En la sala de edición

Texto: José Sainz
Ilustración: Silvia Hapko

silviaEl gato llora y la planta baja está iluminada por los reflejos del televisor, que está en silencio. La luz parpadea según las imágenes, el cambio de cámaras, el color dominante de cada plano. La computadora también está prendida, aunque el dueño, mi amigo, me dice que la apague si no la voy a usar. El gato es un contorno, un recorte que se mueve. Los detalles blancos, las manchas de la cara y del pecho y de la cola son lo único que no se pierde en la oscuridad, que no se funde con las sombras. Me despierto sobresaltado, en ese estado de extrañeza que aparece después de un sueño incoherente, sentado en el sofá, destapado, alerta, tratando de detectar un movimiento en la quietud del ambiente que no sea la cortina hamacándose por el viento que viene del balcón, y pienso en buscar la libreta y anotar las imágenes para no perderlas, para registrarlas con esa falta de conexión aparente, sin  transiciones, con esos cortes groseros: la materia desordenada de los sueños. Calculo el grado de lucidez con el que voy a poder analizarla, descomponerla en sentidos y razones, y me doy cuenta de que voy a tener que prender la luz y quedarme despierto hasta terminar y decido no hacerlo porque no quiero y porque la letra sería más desprolija que en circunstancias normales, mañana no voy a entender el contenido, por ininteligible, ni el significado, si acaso consigo descifrarme, por absurdo. Pero es sobre todo por lo segundo por lo que intento volver a dormirme, dejar que en el televisor treinta mudos jueguen al rugby, como una coreografía que se dispersa por la falta de la música que la ordena, y que la computadora me pegue en la cara con el blanco de su pantalla estática y que el gato me espíe sigiloso y que el frío siga entrando y que infle la habitación hasta reventarla. No voy a prender la estufa, que despide olor a gas estando apagada, porque después voy a pensar que voy a morirme ahogado o a ser víctima de la explosión. Estoy solo. Nadie va a advertir el peligro salvo yo. Mi muerte tonta va a ser mi culpa. No lograría concentrarme en dormir si la prendiera. Me cubro con la frazada, me hundo para salir del frío y de la luz. El gato llora y ahora, de mañana, me digo que es mentira, que no sé cómo llora un gato.

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