Los conejos

Texto: Karina Ocampo
Ilustraciones: Gustavo De Tanti

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El hombre alto de camisa rayada abrió la puerta y entré a la sala. Dijo que me sentara en un tono que no admitía otra opción. La silla hizo ruido de globo al desinflarse y por unos segundos concentré la atención de los demás. Saludé y en un pantallazo identifiqué a las amas de casa, estudiantes y desempleados, capacidad que adquirí después de años de experiencia.

Una chica jugaba con el elástico del extremo de la carpeta enorme apoyada sobre la falda, el pibe de al lado la fichaba de reojo y parecía que le iba a hablar pero no se animaba. Diseñadores, adiviné. Frente a ellos una gordita ama de casa fruncía el ceño y desaprobaba el ruido molesto, cada tanto chateaba por whatsapp. Pensé en el aburrimiento que la había llevado a esa sala que tenía algo de consultorio médico, con revistas viejas y un potus medio moribundo. Sentí la fragancia del aerosol barato y me imaginé una pradera de flores violetas mezcladas con bosta de vaca.

Éramos un grupo de diez personas que habíamos respondido al aviso “Se necesitan personas con enorme poder de observación para la prueba de un producto que va a revolucionar el mundo de la estética y la salud”. No me había dejado impresionar por la frase y llamé. Me tomaron los datos, les mentí un poco como siempre y al otro día me avisaron el horario y el lugar de la cita. Si les hubiera dicho que trabajé en marketing jamás me habrían elegido, así que les conté una historia de estudios secundarios abandonados.

Se les llama “Focus Group”, a las entrevistas en las que un  conjunto representativo de personas prueba un producto nuevo antes de salir al mercado. Durante un tiempo me tocó estar del lado del observador a través del vidrio espejado y evaluar a las personas que parecían conejos asustados hasta entrar en confianza. Decíamos “ya llegaron los conejos”, y nos reíamos de sus reacciones ante las galletitas light grasosas o la bebida cola de procedencia dudosa. Fue durante los 90’ que disfruté de una época ideal para que las empresas invirtieran plata en nosotros. Recién egresada como socióloga tuve la chance de dejar de pagar un alquiler y mudarme a Belgrano con Matías.

Pero las cosas cambiaron a partir de los ataques de pánico. Todavía me acuerdo del último día que  estuve bien y al otro me desperté en la cama y pensé que me iba a morir y nadie me pudo sacar la sensación de opresión que me cerraba la garganta y que después se repitió tantas veces. Primero dejé de lado mi vida social y ya no pude cumplir con el trabajo aunque lo disimulé hasta que no me quedó otra que pedir ayuda. Cuando me quise dar cuenta estaba del lado equivocado del vidrio: me había convertido en conejo.

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Las manos me temblaban un poco pero lo disimulé y agarré con fuerza la cartera, esperaba que la medicación me diera fuerzas para aguantar las ganas de abrir las ventanas y tirarme al vacío que a veces me agarran cuando estoy entre desconocidos. De la nada apareció una mujer de rulos y anteojos con marco grueso, habló en voz baja con el alto de la recepción, y nos dio la bienvenida con una sonrisa profesional.

En la habitación demasiado iluminada había una mesa blanca, pizarra y pantalla plana. También termos con café y sanguchitos de miga.

-Adelante, póngase cómodos, la prueba será de dos horas aproximadas y ustedes tendrán la oportunidad de evaluar antes que nadie un producto novedoso.

Hubo exclamaciones y dos amas de casa empezaron a charlar entre ellas. La de ojos claros con buzo rojo me dijo algo que no alcancé a escuchar pero por las dudas le respondí que sí con la cabeza. Después vino la parte más divertida en donde pude corroborar mis apuestas con un quince por ciento de margen de error. La primera mujer se presentó:

-Soy Maricarmen, tengo 40 años y estudié Letras pero trabajo como asesora en una empresa de seguros. Tengo dos hijos, Mateo y Santi, y me interesa la estética, cuidarme con cremas, comer sano- la mujer sonrió orgullosa y recibió la aprobación del grupo.

El que tenía pinta de abogado resultó que estudiaba Derecho y la gordita que daba con el perfil de fanática de Arjona dijo que era ama de casa y habló de su marido Edu con el que siempre tomaban gaseosas diet. Los diseñadores comentaron detalles de la profesión y se rieron de sus propios chistes. La mitad estaba en pareja y tenía hijos, el sesenta por ciento buscaba trabajo.

Yo fui la última. Conté que vivía con Matías, que no tenía hijos pero sí un perro que se llamaba Cachilo y era la alegría del hogar. No dije que Matías hace tres años se había ido a Europa y tampoco que desde la muerte de Cachilo no quise saber nada con las mascotas. La moderadora que se llamaba Ana me preguntó por el cuidado de la piel.

-Uso cremas buenas, tomo agua mineral, dos litros más o menos.

Adiviné que del otro lado había personas que tomaban nota de mis mentiras. Me hizo gracia pensar que era parte de  una estadística que no existía.

-Bueno, les cuento de qué se trata. Estamos por sacar al mercado un agua mineral con propiedades nutritivas. Nos asociamos con una marca de estética y creemos que esta campaña será un éxito. Queremos que prueben el agua que además de hidratar, tiene un componente que a corto plazo, tiene efectos positivos sobre la piel. Más específico, está orientada al rejuvenecimiento y es un anticelulítico poderoso.

Por unos segundos nadie habló.

La gordita aplaudió y aprovechó para acercarse a la mesa y meterse el triángulo de jamón y queso de un bocado. El futuro abogado preguntó cómo era posible lo del agua, y las mujeres con distintos grados de fe, miramos la botella como a nuestro futuro redentor.

Ana dijo que los cambios iban a ser progresivos, por lo que tendríamos que evaluar primero el sabor y volver a la semana siguiente para verificar los cambios en la piel.

Tomé un sorbo cortito y lo paladee como si fuera un buen vino. No tenía gusto a nada, tal vez un dejo, un recuerdo del agua de las sierras de Córdoba que tomaba en las vacaciones de verano. Miré a los demás, había un clima festivo, la diseñadora apuró el vaso y se sirvió más. Yo pregunté si tenía contraindicaciones y Ana reparó en mí.

-No tiene contraindicaciones. Se probó en animales y todos mostraron una mejoría notable en pocas semanas. Nos asociamos con los laboratorios más prestigiosos y ustedes son los primeros que prueban el hallazgo. Aprovechen el privilegio porque la campaña va a ser un éxito.

Lo dijo casi sin respirar, como si lo hubiera aprendido de memoria y ninguno cuestionó la poca información que nos estaban dando. Tomamos lo que pudimos, completamos un formulario y en la salida nos entregaron un pack de seis botellas cada uno y un anotador. La gordita dijo que la próxima vez que nos viéramos no nos íbamos a reconocer y reímos con ganas.

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La semana pasó volando. El primer día no hubo cambios pero al tercero me empecé a sentir más liviana, y también de mejor humor. Una energía olvidada me hizo limpiar la casa y tirar a la basura toda la ropa de Matías. Llamé a la diseñadora que me había dado su teléfono y las dos coincidimos en que era evidente que el agua tenía un poder sanador. El espejo por primera vez me devolvió la imagen que ningún centro de estética me había dado jamás.

Durante el cuarto día mi piel se puso tersa, casi tanto como en la adolescencia. Decidí hacer la prueba y dejé de tomar las pastillas para la depresión, fue una corazonada y acerté. No hubo temblores y me ilusioné con la idea de volver a mi vida de antes, en la que no había espacio para los ataques de pánico.

En el cuarto salí a andar en bici por Palermo, fue muy divertido pero me lastimé con el pedal y se me desgarró el tobillo, alcancé a ver parte del hueso y aunque soy impresionable, no me importó demasiado.

El quinto día fue el más difícil. La piel suave se empezó a caer. Fue de a poco, lo noté cuando terminé de ducharme, el toallón blanco se llenó de cascaritas que tardé en entender que eran del sector derecho de mi axila. Escribí en el anotador que parecía que había problemas con el agua, me vendé la parte roja y me acosté a mirar una serie.

El sexto día me maquillé y fui a la empresa. Noté la mirada de asombro del colectivero y la secretaria que me atendió cuando me acerqué al mostrador. No había rastros del hombre alto ni de la socióloga. Un empleado me acompaño hasta la sala, ahí estaban mis compañeros, igual o peor que yo. La gordita tenía razón, me costó reconocerla con la nariz y las mejillas sin piel, aunque debo reconocer que lucía mucho mejor con cinco kilos menos. Los diseñadores habían perdido la timidez, el pibe se secaba cada tanto la cara con un pañuelo para no dejar caer la sangre en la silla y era obvio que se contenía para no besar a la nueva novia en público.

Yo me acomodé como pude, la extrema sensibilidad impedía sentarme como una persona normal. Después de media hora de espera me golpee la frente con la mano y sentí caer partículas mías al suelo.

El abogado puso la tele y nos colgamos con uno de esos canales de animales. Yo me acerqué al vidrio con un marcador indeleble y escribí una frase de Spinetta y después le siguió otra hasta que no quedó más lugar y continué mi obra en la pared. Los demás charlaban animados, era evidente que el agua hacía subir el nivel de endorfinas. En la mesa había comida y agua suficiente para un par de días. Supe que nadie nos volvería a abrir la puerta.

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