Movimientos

Texto: Natalia Méndez
Ilustraciones: Germán Amato

movimiento1_principal

Conté muchas veces esta escena:

Yo dormía sola en una habitación de hotel en el piso 8, último piso del edificio. Era la tercera noche ya y sentía la habitación un poco grande. Tal vez por eso, o porque me había quedado dormida leyendo, el velador estaba prendido cuando me desperté. Al principio fue como si alguien sacudiera la cama, como si te quisieran despertar a lo bruto. Alguna neurona se despabiló un poco y pensé: claro, Chile, esto debe ser un terremoto.

Y ahí nomás empecé a putear. Así, en criollo, no sé a quién o a qué. Pensé mientras me levantaba y trataba de entender qué había que hacer, que quizás los chilenos al otro día se burlarían de nosotros por asustarnos. No tenía escala de referencia. Tal vez esa impresionante sacudida del mundo era moneda corriente en Santiago. Pero sí, asustaba.

Tenía puesta una remera y una bombacha. El pantalón de pijama estaba en una silla (no los entiendo, me enredo, no los uso jamás, pero los había llevado por si me tocaba compartir la habitación con alguien), al lado de mi pantalón de jean, la ropa que había usado durante el día. Sin embargo, era de noche todavía, entonces me puse el pantalón del pijama, y un saquito (porque salir de la cama en mitad de la noche…) y agarré la cartera (que tenía mi pasaporte y mi ipod) y me fui al marco de la puerta: el protocolo de terremotos que aprendí en las películas.

Las cerraduras eran con tarjeta, entonces temí que si se cortaba la luz me iba a quedar encerrada. Abrí y traté de agarrarme al marco.

Un viejo salió en calzones de la habitación de enfrente y se iba directo al ascensor. No tenía mi mismo protocolo de cine. Yo empecé a gritarle (el ruido del terremoto era ensordecedor) que no hiciera eso, pero no parecía entenderme. Entonces empecé a gritarle en inglés: to the door! to the door!

Vino corriendo para donde estaba yo y se metió en mi habitación.

Se cortó la luz.

Y no se prendió ninguna luz de emergencia.

Había una luna llena increíble, entonces por la ventana entraba bastante resplandor.

Una señora llamaba al viejo y el viejo respondió desde adentro de mi cuarto. La señora corrió hasta ahí y se abrazaron.

Yo seguía agarrada al marco de mi puerta y veía la silueta de los dos recortada en mi ventana. En mi imagen mental, era como si saltaran abrazados, pero claro, era todo lo demás que se movía.

Estar agarrada al marco de la puerta quiere decir más exactamente intentaba agarrarme al marco de la puerta. Era como estar parada en el medio de un zamba, o cualquiera de esos juegos de feria que dan sacudones y la gente se sube por diversión y ríe, pero acá yo no me reía, ni nadie.

Era como si todo el edificio estuviera sobre un martillo neumático. Por el movimiento y por el ruido. Se escuchaban cosas caer, algún grito ocasional.

Fue uno de los terremotos más largos de los que se tiene registro. En general, un terremoto dura unos quince segundos, este duró casi noventa. Noventa segundos permiten pensar muchas cosas.

Dos meses atrás o algo así había sido el terremoto en Haití. Yo veo poco las noticias, pero sí había visto una ciudad en ruinas y recordaba titulares: a 48 horas siguen encontrando gente entre los escombros, todavía hay esperanzas de más sobrevivientes.

Mi pensamiento era de una lógica aplastante: en cuanto se empezara a derrumbar el edificio, yo corría por la escalera para arriba. Debía haber una terraza. Tenía que quedar entre los escombros más alto, para que me encuentren rápido los perros de rescate.

En ningún momento pensé que podía morirme, aunque creo que no pestañeé por el pánico, que quedé con los ojos un talle más grande de todo lo abiertos que los pone el miedo.

Estaba lista para correr para arriba y salir en los diarios.

Pensé también en algún momento entrar de vuelta a la habitación y buscar la cámara de fotos y grabar todo, pero no atiné a hacerlo.

Pensé, sobre todo, que qué suerte que estaba sola, que mi familia estaba en terreno seguro, firme, calmo.

Pensé que tenía que parar en algún momento y no sabía cómo seguía el protocolo. ¿Qué venía después del terremoto? me sonaba algo como coletazos. ¿Eran más fuertes que el terremoto? ¿esta primera sacudida anunciaba un golpe de gracia final?

Yo tenía que llegar a la terraza cuanto antes.

Los viejos se abrazaban en mi ventana y yo puteaba, pero ahora en inglés. Se ve que me había quedado seteada de la advertencia al señor, y de las películas de las que aprendí todo lo que me importaba saber en ese momento. movimiento2_interior

Es raro cómo funciona la cabeza.

Es raro cómo se arman los relatos una vez que el hecho pasó.

Por qué me fijé en la luna por la ventana, por qué pensaba en subir en vez de en bajar, por qué recuerdo que me tranquilizaba pensar en que mi familia no estaba ahí.

El temblor fue parando. El del mundo, que no el interior seguro.

No había luz y tenía que salir de ahí.

Alguien llamó desde otro cuarto: “estoy sola”.

Y respondí: “y yo también, y voy a bajar antes del coletazo”. (Como no se había derrumbado nada, ahora tenía que salir de ahí, claro).
Mi mente calculadora de protocolo de cine no había pensado en eso. Me había puesto el pijama en vez del jean, claramente más fuerte a la hora de atajar escombros, y andaba descalza.Ella preguntó la cosa más razonable del mundo: “¿estás calzada?”

“Calcémonos y bajemos”. Volví a entrar al cuarto, me puse zapatos, les grité a los viejos en inglés: “let’s go downstairs!” y volví a salir, prendiendo la minúscula pantalla de mi viejo celular, que daba un pequeño halo azul. Encontré a esta chica en el pasillo. Nunca vi su cara. Nos dimos la mano y empezamos el descenso. Supongo que nos dijimos el nombre pero ya no me acuerdo. No era de Buenos Aires, era de alguna provincia del sur. Los viejos se metieron en su cuarto a cambiarse, buscar cosas, les gritamos que era urgente, que nos íbamos y los dejamos.

Alumbraba los escalones con el telefonito. Algunos estaban flojos o salidos. Bajamos despacio pero apuradísimas. A medida que nos acercábamos abajo nos cruzábamos con más gente haciendo lo mismo. Mis amigas y colegas estaban en el quinto, pero no las encontré hasta llegar abajo.

En el palier, nos soltamos de la mano y cada una se fue con su grupo. A la mañana siguiente no supe quién era, no pude reconocerla. Todos estaban bien, no se sabía todavía la magnitud de lo que había pasado. Con frazadas, nos sentamos en pequeños grupos en la vereda a esperar la luz del día. Eran las cuatro o algo así, todavía. Nos reímos mucho contando las pequeñas anécdotas de todas. Una confundió el protocolo de terremoto con el de balacera y se pasó todo el temblor cuerpo a tierra en el pasillo.

A eso de las cinco y media alguien llegó con noticias: el aeropuerto estaba cerrado, rutas destruidas, un pueblo entero se fue con el tsunami, uno de los terremotos más largos y potentes de los que se tiene registro y así.

No sé si es algo de morbo, no entiendo bien cómo funciona, pero conté muchas veces esta escena y la sigo contando, pero es la primera vez que la escribo. Trato de pensar si hay algo más, si el relato que armé de lo que pasó es lo que pasó. Si revivir en palabras ese momento sirve para algo. Es extraño, pero es una escena que a la gente le gusta escuchar, no es solo que a mí me sale repetirla cuando hay ocasión. Leí también, desde entonces, muchas cosas sobre terremotos. Y tengo todo subrayado el libro de Villoro sobre este mismo, que lo pasó en el hotel de a dos cuadras, parte del mismo congreso.

El mundo se mueve, mejor saberlo cuanto antes.

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