El infierno de una nena estándar

Texto: Gabriela Cancellaro
Ilustración: Brenda Fahey

Un diablo, con cola de diablo, cuernos de diablo, color de diablo, ojos de diablo. Un diablo parecido al demonio del episodio musical de Buffy la cazavampiros, aunque eso lo vi años después. Y la entrada: el hueco en el suelo, un cartel con luces de neón amarillas dibujando la palabra INFIERNO. Que hoy no sé si era INFIERNO o cuál, los sueños disfrazan las palabras unas de otras, o no: en realidad las desnudan, les sacan el diccionario universal y les ponen el diccionario subjetivo y secreto: a la edad de cinco años, esta nena sabe (aunque no sepa que sabe) que su palabra secreta para INFIERNO es XXXXXXX. Y no me acuerdo cuál era mi palabra para infierno, es difícil tres décadas después, así que supongamos que INFIERNO, entonces.

Esa es la primera pesadilla.

el infierno de una nena estándar-brenLa palabra infierno, encerrada en una flecha apuntando hacia abajo, en luces de neón amarillas, en letra bold sin rellenar y si me apurás, jazz, que es la música que tocan unos gatos en un capítulo de las merrie melodies, pero de eso no estoy tan segura (ni de que exista el dibujo, ni de la música en mi sueño), puedo estar inventándomelo ahora que trato de recordar en detalle, ahora que el sueño, tantos años después, se parece menos a una pesadilla que entonces, que el día en que me desperté cagada de miedo por ese infierno y ese diablo que me sonreía con colmillos amarillentos y me señalaba un hoyo ardiente en la tierra roja, y me invitaba a entrar y yo no quería, porque no me quería morir y no sé si llamé a mi vieja pero mi vieja estuvo ahí y me abrazó y me dijo que había sido un sueño y que no pasaba nada y yo dije NO QUIERO QUE USTEDES SE MUERAN. No dije, estoy casi segura, que yo no me quería morir, eso quedó en la bruma del sueño: a los cinco, en una familia estándar de clase media estándar, con una crianza estándar, una no piensa en morirse cuando está despierta. Así que lloraba y decía que no quería que ellos se murieran. Y mi vieja, que no querría mentirme pero que trataba de alejar a la muerte (porque eso hacen las madres estándar con sus hijitos estándar, luchar por alejar a la muerte y las cosas feas), me explicó que para eso faltaba mucho tiempo, muchísimo, y casi la puedo ver, sentada en mi cama, en deshabillé, tan clara como el diablo y el infierno la puedo ver, superpuesta, similar, contrastante e integrada. Décadas después los sueños y los recuerdos se funden, se confunden y quién sabe qué fue real y qué no, todo son imágenes, pedacitos de un video archivado en el rígido de la memoria. Me acuerdo, por ejemplo, de que era invierno -invierno-infierno, palabras secretas, significados escondidos en pasillos neuronales-, y debajo de las frazadas se estaba bien pero afuera hacía frío, no como en el sueño, donde hacía calor y había fuego, claro, cómo no iba a haber, si era el infierno estándar de una nena estándar de cinco años, que lloraba y decía que no quería a la muerte mientras su mamá, con el pelo revuelto, le decía que eso iba a pasar dentro de muchos, muchos años, y el diablo señalaba el hoyo en la tierra roja, y la mamá decía “volvé a dormir” y el diablo decía “pasa por acá”. Hasta ahí llega el recuerdo, hasta ahí la posibilidad de reconstruir, de viajar al pasado sentada en esta silla, de entender que esa nena estándar – con su infierno estándar y su miedo estándar – sigue ahí, en el fondo de esta mujer estándar que revive su primera pesadilla. Esta mujer y esta nena, figuras que se enciman en un plano que se dobla, que son una y la misma, porque el tiempo es un fantasma que te empuja desde atrás, que no se detiene, que avanza, que es irremediable, y que al final nadie (NADIE) puede abrazarte y decirte que para eso falta, que no hay infiernos, no hay cielos, no hay palabras en la muerte, solo desenlace, oscuridad, vacío. Nada.

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