Luna rosa

Texto: Micaela Ortelli
Ilustración: María Sanzol

mandar tapa correccSo sweet, my sugar, so sweet. Yes mama, yes girl…

No me voy a dormir. Estoy despierta. Despierta.

En un momento se juntaron la luna con la claridad y fue rosa. Pero cuando entré en la estación se había terminado.

El tren arrancó. Once estaciones: como esta rosca azucarada mientras miro por la ventanilla: entra aire por la hendija. Todo eso me despabila. Duermo en casa.

No te duermas, pensá en algo, so sweet, my sugar, so sweet. Pensá en algo.

Yo estaba sentada sobre las pantorrillas, es decir, arrodillada; y María, sentada como indio. Habíamos tenido gimnasia porque estábamos las dos de jogging y buzo azul. Una luz marrón en la casa de la abuela, y el ritmo de las cuatro de la tarde: la abuela que se levantaba, abría el ropero, lo cerraba, iba al baño –un frío estancado ahí–, ponía la pava, prendía el televisor: un programa conducido por una mujer. Con María nos miramos –estábamos un poco al lado, un poco enfrentadas– y agarramos las muñecas. Mientras esperábamos que se hiciera la hora, habíamos acordado cómo solucionar lo del día anterior para que Barbie no quedara embarazada y no se nos terminara la historia. En el colchón había un agujero, grande y mullido, y Ken se había confundido: había metido el pito ahí, no en Barbie. Así que al final no lo habían hecho.

Me senté en la cama, acongojada por lo de la noche anterior, pensando cómo decirle a decir a Ken lo del colchón, lo del agujero en el colchón y que al final no lo habíamos hecho. Stacey me consoló; dijo que Ken iba a entender, que no se iba a enojar. Y que por qué no íbamos al shopping a despejarnos. Nos cambiamos: yo me puse el vestido verde escotado en la espalda, aros y tacos fucsia; Stacey, un short rojo, top blanco y tacos amarillos. Chocamos los cinco y subimos al Mustang rojo descapotable extensible. Pero no lo extendimos porque salíamos solas. Estaba haciendo marcha atrás, sacando el Mustang del porche, cuando María dijo:

MANDAR dentro–Marcos me preguntó por vos.

Frené.

–¿Qué Marcos?

–Mi primo, el que estaba en mi casa el otro día, el de Pilar.

–¿El que estaba con el hermano?

Pregunté para disimular, pero me acordaba de todo. Yo esa tarde había tenido un cumpleaños, de alguien que María no conocía o no la habían invitado, y estaba bien vestida: mamá me había elegido la ropa. Tenía un jean negro, camisa blanca metida adentro, campera de lana negra, corta, con una guarda horizontal roja y blanca, borceguíes negros con hebilla y taco que hacía ruido. (Estaba bien vestida y hacía ruido al caminar.) Cuando volví del cumpleaños a lo de la abuela, antes de que mamá me pasara a buscar para ir a casa, fui a saludar a María. Entré como siempre, sin tocar timbre: atravesé el pasillo de los azulejos chiquitos azules y celestes, después el de la pared blanca descascarada; llegué al patio de la casita verde del gas y abrí la puerta de la cortina de plástico. María estaba sentada en el sillón grande al lado de un chico chiquito, y en el otro sillón había un chico más grande. Eugenio el chico y Marcos el grande: los primos de Pilar. Yo pasaba a saludar nomás, dije, que ya me pasaban a buscar; ellos también ya se iban: los padres habían ido a hacer algo y ya los pasaban a buscar para volver a Pilar. Alicia no estaba (llegaba con el guardapolvo puesto: un tubo blanco prendido hasta arriba con volado redondeado, largo hasta las rodillas, y el portafolio negro), y Oscar miraba televisión en la pieza. Caminé rápido de vuelta por el pasillo, me di cuenta por el ruido.

–¿Cómo te preguntó?

–Me preguntó, le pareciste linda.

–¿Pero qué te preguntó?

–Si gustabas de alguien.

–¿Y qué le dijiste?

–Que no sabía, no sabía qué decirle.

–Está bien. ¿Y qué más?

–Dijo que te iba a comprar un regalo.

–¿Un regalo? ¿Cómo te lo dijo? ¿Cómo te dijo que le parecí linda? Todo contame. Yo me fui, ¿y? Todo, desde que me fui.

Tenía la muñeca agarrada por la cintura porque así manejaba el Mustang marcha atrás, después lo empujaba (pero entonces me di cuenta). El trayecto al shopping lo hicimos en silencio; en un momento Stacey dijo qué lindo estaba el día –cuando pasamos por abajo del helecho, la entrada en Palm Beach–, y en otro, que se quería comprar un vestido para el cumpleaños de John –cuando estacionábamos el Mustang debajo del sillón–. Mientras mirábamos vidrieras le pedí a María que me contara lo de Marcos otra vez.

–¿Qué hora es?

–Las dos.

–¿Dónde estamos?

–Pilar.

Me robaron la cartera. Tengo la rosca en la entrepierna pegajosa: el azúcar se voló y derritió. Seis estaciones: me como la rosca mientras miro por la ventanilla. Yes mama, yes girl, yes I’m callin you, so sweet, my sugar, so sweet… Camino por el andén y a lo lejos veo a mamá: está apoyada en una columna cerca del molinete. My baby don’t you go, you see my little sugar go home. So sweet, my sugar, so sweet…

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