Palomas en Villa Gesell

Ilustración: Andrés Bisserier
Texto: Karina Ocampo

sueño - andres bisserierEstábamos en el colegio y era de noche, como ese cuento en el que unos pibes van al colegio para joder, de gusto nomás, y les sale todo mal porque se encuentran con una fiesta en la que pasan cosas raras. Pero acá no, acá era diferente. Porque las aulas estaban vacías y yo estaba con el tío Juan. Decime qué podría hacer el tío en el colegio. Había ido de visita y yo lo invitaba a tomar cerveza. Juan era el mismo de siempre, bah, el de antes. Usaba esos tiradores rojos, y la pipa que te dejaba un olor penetrante a tabaco en la ropa, que para mí era el olor al tío.

Hablábamos sobre Stevie Wonder que iba a venir. Eso me lo acuerdo patente. Parece que estuve pensando mucho en que tengo ganas de ir a verlo, aunque él no me vea a mí, como dice Ale. Cuestión que aparecíamos en el patio de la casa de Gesell, que era enorme, y el aula tenía los muebles de mi casa nueva, con la sala amplia, pero sin la compu ni la tele. Yo sabía que ese era el colegio. Porque en cualquier momento iba a tener prueba de Química y el tío Juan me la iba a tomar, y no iba a zafar porque no había estudiado nada. Y el tío me miraba con la misma expresión con la que me miró la profesora Blasco el día que me agarró copiando fórmulas. La misma. Me acuerdo de la desilusión vidriosa en los ojos. Porque yo era de los que estudiaban, y la había defraudado. Nunca dijo nada, me perdonó la vida. O tal vez nunca me vio, y yo pienso que sí, no sé. Entonces el tío Juan con la mirada de la Blasco decía que me iba a tomar examen de Sombras Chinescas. Nada de fórmulas ni tabla periódica. Prendía su pipa, porque claro, en el colegio se podía fumar, y yo tenía que rendir: Paloma, que me salía más o menos, y Jirafa, que se me complicaba. Se me borran un poco los detalles, no sé si aprobaba o no. Pero de repente perdíamos estabilidad y el piso de madera se arrugaba, crujía y empezaba a moverse como en olas de arena, porque era Gesell, en verano. Los caracoles caminaban por las paredes, el aire nos pegaba en la cara y el tío me levantaba a cococho. Yo tenía cuatro años y corríamos hacia la pared, que era el mar, y el aula se llenaba de palomas que volaban como gaviotas.

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