Ministerio

Texto: Juan Cruz Balián
Ilustraciones: Guillermo Ortiz

Ministerio portada

Toda la tristeza del mundo puede cifrarse en la imagen de un hombre esperando al lado de una fotocopiadora. Algo adentro de la máquina se mueve de un lado a otro, una especie de guadaña de luz blanca que se escapa por entre los bordes de la tapa. El hombre espera decapitado a intervalos, la oficina vacía a esas horas.

El sonido se repite una y otra vez. Parece el quejido de un chancho electrónico al que están degollando. A cada gemido una hoja sale por la bandeja de abajo. En todas las hojas planillas cuadradas, tejidas, alambradas, celdas pequeñitas, planillas disciplinadas. Y la mirada permeable del hombre que espera, la alfombra azul, la decoración compuesta a base de anuncios del ministerio con esa composición de colores que intenta ser amistosa y que sin embargo se resuelve en palabras toscas, declaración y moratoria.

Espera, pero espera sin tiempo porque no sabe cuántas copias le faltan a la máquina. Cuando termine podrá dejar la pila de hojas encima del escritorio y salir a la calle, al viernes nocturno, entregarse a la promesa de irse a dormir sin despertador. Pero la máquina no termina. Se interrumpe, que es otra cosa, y la pantalla diminuta le dice que se quedó sin papel.

Las resmas están guardadas en Secretaría, pero Secretaría está bajo llave. Debería pensar que ése es el fin, que ya no hay forma de dejar el trabajo hecho y que el lunes tendrá de nuevo el olor que tiene el aire adentro de un blíster vacío. En lugar de eso piensa en comprarse un café. Para los oficinistas el café tiene algo de místico, de bálsamo curativo, de virgen desatanudos, de separador de problemas que reduce y ordena, que salva y sostiene. No hay papel. Entonces un café.

De algún modo sabe que no debe. Que el café es un derecho adquirido, sí, pero que al mismo tiempo es un acto sumiso, la aceptación de su estadía ahí, la intención de prolongarla y cumplir con el trabajo a deshoras. Debería no tomar ese café. Debería irse. Terminar el trabajo, sí, porque no hacerlo significa que el lunes va a ser como un blíster vacío, pero irse. Entonces, piensa, primero lo primero. Resolver la falta, entrar a Secretaría, encontrar papel.

Abandona el cuarto, la fotocopiadora aún titilando, y camina por el pasillo sin asombrarse de que todos sus movimientos, la pierna que pasa, la mano que abre la puerta, todos sin importar el tamaño o el trayecto, se desarrollan a la misma velocidad.

Ministerio int

El recorrido lo lleva junto a una ventana. El Ministerio da a la avenida y ve a la gente y los autos trazando líneas de colores, líneas mudas porque el vidrio es grueso y el piso es alto y él está solo, en la oficina, de noche. La idea del café regresa. No es una idea, es una especie de pulsión delgada que repta por debajo de los pensamientos y se dedica despacito a roerle la nuca con dientes de goma. Sabe que la máquina expendedora está allá, más adelante en el pasillo oscuro, enchufada, funcionando, entre la Secretaría y él. Abandona la ventana y camina.

El pasillo parece largo y mullido. Mullido es, porque los de mantenimiento pusieron una alfombra nueva después de que la anterior sufriera un número equis de catástrofes, resultado de combinar la máquina y el tráfico matutino de expedientes. Pero largo no. Parece largo, pero no es. Solamente es oscuro. La única luz está detrás de él que camina sobre su propia sombra, una sombra que se abre allá adelante donde la luz no llega y se pierde la figura de la cabeza, por segunda vez decapitada. Pero cuando pasa delante de la máquina, de sus botones brillantes, duda. Apenas un instante,  porque quiere y no quiere, quiere pero lo asiste una voluntad que a su vez se basa en una jerarquía y esa jerarquía se respalda en un sistema y ese sistema es tan complicado que él sigue de largo, se pierde en la oscuridad y se choca con la puerta de Secretaría.

El picaporte no cede, no importa cuánto intente, el picaporte se empecina y como es redondo cuesta forzarlo. Las palmas se resbalan no entiende del todo si tiene que hacer fuerza con las manos hacia adentro para agarrarlo, o si tratar de girarlo o empujar hacia adelante que es hacia donde la puerta se supone que abre.  Igual el picaporte no cede.

Se queda un momento parado frente a la puerta oscura, donde ya no proyecta sombra.  En lo que a él refiere no hay nada delante, puro negro, una puerta cerrada, la resma del otro lado, la perilla de la luz también. La realidad es que las paredes no son más que mamparas elegantes, ni siquiera llegan hasta el techo y sabe que puede saltarlas con un esfuerzo moderado. Por supuesto no lo hace. Sería incivilizado. Sería una vergüenza quedarse trabado arriba y que lo encuentren el lunes, asustado, humillado, deshidratado.

Se da vuelta. Si no tendrá la resma, al menos tendrá el café.

Es preciso acercar la mano a los botones luminosos para distinguir las monedas. Las pone sobre la palma y las separa con un dedo, conserva el importe exacto y devuelve el resto al bolsillo. Coloca las monedas en la ranura y se queda maravillado ante el sonido que producen. Es un sonido prolongado, enorme en medio del silencio, compuesto de una serie rebotes metálicos que le parecen demasiados y siente como si las hubiese arrojado a un abismo profundo, a una fosa común.

Aprieta el botón y espera. De nuevo el sonido de ruedas y motores, el quejido del chancho que se desangra y en lugar hojas aparece un pequeño vaso de plástico, un chorrito aguado y un vapor agradable. Es asombroso ver cómo la máquina se ilumina más al hacer el café, los fabricantes intentando convencer al cliente de las ventajas indiscutibles del siglo en el que vive.

Retira el vaso. Revuelve con ese remo diminuto y discreto que revuelve pero que no lo demuestra. Huele el café, consciente de que el mejor momento es ése porque el sabor del café nunca será más rico que su olor, y después camina, aún sin tomarlo.

De nuevo en el distribuidor ve la oficina que dejó abierta. Adentro la pantalla de la fotocopiadora parpadea con paciencia. La mira y luego mira la oficina de al lado, la oficina del gerente. Seguro allí hay montones de papel, cantidades enormes de hojas que el tipo debe guardar como un tesoro porque un gerente no puede nunca quedarse sin hojas para imprimir, para fotocopiar, para escanear, dirigir y gestionar. Seguro esa puerta también estará cerrada, es tan predecible, pero igual intenta. Sostiene el café con una mano y con la otra agarra el pomo, aprieta, gira, empuja y la puerta se abre, sin esfuerzo, se abre para él.

Adentro de la oficina del gerente las cosas están definidas sólo por un borde, por esa cosa oblicua que tiene la penumbra. El escritorio, la silla, la computadora, a todo se le ve un costado y se le imagina el resto. De ahí el erotismo, que es como el miedo, de ahí la sensación de que algo se mueve en el cuarto, como una presencia o una respiración. Pero cuando enciende la luz todas las cosas adoptan un aire de inocencia, el teléfono con fax de pronto no es más que un cuadrado gris y unos pocos relieves como botones. Si esa máquina no hace ruido es porque es tarde y en todos lados las oficinas están igual de vacías. El lunes alguien la llamará y empezará a gemir de nuevo mientras el gerente se adormece en la silla.

¿Por qué estará tan ordenado el lugar? Pero no está ordenado, está vacío. El escritorio limpio, no hay papeles ni clips ni restos de comida. El gerente se lleva todo lo que trae, eso es lo que pasa. Se llevará las resmas también, piensa el hombre, pero sabe que no. Sabe que están guardadas, probablemente en ese cajón que tiene llave.

Entonces deja el café sobre el escritorio, se sienta en la silla grande y trata de abrirlo. No puede. Trata de forzarlo. El cajón no cede, pero la silla sí. No se rompe, cede apenas, se acomoda bajo su peso y se siente extrañamente cómoda, muy distinta a su silla, muy diferente a estar parado junto a la fotocopiadora. Se recuesta y el respaldo baja hasta la posición exacta, la columna derecha pero los músculos relajados. Es tarde, piensa. Los ojos se tientan, se cierran un poco. Si no consigue la resma estará perdido. Habrá un lunes pero también habrá un fin de semana angustia, el preámbulo del lunes atravesado por la conciencia de saber que el verdadero problema está por delante. Aún así se duerme.

Cuando despierta han pasado casi dos horas. No sabe en qué momento puso los pies sobre el escritorio, pero al sacarlos golpea el café frío y lo vuelca sobre la alfombra, sobre parte de la silla y una mano. El desastre es irreparable. Alarmado, levanta el vaso plástico y lo arroja al cesto de la basura. La situación no mejora pero la mancha ahora le resulta menos violenta. Es decir, la mancha es el indicio del accidente pero el vaso volcado es el accidente mismo. Mejor sin el vaso. Mejor la mancha sola.

El hombre mira alrededor. Busca algo que le diga qué debe hacer a continuación. Las cámaras de vigilancia están en el pasillo, técnicamente nadie lo vio volcar el vaso pero el guardia de seguridad de planta baja seguramente lo vio entrar en la oficina, seguramente lo verá salir. Tampoco hay mucho que pueda hacer al respecto. Se limpia la mano en el pantalón, apaga la luz, sale, cierra la puerta.

La fotocopiadora sigue titilando. En la bandeja la pila de hojas incompleta. En un perchero el abrigo. Las nueve de la noche pasaron y el hambre se agita como si el estómago tuviera un hocico que busca y husmea.  Afuera del ministerio los bares estarán abiertos, sirviendo comida caliente. Es tiempo de irse.

El hombre espera el ascensor. Son ocho pisos, unos veinte segundos largos.

Al fin la puerta se abre. El hombre entra. La puerta se cierra. Otros tantos segundos le lleva bajar. Durante todo ese tiempo piensa. No piensa palabras. Piensa imágenes. La máquina, la espera, la puerta, la luz. El café. La máquina. La espera. Después baja del ascensor.

En el hall de entrada el guardia de seguridad duerme detrás de un escritorio repleto de monitores. La nariz ancha iluminada por las pantallas en blanco y negro. El hombre sabe que en uno de esos monitores se ve ahora el pasillo vacío, la puerta de la oficina del gerente. Detrás de esas paredes la mancha de café se seca. Afuera del ministerio el viernes madura. Atrás, invisible, el sábado lo va empujando de a poco, hora tras hora, porque hay que darle paso al domingo. El lunes que espere.

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