Tatik

Texto: Juan Cruz Balián
Ilustración: Gonzalo Gerardin

EL ARCA 1 - Juan Cruz - Gonzalo

Llevaba años sin pensar en la abuela. Después de la última semana yendo y viniendo con mi viejo al sanatorio, después de que me dispensaran de ir al funeral porque era lo suficientemente chico y pasara la noche en casa, solo, con la certeza de que los demás estaban ahí afuera atendiendo a la muerte, después de los primeros días un poco raros por culpa del recuerdo que se paseaba con nosotros por la cocina y el comedor, después de todo eso, había empezado el lento proceso de olvidarla. No del todo, claro, pero sí las cosas pequeñas. La camisa a cuadros que me regaló, demasiado grande para ese entonces pero hoy perfecta. La sopa de carne. La postura como de tortuga que llevaba porque tenía un poco de joroba y se tapaba con sacos y polleras largas, con colores oscuros y pardos, como si estuviera aún perdida en las montañas de Armenia, como si la vieja no se hubiera bajado nunca del Arca y estuviera todavía pelando papas en medio del Diluvio, cocinando con grasa y manteca para pasar el invierno. Y la cara seria, el pelo ralo y blanco, peinado hacia atrás, como babas del diablo adheridas a ese cráneo redondo, apenas desinflado. ¿Cómo podía tener la cara tan seria?

Llevaba años sin pensar en la abuela. Entonces, en medio de una adolescencia impresionable, hice un viaje a Córdoba para ver a la familia. Vivían allá los hijos de los primos del padre de mi viejo, o algo así. Viajé solo y barato. Fui a dormir a la casa de mi tía, que era como no irse a ningún lado porque ahí también había una cocina con decoraciones de patos y centros de mesa tejidos al crochet, y una cena bullendo y una cama esperándome arriba, y como si nada, sin que lo pidiera, un álbum de fotos enorme, un bibliorato de recuerdos de golpe frente a mí para que lo mire porque los álbumes con fotos son el entretenimiento universal y está muy mal decir que no, que las instantáneas que nos interesan son las que todavía no vinieron, las imágenes del futuro que necesitamos saber que existen para no tener miedo. Y al pasar las fotos fui encontrando gente, caras conocidas asociadas a distintas paletas de colores. Los primos en rojos y azules estridentes pero todavía mal definidos, como los años noventa. Los tíos en tonos pasteles, lavados, excepto las infancias que se iban poniendo sepia. Y sin que lo vea venir, a la vuelta de cualquier página, la abuela en blanco y negro, parada a la intemperie en algún parque, unos pocos años más joven y la misma actitud seria, la boca cerrada como una rajadura en la piedra, los ojos siempre abiertos.

EL ARCA 2 - Juan Cruz - GonzaloCené en silencio, cosa bastante fácil, mi tía hablaba por todos. Agradecí la hospitalidad y subí a la cama. Me entregué a un sueño neutro, simple, apenas un descanso, un separador entre hoy y mañana. Y sin embargo, a mitad de la noche, se apareció. Era mi abuela en su versión monocroma, como si me hubiese caído de la cama y hacia adentro de la fotografía. Me miraba fijo y no decía nada. Incluso a pesar de mis llamados, de mis intentos inútiles de decirle abuela, soy yo, abuela, y todas esas cosas estúpidas que uno dice cuando alguien no lo recuerda y va a seguir sin recordar. Pero tal vez la abuela recordaba, y su silencio significaba otra cosa, capaz era su modo de decirme que tendría que haber pensado en ella más seguido, pensar en la sopa de carne o usar más la camisa, para que el sueño ahora no sea una foto en blanco y negro y sea mejor otra cosa, que sea a colores aunque los colores sean marrones y grises, sandalias y chales de lana, polleras largas, grasa y manteca, la expresión seria, la determinación inamovible que debe tener el Monte Ararat -capaz de hacerle tocar fondo a un tipo tan osado- o el azul del Atlántico, que no es tan azul sino más bien celeste porque esconde el cielo que cae entero hasta ahí abajo, y sobre ese cielo otra arca, otro barco que la trajo a ella a los quince años, porque por allá habían pasado los turcos y no quedaba nada, no quedaba nadie, nada ni nadie por lo que quedarse.

Diría que me desperté sobresaltado, pero es mentira. Me sobresalté en el sueño, cuando la vi, pero después me plegué a su silencio. Nos miramos durante segundos largos, de esos segundos de los sueños que nadie sabe realmente cuánto miden, hasta que en algún momento se apagó la luz y no hay memoria de lo que vino después, como pasó en el sanatorio.

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