Polaroids de sueños anteriores

Texto: Aniko Villalba
Ilustración: Ignacio Spotti

Suenho Aniko2—Ah, te aviso que anoche cagaste en la puerta de Orsai.

Damián me despierta en mitad de la noche con esa frase. Hace unas horas terminó mi cumpleaños y, al parecer, para festejar mis 28 y el cierre del bar decidí dejar un regalito en la escalera.

—¡No! Me estás jodiendo.

—¡De verdad! Te bajaste el pantalón, te agachaste y cagaste. Quedó ahí.

—¿Y alguien lo vio?

—Sí, la gente que salió después lo miró de cerca…

—¿Y sabían que era mío?

—Sí, porque muchos te vieron cuando cagabas. Creo que te sacaron fotos.

—Ay no, me voy a borrar de Facebook ya.

Me levanto de la cama. Son las seis de la mañana. Voy y despierto a Dafne, que está durmiendo en el living. Le charlo un rato hasta que siento que está mínimamente lúcida para recordar lo que pasó.

—Daf, ¿es verdad que anoche cagué en la puerta del bar?

—Uy, boluda, ¡sí! Me había olvidado, fue genial.

Se ríe. Yo siento que me voy a morir. Aparezco en mi cama otra vez. Me despierto y veo que Dafne nos espía desde la puerta.

—Ani, permiso. ¿Puedo lavarme los dientes?

—Sí, nena, obvio, andá al baño, ¿para qué me preguntás?

Sigo soñando. Nada de esto está pasando. No hubo pregunta de Dafne, no hubo cago, no hubo cepillo de dientes, no hubo…

Estoy en un lugar al aire libre. La gente está reunida en mesas y quiero sentarme con ellos, así que le pido a alguien que me acerque una silla. Todas tienen rueditas y la gente se las pasa de una mesa a la otra. Todas las sillas que me llegan tienen un animal rostizado sentado encima: un pollo, una langosta, un pulpo. Me pongo triste: no quiero animales rostizados, solamente me quiero sentar. Veo que el pulpo sigue medio vivo, moviendo los tentáculos casi sin fuerza. Alguien lo tira al piso y queda ahí, medio muerto. Con cada respiración se agranda y se contrae. Viene un pibe, lo mira, se burla y le pisa la cabeza con maldad. Me pongo loca: “¡Flaco! ¡No le pises la cabeza al pulpo! ¿No ves que se está muriendo? ¿Por qué no lo llevás al mar en vez de hacerle eso?”. Aparece otro pibe, levanta al pulpo en brazos y lo lleva al mar. Ahí me doy cuenta de que tengo el mar —un mar transparente, calmo— a una cuadra. Cuando veo que el pulpo ya está en el agua me siento mejor. Me dan ganas de ir a nadar, no sabía que en Buenos Aires había mar.

Corte.

Estoy en el taller de Mairal y los chicos aparecen con orejas de peluche rosa. Yo digo que quiero las orejas de conejo y Bruno me da las suyas y se pone unas de ardilla. Me las dejo puestas y empiezo a leer un texto asturiano. El texto habla de una sopa que si la tomás te da la capacidad de elegir qué profesión querés seguir.

Corte.

No sé en qué lugar del mundo estoy, así que decido fijarme en internet. Abro Google Maps, pongo “ver mi posición” y espero.

Corte.

Estoy en un salón donde hay mucha comida. Pasan mujeres con gatitos en bandeja. Están vivos pero ni se inmutan, se acurrucan de a tres y duermen.

Interludio

Alguien me muestra polaroids con escenas de mis sueños anteriores para que pueda recordarlos, como si fueran cortos o fragmentos de películas. En una de esas fotos aparece Dafne y ahí me acuerdo de que soñé con ella.

Fin de interludio

Estoy en un lugar al aire libre, hay mucha gente yendo y viniendo. Empiezo a caminar en bajada por un camino de tierra y me cruzo con un tipo que se quedó parado entre la gente y está mirando un punto fijo. Sigo su mirada y me doy cuenta de lo que pasó: su valija (un carrito con dos ruedas) se le escapó de las manos y está cayendo por el camino. Cae, cae, cae, nunca se vuelca, se desliza sobre sus dos rueditas, perfectamente recto. Le digo que no se preocupe, que se lo voy a buscar. Bajo medio rápido, veo que unos metros más adelante hay un escalón y pienso: “Seguro que ahí se frenó”. Llego, y sí: el escalón lo hizo frenar y lo tiró a un costado. Estoy por levantarlo pero de frente viene una manada de musulmanas vestidas de blanco. Vienen corriendo cuesta arriba y riéndose, son miles. Del otro lado, como por otro carril, mujeres de negro avanzan en fila más despacio, con expresiones más serias. Sé que esas mujeres son occidentales “porque están vestidas de negro, y es sabido que todas las occidentales se visten así para ir al aeropuerto”. Me quedo ahí parada y me pierdo entre la marea de mujeres.

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