Genio culinario

Texto: Daniela Chueke
Ilustración: Gustavo De Tanti

El genio culinario - DChueke - Gustavo De Tanti

Anoche tuve uno de esos sueños en los que no es fácil distinguir si lo que uno está viviendo pertenece al mundo onírico o al real.

Había viajado a París, contratada por una escuela de cocineros, para enseñar la relación entre las palabras y la comida. El primer día participé de una reunión en la que el equipo docente de la escuela planificaba las materias y el programa que se llevaría adelante. Estaban los dueños de la escuela: la cocinera impecable con su rodete rubio y su sonrisa amplia, tan segura de sí y de sus conocimientos gastronómicos,  un chef ejecutivo que me resultó demasiado histriónico, el socio inversor -un señor mayor, vestido de traje, algo panzón y visiblemente orgulloso de que se supiera que era el dueño de la torta.

Él me había contratado a través de una amiga argentina que ya estaba participando del proyecto y me había prometido pagarme el pasaje, alojamiento y salario. Cuento esto porque al final del sueño a mi amiga le dicen que el proyecto se cae, la dejan en banda con la devolución de la guita del pasaje y presentí que estaba por pasarme lo mismo, pero no fue así, por esas cosas del azar.

Me enteré después que había sido durante la reunión en la que se planificaba el año académico que yo había tirado un par de ideas que pegaron bien y finalmente fueron las que oficiaron como mi tabla de salvación.

Recuerdo que arranqué hablando de lo lindas que son las palabras, de cómo un nombre bello podía lograr que un plato delicioso se sintiera aún más exquisito. La cuestión es que en algún momento de la conversación solté la palabra “génie”. Sé perfectamente lo que yo había querido expresar con esa palabra; algo así como que un plato sublime requería de la intervención de una instancia inmaterial, inspiradora, algún halo sutil del universo que se deposite sobre esa combinación de materias, nutrientes y sabores, que lo convierta en algo especial. Cada autor tenía a su disposición una entidad protectora para cada una de sus creaciones. Quería convencerlos, todavía, de que ese genio inaprehensible, invisible, etérico, estaba compuesto en realidad por una sustancia acaso más palpable: por palabras. La magia reside en las palabras, por eso es imprescindible que un plato tenga un nombre propio; saber y sabor están siempre entrelazados.

Algo así había querido expresar. Buscaba emocionar, sentía que estaba frente a una revelación que los cocineros celebrarían al elevar su arte al estamento de la literatura.

Creo que nadie me entendió; pero, de todos modos, la idea encantó. Al que más le gustó fue al DueñoSocioInversor, quien se sintió plenamente identificado con la figura y el concepto del genio. ¿A quién otro sino a él me estaba refiriendo?, creyó descubrir.

Un pensamiento, por cierto, asombroso, asintió el resto. ¡Era lo que necesitábamos!, agregó alguien más. ¡Un descubrimiento fabuloso!, dijeron todos a su turno o al unísono, acá el sueño ya iba perdiendo algo de su nitidez original.

A partir de ese momento, empezaron a circular nuevas propuestas para desarrollar un aviso publicitario en la televisión, en internet, en gráfica, en todos los formatos posibles, que sin duda sería un éxito.

El DueñoSocioInversor sería representado por un personaje de dibujo animado como un superhéroe, simpático, redondito y saltarín, que visitaría las cocinas de las amas de casa de Francia para solucionar mágicamente sus preocupaciones culinarias. Gracias a Don Dueño, que así se llamaría el protagonista, todos los platos se convertirían en exquisiteces dotadas de un sabor único. Con esta publicidad, aseguraron los de Marketing, el público haría fila para inscribirse en la escuela, motivado por la posibilidad de encontrarse con este gran maestro.

La  idea cerraba por todas partes. Todos estaban encantados. Yo no tanto.

Otra vez había sido vencida por el sistema. Sin proponérmelo, una vez más estaba pendiente de cómo irían los negocios, cómo hacer dinero, cómo sostener un proyecto. Y yo simplemente quería soñar. Soñar que enseñaba.

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