La playa

Ilustración: Guillermo Ortiz
Texto: Daniela Chueke

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Fue una noche de tantas, mientras cocinaba sin muchas ganas, una tarta de brócoli, cuando tomó la decisión de irse. No tenía fuerzas para rallar el queso y le puso poco, iba a quedar insulsa pero igual, no le importó, él no lo iba a notar.

El ya no se enteraba de nada, al menos de lo que tuviera relación con ella, con la pareja. Cada vez que proponía hacer algo distinto, irse de vacaciones, a otro lugar, ir a la ciudad, salir un poco, al teatro al cine, a un shopping, él le respondía que para qué, si ya estaban en un balneario. Sólo tenían que caminar dos cuadras para ir a la playa, qué mayor placer que una caminata a orillas del mar. Le decía que se dejara de joder, que no le pidiera meterse en esos lugares, que lo asfixiaba la ciudad, las masas de gente, los no lugares. Y argumentaba con ese poder de convencimiento tan suyo hasta que la hacía cambiar de opinión. Tenía la habilidad de combinar las palabras de tal modo que una terminaba por rendirse ante su inteligencia, el tono afectuoso, seguro de su voz, todo eso que la había seducido cuando lo conoció y la hizo quedar hipnotizada. Mi amor, si acá tenemos todo lo que necesitamos: nuestra casita como la soñamos, con el jardín, la huerta orgánica, hasta tu compostera, le decía. Y acá nomás el mar y al otro lado el bosque. Mirá esos pinos, respirá el aire puro, es nuestro paraíso, tenemos todo para sentirnos bien. La perorata la mayoría de las veces terminaba con un abrazo, él satisfecho porque ella había entrado en razón y ella enterrando sus modestos deseos de salir a pasear. Quizá era así, como decía él, que el problema era ella que no valoraba su lugar, que no era capaz de estar bien en ninguna parte, tenía demasiados mambos.

Por eso lo admiraba a él que le había enseñado el desapego y que cuando lo necesitó se jugó por ella. La había bancado en su peor época, cuando era modelo y se mataba a dietas y ayunos hechos de café y paracetamol hasta que terminó internada por anorexia. Fue él quien la sacó del entorno que la enfermó. El de algún modo la había rescatado con su amor y por eso lo siguió sin duda, cuando un día le vino con la propuesta de mudarse a Playa Unión para inventar una nueva vida. Le había dicho que el plan era vivir del turismo en verano y que en el invierno hibernarían, se dedicarían a disfrutar y hacer lo que tuvieran ganas; tendrían todo el tiempo del mundo para que él pudiera componer miles de canciones y ella… cocinar saludable, recuperar kilos, algo de paz y después ver qué más.

Pero las cosas no habían resultado iguales para los dos. El había logrado ser feliz en aquel pueblo. Se había hecho de varios amigos en su mayoría pescadores, la población estable del lugar y también de otras parejas o solitarios inmigrantes que, como ellos, habían escapado de la ciudad en busca de tranquilidad.

Pero ella no. Nunca consiguió ser feliz; no pudo acostumbrarse a la monotonía del lugar, a la gente tan distinta, tan humilde, sin ambiciones. O quizá era que la intimidad entre ellos no había llegado a crearse nunca. No hablamos del sexo, porque sí cojer cojían, pero eso no los acercaba.

Le gustaba esa canción de los Estelares que decía: “Me encanta ir a la cama contigo, pero no quiero nada más (Ella dijo)”, que le ordenaba los sentimientos por identificación a la inversa: ella jamás podría decir algo así; quería más, necesitaba muchísimo más de él.

Pero la realidad era que vivían juntos y parecían dos extraños. Y ya no salían a mirar las estrellas del cielo que en Playa Unión, decían los lugareños, brillaban más fuerte.

Fue esa noche, mientras preparaba la tarta de brócolis para la cena, cuando se descubrió cocinando sin ganas, que le dio por poner en la radio la emisora local, la única que captaba el viejo aparato, cuando sonaron los Estelares. En esa canción sintió que Moretti ahora sí le cantaba a ella: “No hay una sola razón para sufrir… Esto no da para más (Aire)”.

La cuestión es que ahora, una mañana de otoño, ella por fin se subía a un micro y se iba de vuelta a la ciudad. ¿Huyendo? No lo sabía, solamente estaba segura de que era lo mejor.

Manuel la había acompañó a la parada, le dio un beso en la frente al despedirse y le sonrió: volvé pronto. Vio que él se quedó sentado en la vereda hasta que el micro se alejó y ya no pudo verlo más.

No lo vio cuando encendió un cigarrillo y se quedó pensando: “Zas… Otra vez que te vas, Dime como te herí, Porque te marchas así…(Playa Unión)”

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