La eterna luz blanca

Ilustración: Priscila Conigliaro
Texto: Bruno Martínez

bruno tokio blues sin títuloKai la tomó de la mano. Sintió, más allá de los guantes de ambos, el calor de su piel. Caminó por delante mientras la guiaba entre la nieve. Cruzaron árboles secos y se adentraron más en el parque alrededor de la biblioteca Sensojikodomo. No era como el resto de los parques. Era tranquilo, menos decorado. Muy silencioso. Y la acústica, sobretodo cuando nevaba, era irreal.

Hikari acompasaba sus pasos a los de él, intentando no pisar en falso. La nieve parecía una manta. Kai no exageró cuando dijo que nadie conocía o visitaba este lugar. El dojo estaba cerca, por lo que el pequeño momento no la dejaría a contrarreloj. Se odiaba por pensar en sus responsabilidades justo allí. Kai era un chico lindo, agradable y se estaba esforzando, pero aún no tenía el poder para sacarla de su rutina.

La guitarra que él llevaba al hombro era pesada. Era de su padre, el sensei Tora Satsuki. En su juventud, Tora era un gran músico y practicaba seguido: todo antes de dedicarse a enseñar kendo en el dojo. Kai nunca había oído a su padre cantar o rasgar las cuerdas en melodía, aunque era sabida leyenda en la familia que cuando su padre estaba desconcentrado, cuando algún espíritu lo acechaba y le impedía la claridad mental, limpiar el tambor y enroscar cuerdas nuevas en el clavijero lo volvía en sí. Lo centraba y recuperaba la cordura.

Kai se detuvo delante suyo. Estaban entre dos dunas de nieve que se derretía lentamente. Descolgó la guitarra que llevaba al hombro, y se sentó. Con suavidad desnudó el instrumento, y tiró la funda desplegada, suficiente para que se siente alguien. Para que se siente ella. Esos gestos, para la muchacha, eran como el oro.

Hikari se sentó, no sin antes acomodar la tela áspera de su asiento. Estaba ausente, fría. Como si quisiera irse enseguida. Como si quisiera escapar. Kai siempre la veía así. En el camino repasó la letra mentalmente. La melodía que la acompañaba era una base de blues sencilla recién aprendida. Hikari escuchaba blues día y noche. Ella se lo había dicho.

El viento sopló un poco más fuerte cuando Kai comprobó la afinación. Tocaba una cuerda, tocaba otra. Acercaba el oído para escuchar bien y miraba a la mucha con una sonrisa en los labios. Como si estuviera a punto de darle una sorpresa que nunca esperó. El camino hasta allí había tardado algo así como diez minutos. Se moría por ver la hora en su teléfono, pero sería un gesto muy ruin. Recordaba bien, Hikari, las veces que por gestos así hirió a otras personas. A su madre cuando le mostró el jarrón que había pintado a mano, por ejemplo. Se lo enseñó cuando estaba saliendo al instituto y ella le dijo “Sí sí, está muy bien. Quizás un poco más de verde aquí”. Su madre llevaba semanas pintando uno a uno los pétalos de una flor gigante, luego de varias décadas temiendo al arte. Ahora lo recuerda y se siente culpable.

– Se llama Hakushoku Hikari- silencio, y comenzó en La.

Hakushoku Hikari

Wareware wa koko ni iru baai wa 1 tsuki no yuki.

Taiyō wa riyū o ataeru koto naku, jikan o māku shita baai

Wareware wa subete no sanshō hikari o naku

Kanpekina tsuitachi no hakushoku hikari

Hakushoku hikari wa, subete no hōfudesu

Nurui tamashī wa yuki ga toketa

Watashi kara kakusanai

Shikashi, sore wa oso sugide wa arimasen

Ima, jikan ga fusoku shite imasu

Raito wa watashi no mawari ni odorimasu

Anata wa watashi ga utau no o mite, koko ni aru

Hakushoku hikari wa, subete no hōfudesu

Nurui tamashī wa yuki ga toketa

Toki ni hakushoku hikari wa ishi

Watashi kara kakusanai

Shikashi, nanji ni kakujitsu-sei o motarasudeshou

Iya, watashi no ai

Kyō dake anatatowatashi

Watashi no koe, anata no me

Soshite eien no howaito raito.

El silencio apareció a medida que dismunía el rasguido. La magia aún daba vueltas en el aire quieto. Hikari se sentía una inútil: no sabía tocar la guitarra. Ningún instrumento. No cantaba, ni dibujaba. Ella sólo sabía correr tras un reloj. Ni siquiera era buena para el kendo. No sabía por qué Kai se interesaba tanto en ella. Pero ahora no era importante. Ahora ella quería estar justo allí, con el chico que le compuso una canción. No quería esconderse más en sus miedos. El frío se sumó al silencio y uno a uno, copos de nieve comenzaron a caer como plumas. Calmos, suaves. Kai levantó la mirada y atrapó su alma con los ojos. Sonrió.

Hikari lo observó con gesto resignado. Conocía esa tristeza: cada vez que alguien lo oía cantar  aparecía sin falta. Pero esta poesía era para ella y esa melancolía sólo significaba que había surtido efecto. Ahora Hikari no estaba fría, no estaba ausente. Ahora estaba justo allí. Su sonrisa de algodón y la nariz pequeña, rosada por el frío.

-Dame un abrazo. – Hikari lo necesitaba.

Kai soltó la guitarra sobre la nieve con suavidad, ayudó a ponerse de pié a la muchacha y se fundió en un abrazo áspero de lanas multicolores. De fondo, el contraste blanco de un Tokio nevado y el La inicial aún flotando entre las ramas secas. A lo lejos, una columna de humo negro.

Hikari recordó cientos de noches en las que junto a su hermana, a la hora de dormir, susurraban sobre chicos lindos. Sobre miradas fugaces en la escuela, sobre comentarios atrevidos o mensajes secretos en el instituto. Recordó también la felicidad de su hermana cada vez que ella, la más cerrada de las tres, filtraba algo de su vida. ¿Qué diría Akane cuando la escuchase relatar ese preciso momento? De pronto, Kai dejó de hacer fuerza. Ahora tenía entre brazos a una persona de pie, inmóvil. Se apartó un poco avergonzada y lo miró al rostro. Sus ojos estaban perdidos. Pero esta vez no era por la magia de la música. En sus ojos había pánico.

El dojo en llamas. Las torres negras serpenteando hasta el cielo. Su padre estaba allí dentro. Hikari siguió su mirada y entendió. Debo irme, le dijo. Antes, clavó sus ojos en la guitarra. Esa enorme guitarra desenfundada, llena de nieve.

-Descuida, yo la limpio y la llevo a casa. Después la puedes ir a buscar. – dijo la chica. Kai asintió con la cabeza y la besó. Veloz, de urgencia. Pero tan intenso, que Hikari lo sintió extraño. Sintió que ese beso escondía algo ¿Sería el destino?

Kai corrió hacia el dojo en llamas. La madera opaca se oía crujir desde la esquina. Las llamaradas dominaban el edificio entero: Su padre no estaba afuera. Varios alumnos de Kendo que no habían llegado a entrar, lo miraron con terror. Nadie dijo nada cuando Kai Satsuki ingresó a su hogar tumbando la puerta, tapándose el rostro con el brazo.

Hikari sacudió la guitarra sin levantarla, y la guardó en su funda, cuidando que el restante de las cuerdas que bailaban en el clavijero no quedasen fuera. Otra vez vio la columna de humo y ahora sí, una alarma de bomberos comenzó a sonar en la lejanía. Se colgó el instrumento y emprendió el regreso a su hogar, sin pasar por el dojo que seguramente estaría atareado de bomberos y policías en una calle demasiado angosta.

Nadie más que Tora pudo ver a su hijo Kai corriendo entre las humaredas gritando su nombre. Solo él vio sus ojos llenos de dolor al notar la viga que lo mantenía tumbado en el tatami. Le gritó que se vaya, que se salve. Pero Kai no lo dejaría allí.

La noticia llegó a Hikari esa misma tarde. Sintió que en ese dojo perdió una parte de sí misma. Una parte que recién había encontrado. Y se culpó, mil veces se maldijo, por haberla desperdiciado. Fueron meses de negro. Y por más lágrimas que se pierdan en las raíces de un cerezo, la vida aún florece. Conocería a un hombre que la amaría profundamente. Y de ese amor surgiría una hermosa niña a la que llamaría Yukiko.

Pasaron muchos años hasta que comprendió ese último beso. Fue el destino, sí. Pero había en él algo más. Algo oculto. Quizás en la gran guitarra de Tora Satsuki encontraría respuestas, se dijo tantas veces. Pero como siempre, ni la madera ni el encordado emitieron voz. No cobraron vida como en los viejos cuentos, para explicarle que ahora ella era su dueña. Que ni Tora ni Kai podrían lustrarla. Que las cuerdas viejas no daban tonos nítidos porque su anterior dueño había sido velado a cajón cerrado.

Descubrió el significado cuando su hija, Yukiko, insistió en que la deje a solas con la guitarra. Que ella sabría cambiarle las cuerdas viejas. En ese momento la niña sintió algo. Juró oir muy leve, imperceptible, a un muchacho cantándole una canción. Una canción para ella, Yukiko, la hija de la nieve. Y también para su mamá, Hikari Hakushoku: Luz Blanca.

Luz Blanca

Si la hija de la nieve nos encuentra aquí

si el sol marca la hora sin dar razones

Llorará la luz que a todos nos ve

La luz blanca del día perfecto.

Es la Luz Blanca que todo enriquece

las almas tibias que la nieve evapora

Cuándo vendrá la Luz Blanca

sin esconderse de mí.

Pero ya no es demasiado tarde

Ahora el tiempo apremia

Las luces bailan a mi alrededor

Estás aquí, mirándome cantar.

Es la Luz Blanca que todo enriquece

las almas tibias que la nieve evapora

Cuándo vendrá la Luz Blanca

sin esconderse de mí.

Pero qué certezas nos traerá el tiempo

Ninguna, ninguna mi amor.

Hoy sólo somos tu y yo,

mi voz, tus ojos

Y la eterna Luz Blanca.

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