Tres soledades

Texto: Karina Ocampo
Ilustración: Federico Ben Cattan

Tres Soledades Karina Ocampo 2Voy a soplar las velas de una torta de cumpleaños. Es blanca, con claras batidas a punto nieve como las hace mamá. Y tiene algo rojo, tal vez sean frutillas. Atardece en el departamento de Villa Celina y cuando miro hacia los costados no hay nadie. Camino por el pasillo largo hacia las habitaciones. Nadie. Entonces lloro. Lloro en el sueño y en la realidad: me despierto llorando.

Es la primera pesadilla que recuerdo, tendría cuatro años y descubría el miedo a la soledad.

***

Tres soledades. Karina OcampoMe preparo para una cita. Me maquillo y miro mi imagen sonriente frente al espejo. Sé que él me espera en el bar de la esquina, así que camino las pocas cuadras que me separan del encuentro y me apuro porque estoy llegando tarde. Pero la ciudad está muda, o tal vez soy yo la que dejó de escuchar. Donde tendría que estar el banco verde de la plaza del colegio, hay ruinas grises y columnas que parecen griegas. Me detengo en el detalle, alcanzo a sospechar que estoy soñando, pero es tan real la angustia que sólo pienso en que él está atrapado allá abajo. Me despierto con su nombre en los labios, y compruebo que ya no duerme a mi lado.

***

Papá acaba de morir, pienso en él, le pregunto cómo está y espero una respuesta que no llega. Necesito saberlo, le pido una señal. Tiene que haber una forma de comunicarnos, no puede terminar todo acá, no es justo.

Llego al departamento y me acuesto. Mi habitación permanece intacta desde la adolescencia. El poster de Guns N’ Roses me señala que hace rato la dejé atrás. En pocos minutos me quedo dormida.

Me despierto sobresaltada por un ruido y no alcanzo a distinguir de dónde proviene. La luz de la mañana entra por la ventana y veo en el piso, de cartulina rosada y tamaño oficio, una carpeta  de papá con sus textos. Recuerdo haberla dejado horizontal sobre el estante superior de la biblioteca, ¿cómo llegó hasta ahí? No hay viento, no hay explicación física para que se haya caído. Es mi ruego, es la señal. Encontramos una última carta de amor dedicada a su esposa, mamá: Dolores.

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Un comentario

  1. Bea de Lanús · · Responder

    Sueños cortos, pero tan vívidos que quedan resonando como diapasones, dentro de uno. Y sí, yo creo que en los sueños tenemos un lenguaje que desconocemos pero que nos habilita para comprender mucho Universo desconocido. Lástima que se nos escurre y sólo quedan emociones potentes e imágenes volátiles. En especial el último sueño, es muy angustiante…

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