El General y la Bataclana

Ilustración: Delfina Peydro
Texto: Andrés Bisserier

Fogata1

Los hermanos Doberto fueron a la Capital cuando murió el padre. Eran tres huevos de campo. El mayor se llamaba Baez. Los otros dos, gemelos, eran Domingo y Diego.

Una tarde los hermanos jugaban un picadito mientras el padre, Humberto, hachaba leña. Diegui mandó la pelota al patio de las casas, Humberto trepó el muro para recuperarla, cayó y se rompió. De ahí la copla que dice,

Humberto Doberto
trepó el muro
Humberto Doberto
cayó de culo
Ni con poxipol ni con la gotita
Pudieron arreglarle la colita

Arrodillado en la yema del padre, Baez recibió sus últimas palabras. Luego Baez fue a los gemelos, que miraban de un costado, y les dijo que se iban a empezar otra vida en la Capital.

Dos meses se prolongó la odisea, a pie por llanos y bañados. Baez tomó a su cargo a Mingo y Diegui, que iban hablando sin respirar uno, callado y de cara al suelo el otro. A la noche hacían un fueguito y Baez les contaba los cuentos del padre, que le volvían palabra por palabra.

No pasaba noche sin que los gemelos pidiesen el cuento favorito. Algunas noches Baez contaba otra cosa, porque era bueno recordar más de una historia. Pero las más de las veces les contaba la historia del General y la Bataclana.

 

Lo que hoy es la maravilla de la Capital, decía Baez frente al fuego con sombras en la cara, en otro tiempo era tierra de nadie, un lugar de varios peligros para un huevo. El mayor peligro eran los Gorilas. Había un gran huevón que los cazaba. Le decían el General.

El General tenía un puesto fronterizo donde moría el Riachuelo, unas casas en el último muelle. Cuentan que volvía el General de su excursión matutina cuando encontró a una compañera usándole la ducha. Ava Guartne era actriz, cantante y bailarina, una morocha avispada que buscaba la fama. Enseguida supieron dos cosas el uno del otro. Que se iban a querer con locura y que el orgullo no les iba a dejar declararlo.

Ava esperaba el barco para volver a la civilización. El barco trajo a un tal Facinni, un cineasta italiano que quería filmar a los Gorilas. Con él viajaba su compañera, la impasible blonda Elisa. Facinni escuchó a Ava cantar, quedó fascinado y la sumó a la expedición con promesas de llevarla a Cinecittà. La bella iba a domar a las bestias, dicen que repetía Facinni, frotándose un bigote invisible.

El General guió la expedición. Facinni, en la caja de una Ford, desaparecía detrás de la cámara, girando la manita manicurada en la manivela. El General rugía órdenes a sus huevos y hacía como si no notase la mirada de las dos mujeres espiándole la cáscara descubierta.

No fue hasta que hicieron campamento que el triángulo entre las mujeres y el General explotó. La italiana fue a buscar al General a su carpa, el General la despreció, Elisa agarró el fusil y le pegó un tiro en el brazo. Más tarde, mientras Ava vendaba al General, tomaron unos tragos para la anestesia, luego otros para dormirse juntos.

La reacción de la blonda no fue discreta. Incluso Facinni levantó la mirada de la cámara. Entendió por las risas de la huevada, por la furia de su mujer, lo que había estado pasando. Los gritos de la pareja italiana se sintieron en el campamento. Sin pensarlo dos veces, el General se adentró en el territorio Gorila.

No tardó en encontrarlos. Eran cinco, todavía jóvenes. El General les cayó desde un árbol. Y entonces, rodeado de Gorilas, el General se levanta y les dice, ustedes me van a ayudar.

El General volvió al campamento diciendo que había encontrado unos Gorilas. Facinni cargó la cámara y salieron los dos solos. Cuando llegaron al sitio los Gorilas se habían ido. El General miró al tano. Me siguieron al campamento, le dijo. Las compañeras.

Cuando Facinni tiró la cámara y echó a correr, el General sintió que no se había equivocado con ese huevo. Facinni se detuvo con el aliento corto, retrocedió, asomó a un hoyo y vio al General en el fondo. Me olvidé de mi propia trampa, gritó el General con bronca. Desde el hoyo le tiró el fusil, que Facinni empuñó con asombro.

El General espero en el hoyo hasta que los pasos se alejaron y trepó por la soga que había dejado oculta. Caminó sin apuro al campamento, donde la huevada no habría podido defenderse con las armas que el General había dejado enjabonadas. El tano iba a balear a los Gorilas con salvas, que iban a huir con bien fingido terror. Las compañeras serían salvadas por el italiano.

El General y la bataclana despidieron a los italianos desde el muelle. Tanto la querías a esa chiruza, le preguntó Ava, que le armaste semejante espectáculo. El General la miró a los ojos. No fue para ella, le dijo, fue para Facinni. Y agarrándola le declaró, cuando un huevo encuentra a su compañera, nada tiene que separarlos.

Fue así como se formó la pareja del General y Avita, como la huevada llamaría a su benefactora y mártir. Y aunque pocos huevos recordaban aquellas bestias que el General siguió manteniendo a raya, sin saber porqué decía la huevada al sentir la vaga amenaza del futuro, deben ser los gorilas, deben ser.

Los chicos Doberto llegaron a la Capital con ese viejo mito dentro. Encontraron en vez las miserias de la ciudad, que no distinguía entre gorilaje y huevada. Aun así no olvidaron las historias de su padre y con el tiempo fueron la Familia Doberto. Pero esa es otra historia.

*

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