El río

Ilustración: Silvia Hapko
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Las OlasMe pidió que hiciese tiempo en un café. No le contesté que el tiempo no se hace, se pierde. Y no se recupera. Yo siento que estoy perdiendo el tiempo cuando no escribo y, a diferencia de los que encuentran inspiración en el movimiento de mozos y clientes, yo no puedo escribir en un bar. Ni siquiera leer.

En los bares pasa todo junto y mezclado, es como estar en la intersección de varias vidas, y yo me voy yendo con esos estudiantes que se ríen de cualquier cosa, con la mujer muy maquillada que se toma una cerveza a las once de la mañana, con los dos comerciantes que sacan cuentas en una calculadora gigante. Prefiero seguir al mozo, cómo baila entre las mesas, los gestos de loco que pone al levantar las monedas que junta en los bolsillos que cuelgan pesados, me voy yendo, y pienso en Virginia Woolf, sus bolsillos llenos de piedras cuando se ahogó en el río.
Entrar al río deber ser como entrar al tiempo y, al fin, dejar de verlo pasar. Corre el agua con fuerza, incansable, infinita y habrá que entrar en ella para detenerla, para no mirarla irse, irse. Corre el reloj biológico, en el bar pasan minutos, pasa una hora; pero afuera pasan los días, los otoños, los años. El tiempo es como un río que no para y no tengo hijos, no escribo y me dejo llevar por la gente que aparece y desaparece en la ventana.
Son como olas de personas, vienen todas juntas o nadie. Pienso en Alfonsina Storni, ella se ahogó en el mar. Yo preferiría el río, el mar te devuelve. El río te lleva. Dicen que el suicidio es más de hombres. La depresión es femenina pero el gran final elegido, según las estadísticas, es cosa de hombres. No sé si las mujeres no nos animamos a matarnos porque somos débiles o todo lo contrario, somos fuertes y aguantamos más. Quizá tenga que ver con el anclaje biológico, estamos enraizadas. El hombre es más libre por naturaleza.
Recibo un mensaje que me devuelve al bar: la persona que espero para conseguir un trabajo va a tardar un rato más. Ojalá pudiese escribir pero sigo perdiendo el tiempo y me vuelvo a ir con esa pareja que divide la cuenta, me voy con una niña que juega con azúcar mientras su padre hojea un diario. Alcanzo a leer que han muerto cinco personas de frío. Me escapo y vuelvo a pensar en Virginia: “Una mujer debe tener dinero y un cuarto propio si quiere escribir ficción”.
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2 comentarios

  1. Muy bueno! Al final si te llevó la corriente… 🙂

  2. Muchas gracias! Sí, me dejé llevar.
    Me alegro de que te haya gustado. Saludos

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