¿Cómo te despertaste hoy?

Texto: Andrés Bisserier
Ilustración: María Sanzol

Sorpresa2Me había invitado a cenar en su departamento, al abrirme la puerta gritaron, “sorpresa”. ¿Quiénes? Compañeros de la facultad, del trabajo, el amigo del secundario. Gente que no quería ver. Viniendo a abrazarme Romina confesó, me había sacado la agenda. Era mi cumpleaños. Cumplía treinta y tres.

Pasando al dormitorio, con el barullo feliz en el otro cuarto, me desprendí del abrigo. Mi imagen de esta chica con la que estaba saliendo hace un año o menos tenía que ajustarse a mi completa sorpresa. Ella había aplicado poderes de observación y subterfugio para detectar mi agenda, sustraerla y ponerse en contacto con esa gente. Antes yo había cumplido las formalidades y le había presentado a mi familia en un almuerzo, a mis compañeros de trabajo, un jueves de happy hour. Pero no había habido encuentros subsiguientes. Con esta emboscada ella ofrecía la opción de reconocer las barreras o levantarlas.

Desde el dormitorio salí al balcón para tomar aire y componerme. Estaba invocando mis propios poderes, de inmersión en el rostro y la voz. Otra voz dijo, detrás mío, “estás odiando todo”.

Conservaba a Pedro, el amigo del colegio, como un espejo viejo, con baches transparentes. Las partes que no reflejan, donde el espejo se está pelando detrás del cristal, pueden dar carácter de ruina o antigüedad según cómo se lo mire. Las partes que siguen devolviendo la imagen se manchan, se opacan y tornasolan.

“Cambiá la cara que te traje un regalito”, dijo, sacando un faso. “Feliz cumple, abogado.”

“Licenciado”, agradecí, dando la espalda a la ciudad para cubrir el encendedor del viento.

Más tarde, sentados en el sillón, Romina me preguntó al oído si se había equivocado. Quería decir con la fiesta. Respondí apretándole la mano, una pulsación, la unidad menor de un mensaje cifrado.

 

 

Luego de acostarnos me dio el regalo, envuelto en papel maché. El resto del departamento en la oscuridad estaba tomado por el humo y el sudor, las cajas de pizza y empanadas, las botellas de vino y cerveza, las tacitas de café con cucharitas manchadas y huellas de azúcar. En el dormitorio cerrado teníamos las luces prendidas, la del baño en suite también. Volviendo del baño Romina se agachó y sacó el paquete del vestidor. Levanté almohadas y me senté para recibir mi regalo.

A través del envoltorio sentí la superficie rugosa del cartón reciclado, el bulto del espiral. El regalo parecía un cuaderno negro, cuadrado. “Es un diario de sueños”, dijo Romina. Como una agenda cada página tenía día y fecha y un pequeño calendario. Pero los feriados no estaban marcados (pasé las hojas al 25 de mayo y el 24 de diciembre, eran iguales al resto) y los fines de semana no estaban colapsados en una página, sábado y domingo tenían cada uno también una página entera. Tampoco el espacio reglado de las páginas estaba glosado en horas, era un único bloque para escribir. Con el calendario estaba la fase lunar. Al pie de página había un cuadro para registrar las “horas de sueño”, marcar de uno a diez la “calidad del sueño” y hacer “observaciones”.

“Hay una página por día, para anotar lo que hayas soñado”, me explicó. “Había más grandes pero este es cómodo de llevar, podés escribirlo en cualquier parte.”

“Si, con mi narcolepsia yo sueño en todos lados.”

“Es mejor anotar el sueño cuando lo tenés fresco así que podés llenarlo en el subte o cuando tengas un rato a la mañana en el estudio. Para el mediodía ya te olvidaste del sueño, así que anotalo rápido.”

“¿Y que pongo cuando no soñé nada?”, le pregunté. Me respondió con la repetida fábula, que todos soñamos, todas las noches, o nos volvemos locos. “Si no purgan las válvulas, la caldera explota”, dijo, inflando los cachetes y soplando.

“Cuando no me acuerdo lo que soñé”.

“Pensás un rato, a ver si te acordás. Mirás hacia adentro, en el subte, en vez de espiar a las chicas.” Luego dijo que anotase los días que no me acordaba. Me preguntó si me pasaba seguido, no acordarme.

“Es normal”, dije.

Romina siempre se acordaba de algo, dijo, aunque fuese una imagen o una sensación. Eso, dijo entonces, podía hacer yo, escribir cómo me había despertado, de qué ánimo. ¿Ese día, cómo me había despertado? Le dije que me despertaba de mala gana, como todo el mundo. Pero ella no tenía problemas para descansar. ¿Y quién era todo ese mundo del que hablaba? Si yo tenía problemas, dijo, tal vez el diario me iba a venir bien. Había sido hecho para curar. “Me lo dijo la bruja que me lo vendió”.

Con eso me reí del regalo absurdo y sentí alivio cuando ella se rió conmigo. Con su “inseparable” amiga Nadia habían ido a la feria de Mataderos. En el puesto de una vieja, entre velas y sahumerios y bolsitas aromáticas habían encontrado los diarios. La misma vieja los hacía “con estas manos”, le dijo a Romina, mostrándole los dedos varicosos y las uñas ganchudas. Romina pidió el cuaderno envuelto para regalo y la vieja preguntó para quién era, puso las uñas, que hicieron ruido al chocar, sobre el paquete, cerró los ojos y movió los labios.

“Loca, más que bruja”, dije.

Había tenido suficiente del tema. Cerrando la tapa negra del diario de sueños sentí en el dorso algo como cera. Abrí el diario. Era cera, un encausto duro con surcos y pinceladas, y había una escritura borrosa debajo, en tipografía de imprenta. Podía casi ver los cortes rasgados de papel de diario, las noticias superpuestas sin orden o eje, sus fórmulas mediáticas encoladas y prensadas en un nuevo cartón, separadas de sus fechas e historias.

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