El limbo de los secundarios

Texto: Quito Demaestri
Ilustración: Pablo Alonso

El limbo de los secundarios

En la vida siempre te están diciendo que hay que soñar. Me acuerdo de las señoritas en séptimo grado, con sus caras emocionadas, instándonos a perseguir nuestros sueños, diciendo que la felicidad se construye siguiéndolos y cumpliéndolos.

Hoy, con el triple de vida, aún no sé si está bueno lo que todo el mundo dice. ¿Acaso alguien alcanzó realmente un sueño? Poray la posta es que se trata de una ilusión, o una metáfora de lo inalcanzable.

Un día me obsesionó un sueño. Cuando entendí que podía ser algo real, tangible, lo empecé a perseguir.

Siempre es un asado. No siempre de tira o de matambre, o vacío con achuras, hay veces que es solo paty o choris, pero el olor del ámbito es de brasa en combustión. Algo de humo arremolinado. La gente que va y que viene. Estamos con Dito, un amigo de los que aparecen tarde en la vida pero se quedan. También están el Konejo y una caterva de amigos suyos. Es raro cómo funcionan los sueños, pero no es inverosímil que se te aparezcan personas a las que no ves de mucho tiempo, o que viste nomás una o dos veces en la vida.

El Konejo no nos dirige la palabra, así que podemos ubicar la escena en un momento posterior al quiebre de nuestra amistad. Con Dito tampoco hablamos mucho, nos miramos en confidencia porque hay una minita que está buena. Una minita que no recuerdo haber visto antes.

Es verano y la piba se zarpa de culo. La tetas le mojaron la remera en la parte del corpiño, o como le llamen a la parte de arriba de las bikinis. Como siempre, ella sabe que la estamos mirando y se pavonea. Hay una a favor nuestro: ella tampoco está muy conectada con el grupo general, es medio outsider como nosotros. Se ve que es amiga de, o prima de, con algún lazo secundario que la depositó allí. Claro, si es que le queremos dar explicación a su existencia en un sueño.

A cada momento se siente más que no nos quieren. Somos dos, y eso nos permite mayor cobertura de atención, lo que facilita notar que nos miran y cuchichean, o cuchichean y nos miran. Hay risitas también, de esas que te ponen incómodo porque sabés que ríen de vos.

Lo suelto un rato a Dito con un ahí vengo. En dos pasos se explica que voy al baño. Ahí estoy, meando, cuando escucho que algunas pibas hablan en la cocina. Hacen el ruido normal de poner vasos en torre para transportarlos, acomodan platos o ponen rolitos en un pote de helado viejo. Empiezan hablando bajo, pero se sueltan porque no ven nadie cerca. Dicen que no hacemos nada, que no ayudamos un carajo. No nos nombran, pero hablan de nosotros, está clarito. Una de ellas advierte que salgo del baño, pero en lugar de censurarse largan carcajadas nerviosas y venenosas.

Me arrimo a Dito, le convido Fernet renovado, le cuento más o menos lo que escuché. Me dice que le chupa un huevo, me habla de la minita, que deberíamos unirla a nuestro club, que lo mejor que nos puede pasar es hacernos amigos de semejante camión, y si hay levante que sea para el que sea. No nos vamos a andar tirando tierra antes de que entre en confianza, dice. Algo en su tono de voz me da a entender que la conoce de antes, pero no pregunto porque sigo bastante incómodo con el tema de las risitas.

Al fin le presto atención a la piba, como si ya no se la hubiera regalado toda, es preciosa: puso ahora una mirada de tierna que casi nos desnuca. Nos empieza a mirar fijo, no nos suelta. Las risas, el humo, los gritos, entran a confundirse en un tapiz que parece un telón, como un envoltorio de caramelo ácido. Ella, en el medio de esa psicodelia, nos tiene agarrados con su mirada de foto nominada. Quiero cabecear para atraerla, pero mejor deposito mi confianza en que Dito tendrá algo ocurrente que decirle. No puedo librarme del yugo pero intento un codazo para que él reaccione. Pero parece estar peor que yo, nunca lo había visto tan inutilizado.

En eso llega Nicolás Cabré y se nos pudre el rancho. El tipo se baja de una súper camioneta negra y pega unos saltitos que apenas peinan el césped. Nos gana la escena, nos rompe el vicio mágico de trío cósmico en que estábamos metidos. Ahora todo es de él, que es un campeón, rociando de saludos y fama a todos, con el pecho inflado. Nosotros quedamos para lo último, se nos viene encima y nos enfrenta. De pronto está muy blanco, medio amarillo. No tiene más la sonrisa, ahora le babea la boca por el lado izquierdo en un chorro definido y espeso. Se acerca más, casi le podemos sentir el olor. Medio que me aparto, Dito no se mueve. Cabré dice algo así como rompí tu examen, porque el profesor estaba haciendo trampa.

No tenemos tiempo de discutir sobre nada porque se larga la tormenta. Empieza a llover fulero. Cae una catarata a nuestros pies. Se empieza a poner frío y húmedo. Tengo la certeza de que se va a inundar todo. Disparo un manotazo y lo agarro del brazo a Cabré para avisarle, porque lo vi tan amarillo que no sé, pero sale disparado como loco sin darme bolilla. Voy detrás de él, pero corre demasiado rápido y lo pierdo de vista. Sigo corriendo, porque de cualquier manera necesito encontrar un lugar en altura. Mi amigo Dito y la chica, y los demás, desaparecieron.

Trepo por un par de pilares, subo a una plataforma que parece una plaza. Son todos caños retorcidos, donde jugarán los niños. Está todo muy seco a pesar del agua que está cayendo a baldes.

Deambulo solo, hasta que aparece un hombre acompañado de tres chicos. Lo miro al tipo y le pregunto de dónde salieron. No sé si dice perdón, pero pone cara de infractor y como que amaga a irse, conduciendo a los tres chicos con los brazos en corral.

-Nooo… pueden quedarse… -les digo, como si necesitaran de mi permiso.

Un niño me mira directo. Tiene la mirada parecida a la de la chica afgana. No es exactamente la misma, pero es igual de inquietante. Otro está jugando entre los caños, haciendo piruetas. El tercero está por acá cerca, con la cabeza gacha, parece castigado, o conteniéndose para no hacerme daño. Yo no sé si quiero que me mire. La tormenta sigue. Algo irritante inunda el aire, y se me antoja que estoy metiéndome en un lugar nuevo, con una frenética sensación de ansiedad y temor a la vez.

En ese momento decidí despertarme. No sé qué motivo de alarma pudo haber en toda la secuencia, pero lo cierto es que tenía olor a pesadilla. Me estaba meando y me levanté medio somnoliento, creyendo que aún soñaba.

Al volver del baño, aunque lo dudé mucho, intenté regresar al sueño: algo de él me llamaba. Quizá la incertidumbre, como una promesa de dimensión desconocida, un latente universo detrás de esa maraña de caños y cemento en que estábamos metidos. Lo que fuera que me llamaba, no volvió a hacerlo, pero a la mañana siguiente esbocé la historia en un papel previo a este, para retenerla e intentar reconstruirla en alguna noche posterior y descubrir el misterio. Había algo que me perturbaba, la sensación de estar en un terreno inhóspito, agónico y deslumbrante, sinónimo y antónimo.

Me determiné a perseguir mi sueño, intentando con varios métodos para recomponerlo, pero no tuve suerte. Lo leí antes de acostarme, lo imaginé repetidas veces, lo pensé, y hasta lo modifiqué o le agregué una continuidad inventada. Pero terminé por aburrirme y olvidar el asunto.

Ahí fue que volvió.

Pero lo hizo para cagarme la vida, para mostrarme el caramelo y comérselo delante mío. Noche por noche, apareció y se multiplicó, posándose como una eterna película de sábado.

¿Cómo es que ahora me sentía acosado? Es que no fue lo que esperaba. Antes, el sueño me había dejado en una plaza llena de caños retorcidos, con esa primitiva sensación de lost in translation y cuatro personas extrañísimas. Y ahora se repetía para terminar siempre en el mismo punto, no porque yo abandonara la historia sino por su arbitraria decisión: me bajaba las luces hasta dejarme en un limbo sin acción, y cuando me acercaba a algo se me metía siempre la sensación de estoy soñando, estoy despertando, se me escapa el sueño como agua en las manos.

El limbo de los secundarios-2

Nada nuevo para un sueño, no muy original ni en su trama ni en su actitud de toco y me voy. Más de lo mismo: un sueñito que por repetido perdió el dramatismo dantesco y la onda pesadilla de las primeras veces. Como cuando volví a ver, siendo adulto, a Diana comerse una rata en “V Invasión Extraterrestre”.

Así de pesado e incómodo, el sueño insistió en perseguirme hasta que entendí que la posta estaba en mi amigo Dito: el desaparecido.

Cierto día hablábamos de cualquier cosa cuando Dito dijo al pasar algo de un sueño que nunca olvidó. Contó que estaba yo, y que había una minita que nos estaba re cabiendo. Pavadas que me pareció que inventaba, estás boludeando, dije. Noooo, pará que es en serio, estaba el Konejo también, me dice, agarrándome del brazo con cara seria. Pero entró a reírse cuando agregó bue, también aparecía Nicolás Cabré… pero no sabés lo que era la piba.

Me exalté por la contundencia de los detalles: nunca había barajado la opción de hablar del tema con él.

Con cuidado de no parecer un psicópata, lo incentivé a relatarlo bien. Todo liso, igualito al mío, el asado, las pibitas en la cocina, el fernet, la minita que nos entró a mirar fijo, hasta el punto en que se desata la tormenta. Ahí para él la cosa se bifurcó, y terminó completamente distinta: yo desaparecía detrás de Cabré y él se resguardaba con la piba, después los agarraba un huracán y un montón de cosas más. Él había seguido por su lado la historia, y yo había quedado a la deriva.

Le pregunté si conocía a la mina, o si le recordaba a alguien del pasado. Dijo que no sabía de quién se trataba, que la piba era mía. Puso esa cara de póker que pone cuando miente o no miente, y para mí mentía.

No le dije que también había soñado dos millones de veces lo mismo, pero con final distinto. Entendí que por eso yo quedaba perdido y tenso, vagando en una paja cósmica sin resolución: al sueño le importaba tres carajos qué era de mí una vez que me despegaba de mi amigo. Yo había sido todo el tiempo un actor de reparto con ansias de protagonista. Había osado meterme detrás del telón, siguiendo una historia que no me pertenecía.

Iluminado el misterio, el sueño me abandonó, pero nunca me quedé tranquilo al respecto. ¿Habían sido ese hombre y los niños actores de reparto igual que yo? ¿Por qué, si no era mío, el sueño había insistido en seguirme? Tal vez lo hiciera solo por venganza, por haber roto esa especie de himen que nos protege de la locura, y acobardarme en el intento.

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