Carámbolas

Ilustración: Federico Ben Cattan
Texto: Esteban Demaestri

Escenario

Bar La Comadreja Cheta

En el centro del bar, una mesa de billar donde las bolas nunca encuentran una cueva, siempre están expuestas.

Personajes

6 bebedores con relieve (puede haber más de relleno):

El Cremoso Perez (mafioso, apostador)

El Derecho Núñez (jugador)

El Histérico Andrada (apostador, veedor)

El Rosamel Araya (apostador, veedor)

El Chimango Corvalán (abogado, apostador)

El Cariñoso Bermúdez (jugador)

+ El Oído Lento Morales (dueño)

+ La Mandarina Da Silva (esposa del dueño)

carámbolas

Reglas básicas del billar 

El billar es un deporte de precisión que se practica impulsando con un taco un número variable de bolas (antiguamente de marfil), en una mesa con tablero de pizarra forrada de paño, rodeada de bandas de material elástico y con troneras o sin ellas.

El primero de todos los juegos de billar es el llamado francés o de carambola, que se juega con una bola blanca, una amarilla y una roja. Los jugadores tiran estratégicamente con la bola blanca ó amarilla, y la carambola consiste en golpear con la bola jugadora a las otras dos. La consecución de carambola válida da derecho a seguir tirando; en caso de fallo, pasa el turno al otro jugador, que tira con la blanca (o amarilla) contraria a la que usó el anterior.

 

Última jugada

El Cremoso Perez miraba, echado en la silla. Le goteaba la nariz del calor que hacía. No era verano, pero el bar parecía un sauna desde que Oído Lento había comprado la salamandra.

Oído Lento, para colmo, ahora echaba un nuevo tronco al fuego. El tipo no era de tener mucho frío, pero su esposa La Mandarina siempre se quejaba de los agujeros del techo en el baño. Entraba un ventilete implacable por ese colador de chapa podrida, pero Oído Lento temía a las alturas y se negaba a subir a una escalera para hacer el arreglo. Había preferido poner la salamandra. De todos, al que mejor le caía ese calor acuoso era al Derecho.

El Derecho Núñez hacía malabares con el taco. Se lo había calzado entre la pera y el hombro derecho. Si cerraba la carambola, se llevaba el partido. Causaba gracia la pose cuasi artística que ensayaba para poder efectuar sus tiros. Se incrustaba el mango del taco por debajo del mentón y lo aceitaba con el sudor de la barbilla. Lo hacía resbalar entre el cogote y el hombro, siempre tomándolo de la punta con la mano izquierda. Empujaba hasta que hacía tope con el muñón de la derecha. Ahí se agachaba y apuntaba no se sabía cómo. El momento en que apoyaba la mano sobre el paño y decidía el disparo era un misterio, porque el tipo era muy rápido con ese movimiento. Tenía una calidad impresionante. Pocas veces lo habían visto perder. El Histérico decía siempre que el Derecho era un bailarín nato, que seguro bailaba el cisne negro cuando estaba solo en la casa. Con la pollerita de voladitos de tul y todo, decía. Que por eso el tipo tiraba así, con muñón y todo.

El Histérico Soñora no se perdía ninguna partida de billar. Siempre acodado en la barra. Entendía muy poco del juego. En 12 años de ir a la Comadreja Cheta, nunca se le había ocurrido preguntar las reglas. Para él era todo lo mismo, las caras de los demás le dirían si el tiro era bueno o malo. De tanto estar apoyado en la barra se le había girado la columna, ahora el tipo era como una botella de plástico para reciclar. Aunque quisiera, le era imposible acomodarse para jugar: o sostenía el taco, o apuntaba. De cualquier forma, Rosamel pensaba que el problema del Histérico no era que pareciera un dentífrico pisado por una bici, sino que era tan paja para jugar que todo el mundo se le aburría y lo dejaba solo.

El Rosamel Araya miraba callado. Como el Histérico, tenía guita puesta a mano del Derecho. Siempre apostaba cuando el Derecho jugaba, porque era favorito, y porque le encantaba decir Voy a mano del Derecho. No sabía ni él si era para joderlo al manco, o porque secretamente le remordía no haber sido abogado. Tenía la guita entre la mano y la mesa. Los billetes húmedos. Cruzó con la mirada atravesando la mesa donde estaban las tres bolas esperando chocarse. La mayor luz se concentraba sobre ese paño, y se podía revolver con un pincel el grumoso calor que despedían los lamparones de chapa que habían sabido  iluminar el frente del galpón de la aceitera. Miró Rosamel hacia la otra orilla, hasta la mirada serena del Chimango Corvalán, que sí era abogado, estudiado y titulado, decía él.

El Chimango, abogado de 4 de los presentes, y de varios perejiles del pueblo, había querido ser carancho al empezar a ejercer, pero la cana lo había dejado en terapia por querer pasarlos para el cuarto. Con las heridas se le habían cerrado también las ganas de carroñar, pero acá en este bar todos la pagaban, y él era el Chimango, porque no había llegado ni a Carancho. Andá saber si era mejor ser Chimango que Carancho, o Comadreja que Urón, lo que importaba era recordar esa piedra como si la tuvieras en el zapato. El Chimango achinó los ojos por el humo, tragó el whisky y sintió el calor apretar desde el cuello, pasar por la corbata, y estacionarse como si fuera una vincha de plomo. Pensó en la otra apuesta pactada en el baño, cuando regaban la pared y el Cremoso le había salpicado los zapatos porque no había mingitorios desde que un motoquero se los había hecho cabecear al Burro Velázquez una noche Navideña. El Cremoso había dicho que le hinchaba las bolas el calor, y que se llevaría la mesa al baño si no fuera por el olor a mierda.  El Chimango rió, y contestó que si por esas putas casualidades el Cariñoso le ganaba al Derecho, le pagaba tequila al que tuviera huevos de tomarla, y que después de eso se paraba y le gritaba al cabrón de Oído Lento que acá hacía un calor de la reconcha de su Mandarina, que mejor le ponga de nuevo la cáscara a esa hija de puta, así se alivia un poco este bar del infierno. Si gana el Cariñoso, yo pago la mitad de los tragos con tal de verte agitar a la Mandarina, dijo el Cremoso. Se habían dado la mano así todas meadas.

El Cariñoso Bermúdez gustaba de tocarle las bolas a los demás. Pasabas cerca y te las picaba con el índice. Salta violeta, decía. Si te agarraba de lleno, la puteada valía por todos los hijos golpeados. ¿Qué sos, Cariñoso? Vení que te doy el osito pedazo de pelotudo… le dijo un camionero un día, y lo escondió de un cachetazo. Desde ese día le quedó El Cariñoso, pero nunca más le hizo caricias a desconocidos, aunque sí a los amigos. El tipo tenía el mismo talento para acertarle a las bolas de arriba de la mesa, no se podía creer. También decía salta violeta cuando jugaba y lograba que la bola amarilla por fin le de a la roja. Era bueno el tipo, pero al Derecho nadie lo doblaba y con este tiro tenía el partido en sus manos. Todos, menos el Chimango, le habían apostado en contra al Cariñoso. Estaba un poco nervioso, pero lo dejaba tranquilo que si perdía no debía tener miedo a las represalias del Cremoso.

El Cremoso mordió el escarbadientes y le espantó la vista a un petiso que estaba dele mirarlo como hipnotizado. Hizo una mueca, como tirando un besito de costado, como caballo de ajedrez. Clavó la uña en la mesa y rascó haciendo un chillido. Parecía impaciente. Le sobraba el olor de la curtiembre. Siempre se andaba por ahí llevando y trayendo cueros, de cualquier especie. Mordió más fuerte y un pedazo de palillo cayó en el cenicero desbordado. Prestó atención al Derecho que parecía a punto de hacer ese movimiento loco y darle a la blanca.

El Derecho calzó el muñón, hizo un firulete extraño, y golpeó el taco. La bola recibió obediente el empujón y dio de lleno en la bola amarilla que, en lugar de deslizarse, saltó. Salió disparada, volando hasta romper el vidrio de la puerta. Se hundió en la noche y se perdió por ahí, seguro que en la cuneta. El taco, por su lado, siguió con envión y desgarró el paño, hiriéndolo de muerte.

El Histérico escupió un pedacito de chorizo que por fin se había sacado de entre las muelas. Se agarró de la barra y palanqueó para darse vuelta.

Rosamel pateó una silla, y levantó la mano para despegarse los billetes y dejarlos ahí, para el Chimango que ya los estaba juntando.

El Chimango caminaba recaudando, en un ritual mecánico. Pensaba en que tenía los zapatos salpicados de meo, y de eso a la deuda que tenía pendiente.

El Cariñoso, chocho con la victoria, lo ayudaba a sacar el taco de la mesa al Derecho, que se lamentaba echando miradas rápidas a los perdedores.

El Cremoso sonrió.

En eso entró La Mandarina, con la bola amarilla en la mano. Y hubo una mole de silencio en el bar.

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3 comentarios

  1. ilustración de ben cattan. Excelente la narración

  2. «La mayor luz se concentraba sobre ese paño, y se podía revolver con un pincel el grumoso calor que despedían los lamparones de chapa que habían sabido iluminar el frente del galpón de la aceitera.» weeeeeeeeeee!!, la púcha que estaba caluroso el asunto!!

    1. jajaaaaaaa, y si, digamos que había un 135% de humedad…
      Gracias por leer y comentar! Abrazo

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