Mike’s dream

Ilustración: Gonzalo Gerardin
Texto: Juan Cruz Balian

Sueño-Gonzalo GerardinCuando entré, el contrato estaba arriba del escritorio. Le caía todo el sol encima ahora que me había mudado de oficina y tenía secretaria y ventanal dando al puerto. En el otro extremo de la habitación, Mike jugaba con el mini-bar. Me quedé un momento en la puerta, observándolo, sin que se dé cuenta. Lo vi servirse un bourbon, tomarlo de un trago, exhalar y servirse un scotch en el mismo vaso, sin limpiarlo. Llevaba aún el traje azul con la estrella roja en la espalda, un regalo de Versacce para el recital de ayer que llegó con la sugerencia de que lo use también en la función de esta noche. Me había costado trabajo lograr que Mike lo aceptara, pero pensé que ahora le gustaba.

– Mike –dije.

– Arthur –respondió, con el scotch todavía en la boca-. Tu secretaria me dejó pasar.

– Es nueva, todavía no sabe que no tiene que dejarte entrar a mi oficina.

– Todos somos nuevos, no seas demasiado severo con ella. Recuerdo tu oficina en Oregon, no era más que un departamento oscuro en planta baja. No tenías secretaria y cada vez que tenía que dejarte un cheque y no estabas, tenía que dárselo al casero. El tipo me odiaba.

Me acerqué a mi escritorio mientras Mike terminaba su trago. Me senté y comencé a hojear el contrato.

– Probablemente por culpa de tus canciones -le dije-. Ted no era un mal tipo, incluso era un buen casero, pero las dos veces que hablamos sobre música me dejó bien claro que para él se acababa todo en el jazz. El rock le parecía demasiado idiota, el blues demasiado triste.

Mike caminó hacia mí. La luz del sol le dio de lleno en el rostro y pude ver que tenía los ojos agotados y la piel blanca, traslúcida. Me pregunté cuándo fue la última vez que estuvo a la intemperie, de día. Si hasta los vidrios de la limusina estaban tintados. No podía ser bueno.

Mike se dio cuenta, porque me dijo:

– Anoche no dormí.

– Eso explica el traje -respondí.

– Lo odio, pero después de la función no lograba encontrar mi ropa. Alguien la robó.

– Seguramente la extraviaste.

– No, me la robaron – insistió –, esos idiotas siempre andan robando cosas para venderla en eBay.

– Pensé que te gustaba el traje.

– Lo odio.

Cerré la carpeta con el contrato y la volví a abrir en la página uno. Había estado hojeándola sin detenerme en ningún lado, pasando la mirada por el papel repleto pero con la cabeza en otro lado.

– ¿Cómo está Linda? –le pregunté en voz demasiado baja, ahora ya estaba de nuevo en el mini-bar sirviéndose otro scotch-. ¿Cómo está Linda? -dije de nuevo, más fuerte.

– No entiendo por qué la gente toma bourbon. No entiendo siquiera por qué tú lo tienes.

– Recibo a muchas personas aquí, Mike, algunos son inversores viejos, tipos a los que no les importa nada más allá de cerrar un buen negocio, y necesito hacerlos sentir cómodos. Si quieren bourbon, les convido bourbon. Si quieren acostarse con una groupie, les digo que no puedo arreglar eso pero les doy el teléfono de alguien que pueda. Ese es mi trabajo, el tuyo es hacer música. Punto.

– Pensé que tu trabajo era representarme.

– Es lo que hago -respondí. Comenzaba a exasperarme la presencia de Mike, sobre todo porque aún no me decía qué es lo que quería, por qué estaba ahí, sin dormir, apestando.

Mike bebió hasta el fondo y dejó el vaso abandonado junto a las botellas. Se acercó de nuevo hasta el escritorio y se dejó caer en una silla. Noté que la pechera del traje tenía una mancha amarillenta y no quise preguntar.

– Linda se fue. O eso creo. No sé nada de ella desde el martes.

– ¿Estás bromeando? -pregunté. Lo último que necesitábamos era que la idiota de Linda lo abandone, la mente de Mike pendía de un hilo-. ¿Sus cosas? ¿Siguen en la casa o se las llevó?

Hizo silencio. Después, con voz temblorosa, respondió:

– No sé. No me fije.

Eso era demasiado. Encendí un cigarrillo y le ofrecí otro. Lo tomó con dedos temblorosos y tuve que encenderlo por él.

– Está bien –dije-, ya va a aparecer. Probablemente sea otro de sus ataques, tú sabes cuán impulsiva puede ser. ¿Tuviste tiempo de ver el contrato?

Giré la carpeta sobre el escritorio y la empujé hacia él. En lugar de tomarla, Mike miró por encima de mí, a través de la ventana, al cielo limpio sobre el puerto.

– No puedo aceptarlo -dijo al fin.

– ¿Por qué no? Quiero decir, ¿lo leíste siquiera?

– Sí, antes que de llegues. ¿Y tú?

– Bueno, aún no, recién lo veo, pero hablé con la compañía, las cláusulas estaban bien.

– Las cláusulas estaban bien… Arthur, las cláusulas siempre están bien. Casi todas, por lo menos. Pero siempre hay una, siempre en algún lugar hay una… no quiero hacer esto. No quiero hacerlo más.

– ¿A qué te refieres? Llegamos hasta acá, ¿no es cierto? ¿Me vas a decir que quieres bajarte ahora?

– Arthur… si yo firmo aquí, estos tipos me poseerán por siempre. Incluso cuando se haya vencido el contrato, estos tipos tendrán poder sobre mí. No habrá nada que yo pueda hacer. Dentro de muchos años, cuando mi vida sea otra, cuando mis canciones estén en las bandejas de oldies, todavía habrá alguien que recuerde que una vez firmé este contrato y no me dejarán olvidarlo. Y yo querré olvidarlo, ¿sabes? Querré olvidarlo.

– Tendrás tanto dinero que no necesitarás olvidarlo -dije, y me arrepentí de inmediato. Ese no era un argumento válido con Mike y yo debería saberlo.

Por un momento nos quedamos en silencio. Del otro lado de la puerta podía oírse el teléfono sonando, una, dos veces, hasta que mi secretaria lo atendió.

– Anoche tuve un sueño, Arthur.

– Pensé que no habías dormido -dije, resentido.

– Entonces fue la noche anterior. No importa. En el sueño estaba yo, vestido con este mismísimo traje, en medio de la nada. Era un desierto, ¿sabes? Algo así como Nevada, no sé. Probablemente era Nevada. No había nadie allí, solo yo, con este estúpido traje que nadie veía. Caminaba en el sueño a lo largo de muchos kilómetros, sin encontrar nunca una lagartija o un coyote. Nada. Hasta que al fin, detrás de una loma, una pared de roca enorme me observaba.

– Mike, estás ebrio.

– No, escúchame. Escúchame bien, Arthur. Era una roca inmensa, tres o cuatro veces mi altura. Y tenía un rostro. Un hombre calvo, viejo, me observaba como si me hubiera estado esperando. Y los ojos estaban blancos. No tenía pupilas, solo ojos blancos, horribles, y me miraba. ¿Y sabes qué decía esa mirada? No sé cómo lo sé, pero mierda, era mi sueño ¿verdad? De algún modo lo sé. Decía “hola Mike, te estaba esperando”. ¿Y sabes qué más decía? Decía “esto es lo único que hay, Mike, esta roca es lo único que hay. Esta roca es lo único que tienes”.

– Pues entonces era una roca muy estúpida, porque tienes a Linda y me tienes a mí, y eso no te lo dijo.

– Los dos sabemos que ya no tengo a Linda.

– Sigues teniéndome a mí.

– Los dos sabemos que cuando salga por esa puerta, sin firmar el contrato, tampoco te tendré a ti.

No supe qué contestar. Pensé en los años que había recorrido junto a Mike, desde que no era nadie hasta hoy. Nos habíamos construido juntos, uno al otro, y habíamos llegado lejos. Es cierto que hoy yo tenía otros clientes, pero siempre gracias a Mike, siempre gracias a lo que habíamos hecho juntos. Quise odiarlo por ser tan obstinado, pero no pude.

– Está bien -dije-, no hace falta que firmes nada. No vas a perderme por eso. Ya encontraremos otra manera. Ahora vete a dormir, esta noche tienes que tocar de nuevo.

Mike se levantó. Me miró fijamente un segundo y luego caminó hasta la puerta.

– Se acabó -dijo, con la mano en el picaporte-. I’m not gonna play anymore. Y tú tampoco deberías.

Después salió y dejó la puerta abierta. De la recepción llegaba el sonido del teclado, los dedos infinitos de mi secretaria golpeando una y otra vez, una y otra vez, porque nunca se acaba.

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