasta que el autito quedó visible. Hablamos acerca de si decirle  o no a Felipe que su autito había aparecido. Roberto decía que le dijéramos: lo quería llamar por teléfono al trabajo. Por suerte lo convencí de que no. Sé que el Felipe que perdió el autito azul de plástico ya no existe. El Felipe que jugaba con el autito todas las mañanas antes de ir al colegio y después, al volver, ese Felipe que hacía diálogos imaginarios debajo de la mesa del comedor, y brrrrrrm brrrrrm brrrrrrm a cada rato, quedó sepultado por los años. A Roberto le cuesta un poco más entender eso. Sé lo que hubiera pasado, puedo recitar de memoria la secuencia de los tonos de voz de Roberto si llegaba a llamar a Felipe para contarle: juguetón, misterioso, regocijado, exultante, desilusionado, triste, resignado. Creo que Roberto en el fondo también lo sabía, no me discutió mucho cuando le dije que era mejor esperar a que lo viera.

La tarde en que encontramos el autito llovía, una llovizna débil pero constante de esas que te desaniman de cualquier cosa que no sea tomar mate, comer tortas fritas y charlar. Las gotitas de lluvia, leves, repicaban en el toldo que da al patio. Nos sentamos en la cocina, mirando el suelo mojado a través del mosquitero. De a ratos, yo lo miraba a Roberto de reojo, lo estudiaba, buscaba los rasgos del hombre con el que me casé. Siempre hago eso, él no se da cuenta porque es hombre criado en la época en la que a los hombres los criaban para que no se dieran cuenta de lo que nos pasa a las mujeres por la cabeza, para que no se lo preguntaran. Pero yo siempre estoy buscando al Roberto joven, igual que busco a la joven yo frente al espejo, todas las mañanas. A veces me encuentro, y a veces lo encuentro a él. Otras veces no, otras veces el pasado está escondido bajo las canas y las arrugas y los rictus y hay que desenterrar tanto que es demasiado doloroso. Al Roberto joven es más fácil encontrarlo cuando se ríe. Esa tarde no se reía. Chupaba la bombilla hasta que hacía ruido, y se quedaba haciendo ruido de bombilla en mate vacío un rato más, como hace siempre.

–         ¿Te acordás cómo le gustaba el autito ése al Feli? – me dijo en un momento.

–         Sí. Me acuerdo de esa navidad, cuando le compramos el camión rojo gigante…

–         Y no le dio ni pelota. – completó – A él le gustaba el autito azul.

Me encogí de hombros, le pasé otro mate. En la calle, un coche pasó a todo lo que daba sobre el asfalto mojado. En nuestra cocina había olor a tortas fritas recién hechas y a aceite gastado. Roberto agarró una, dorada y crocante. La partió al medio y me pasó la mitad. Mientras él masticaba, le pregunté. No sé de dónde salió la pregunta, hay preguntas que parecen estúpidas llegados ciertos momentos de la vida, pero no la pude frenar.

–         ¿Beto, vos me amás todavía?

Roberto masticó un poco más rápido y arqueó las cejas, miraba para el patio. El perro del vecino ladró dos o tres veces. Vi pasar la torta frita masticada por su garganta, una bola que se deslizó hasta perderse.

–         Claro que te amo, vieji. Mirá las cosas que me preguntás.

Y lo miré, mientras mordía otro pedazo de torta frita, masticaba, miraba para el patio. Lo miré y busqué al Roberto joven, pero no lo encontré.

–         Por ahí – me dijo después de un rato – podemos guardar el autito para cuando lleguen los nietos, ¿no?

–         Sí viejo. Podemos.

Y no hablamos más, nos quedamos ahí sentados dejando que la cocina se pusiera oscura, mirando caer la lluvia, esperando, andá a saber qué cosa.

dibujo interno los an_os

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