No pocas pulgas

Texto: Esteban Demaestri
Ilustraciones: Federico Ben Cattan

pulgas Tapa

Nuestra casa es de ladrillo viejo, de paredes de 45, y madera, mucha madera.

Cuando entramos a verla, después a elegirla, y por fin a vivirla, tenía piso de pinotea. Ahora, después de 2 años y medio de laburo, hay casi el doble de madera: pinotea en el piso, pino en el entrepiso. La casa es tipo PH, de doble altura y un poco más. Eso explica el entrepiso.

La pinotea es un tipo de madera que no sé porqué se llama así, pero Wikipedia te lo puede decir. Lo que sí, tengo la sensación de que es un material que existió en forma primitiva antes que nosotros y después desapareció del planeta. Cuando nuestra generación llegó al mundo se encontró con muebles, y pisos, y puertas, y muchas cosas viejas hechas de esta madera. Pero nunca nada nuevo de esa madera. Seguro habrá una historia detrás de ese detalle. Una historia que no viene a cuento.

Lo que viene a cuento es que la pinotea de mi casa está vieja y medio podrida. Tengo que arreglarla en varios lugares. Las tablas se fueron rompiendo más que nada en la parte de la hembra, y se formaron algunas canaletas donde el polvo se acumula sin mayor esfuerzo. Alguien se ocupó (hará años), de tapar algunas de ellas con masilla, pero el tiempo abrió nuevas grietas en su corazón orgánico, y hoy tenemos más venas abiertas que América Latina. Canaletas 5 estrellas donde se hospedan las pulgas.

Pulgas, la maldición de nuestra casa.

 

Odiábamos con el alma el olor a mierda que nos pegaba un cachetazo bien temprano, cuando abríamos las puertas doble hoja: las de vidrio y las de madera, en ese orden. Un gato del vecindario se enfiestaba en nuestra galería, y meaba y cagaba sin miramientos. Si no conocen el olor de los desechos gatunos, no lo intenten en sus casas. Es la peor maldición animal. Es la penetración de la pestilencia hasta la más recóndita y dormida neurona del cerebro. Es la muerte de batallones enteros de glándulas olfativas.

Resolver. Siempre que se quiere resolver algo, se mueven hilos invisibles que desacomodan otras cosas. En el constante equilibrio en que vivimos como universo, resolver algo sería como batir las alas si fueras una mariposa. O sea, batís las alas para resolver la necesidad de estar suspendido en el aire, eso desacomoda el aire, y el aire… bue, eso tan repetido del tsunami.

Como me negaba a aceptar un gato ajeno, tampoco le quería poner piedritas para que cague, así que resolvimos el tema consiguiendo un perro: Nippur. Divino él. Caniche, blanco, marca perro, aunque dos por tres llueve y también nos pregunten que qué raza es, que es perro nomás, pero mirá que parece maltés, si, parece, pero no, es pepé. Así que caniche, medio pelo de estatura, y un montón de pelo de cobertura. Mucho pelo, onda lana blanca. Ovejero le podríamos haber puesto. Pero se llama Nippur.

Cuestión que el perro se las apañó para infundirle temor al gato. No es que sea muy cabrón, pero don gato y sus amigos no vinieron más al baño de casa. Una maravilla. Genios nosotros. Aplausos. Telón. Fin del primer acto.

 

Algo que aprendimos es que los problemas resueltos suelen multiplicarse. Y este problema, que había sido apenas un lindo gatito, tal como Terminator 2, volvió a nosotros dividido en miles de pulgas. Nippur, por una cuestión natural, resultó ser una especie de spa para nuestras amiguitas, que de simpáticas tienen nada. No son como las de los dibujitos, nada que ver. Éstas se te meten de paseo por la cabeza e imagináte un piojo 10 o 20 veces más grande. O se te acuestan a dormir sin que las invites a tu cucharita. Sentís la picadura y ni siquiera podés sacudirle cachetadas al aire, porque no hacen ruido como los mosquitos, y tampoco vuelan. Te acribillan, amanecés con la marca del colador que te pica la modorra cuando te levantás a bañarte.

Vas en la bici y te pica algo en la media. Te rascás, y resulta ser una amiga pulga. La expulsás de tus dominios, pero viajás con el temor de tener más compañeras encima. No querés pensar en que alguna se abandone en la alfombra laboral, y en una semana convertirte en el pulgoso que las contagió al mundo entero. Aunque no estaría nada mal picar un poco al capitalismo ¿no? Faaaaa…

 

El conflicto empezó como siempre: unos pocos contra otros pocos. Compramos la pipeta y chau problema, una batalla ganada. La segunda no hubo efecto con la pipeta, así que usamos el napalm para pulgas. Casi conseguimos erradicarlas, pero más problemas se presentaban, mayores aún: el mundo está lleno de pulgas, el perro sale a cagar al mundo, y, por propiedad transportista, nuestra casa resultó un excelente country para las pulgas. Con infinidad de localidades disponibles.

La guerra se declaró el día que un invitado nos dijo que lo había picado algo. Nos hicimos los boludos. Nos miramos con la flaca, frunciendo trompas. Dijimos qué raro, ¿ya empezó a haber mosquitos?. Ellos se habrán dado cuenta o no, pero lo cierto es que no hubo más comentarios. Al cerrar la puerta de despedida, agarré al perro y le pasé la mano a contrapelo. Parecía una cancha de fútbol tomada por los barras.

A partir de eso todo fue cuesta arriba. Una lucha sin cuartel, silenciosa porque no queríamos alarmar a ningún extraño. Sufríamos puertas adentro, y googleábamos infinidad de foros buscando la fórmula mágica y casera que no demandara llamar a un tipo con escafandra para que asesinara todo lo que osara tener una célula viva.

Aprendimos todo sobre nuestro enemigo. Cómo y cada cuánto se reproducía. Dónde ponía los huevos. Las etapas de las larvas. Los sitios donde amaban pasar el rato. Las formas de exiliarlas.

Probamos de todo. Tirábamos venenos tolerables porque estaba Simón: viven él y sus juguetes en el piso. Se habló de pastillas gamexane, pero era como lanzar la bomba atómica. Un amigo que hoy ya no está, me decía que pasara kerosene, que con eso solucionaba todo. Yo me imaginaba la casa llena de madera con olor a combustible y alguien que pide fuego para un faso. Llamarada Moe iba a ser un poroto. No gracias, prefiero vivir con pulgas.

También pasamos el lampazo y bañamos al perro con vinagre. Lo único que conseguimos fue vivir dentro de una ensalada por dos semanas. Otra opción fue ponerle ajo a la comida de Nippur, pero sólo aumentó su capacidad de cagarse horrible.

Todo un desastre. Bañábamos al perro cada semana. Un ritual infumable y horrendo. Ahogábamos las pulgas en una tasa con detergente. Desarrollamos la habilidad para cazarlas con una pincita de depilar, y las tirábamos dentro del agua. Las veías hundirse, nadando y luchando por sobrevivir. Antes de eso, cuando todavía no usábamos las pincitas, llegué a contar 500 pulgas, y no seguí porque ya no tenía espalda. El perro también le ponía paciencia, abandonado a las microcirugías que le hacíamos, rastreándole el cuerpo de la nariz hasta las bolas.


pulgas Adentro
En una oportunidad, dejé a mi familia en Arrecifes. Tendría una semana de soledad, que se suponía tranquila. Podría leer, escribir, mirar pelis pendientes, y etcéteras que eran muchos. Pero llegué y sentí las picaduras. Era verano, las piernas de bermudas eran una invitación. Me atacaron sin misericordia. Pasé toda esa semana yendo a los saltos entre cama, y sillón, y cocina, y en las pausas mataba las pulgas que se me subían. No pude pensar en nada, ir a buscar algo era querer cruzar un campo minado.

Odié también tirar el veneno con un rociador por toda la casa. La nariz tapada y moqueando por el olor asesino. Las manos mojadas y engarrotadas de tanto presionar el gatillo. Cargar el botellón cada medio litro, unas 4 o 5 veces. Sacarme todo el enjuague y que me quede el dolor de cabeza, antes de cerrar todo hermético y subirme al coche para viajar 3 horas a mi ciudad. Volver post finde, con la esperanza de que se hayan muerto, que ya no estén más, que se haya terminado la pesadilla.

Así la pasamos, hasta que se quedaron Nippur y Simón, y la flaca medio alternando, como un mes en Arrecifes, y pudimos hacer una purificación más intensa. Las erradicamos. Y el perro volvió pelado a grado 6, muy parecido a una rata, pobre.

 

A hoy las mantenemos a raya. Creemos que pueden volver en cualquier momento. A veces, sentado en el inodoro ves una piedrita negra, partícula de lo que sea, y flasheás lo peor. La agarrás y le das así con la uña para asegurarte. Si hace esa explosión chiquita que avisa que sacaste una vida del juego, está todo mal. Ni hablar cuando el perro se rasca intenso. A veces lo escuchamos rascarse de madrugada, y se te mete el pánico en el sueño. Es como una historia de zombies.

Juro que pensé en prender fuego todo. Llegué a pensar en soluciones realmente irracionales, o demasiado costosas. Por ejemplo, pensamos en levantar toda la pinotea y poner cerámica. Casi lloré más de una vez de la impotencia. Es increíble sentirte presa de un enemigo invisible e implacable en tu propia casa. Es horrible masticar la bronca contra un ser vivo que sólo está tratando de subsistir al igual que uno. Ves el sufrimiento de tu mascota, el de tu familia, sentís el propio. Te retuerce por dentro y te llena de odio.

Y algo que me tortura, que me pesa: sentirme tan de izquierda y actuar tan de derecha. Ejecutar la guerra y el exterminio, como única opción. Supongo que la diferencia -ojalá haya alguna-, es que siento culpa por esas muertes, y quizá no sea lo mismo que las extermine un humano a que otra pulga se crea superior y con el poder de destruirlas. Yo no tengo manera de comunicación que nos permita llegar a un acuerdo, en cambio, los de mismas especies, al menos deberían darle chance al entendimiento.

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