La felicidad impalpable

Ilustración: Federico Ben Cattan
Texto: Esteban Quito Demaestri

Ben SueñoMirta y Marcial soñaban con un hijo. Por años lo vieron crecer junto a ellos, desde el día en que Mirta despertó de madrugada y moviéndolo a Marcial le dijo soñé que estaba embarazada.

-Pero, ¿tenías panza?

-Nooo, solo lo sabía…

-¡Qué bueno! Quizás entonces… -dijo él, con esperanza en las pupilas.

Pero no, Mirta no estaba embarazada. Aunque soñaba que sí.

No pasaron muchos días hasta que Marcial soñó la misma cosa: Mirta estando embarazada, ya se le notaba un poco, y se miraban con inmensa dicha por la noticia.

Soñaron los dos, en el mismo sueño y en otros por separado, que esperaban un hijo. Despertaban y se contemplaban un rato, como contándose, como recordando. Compartían impresiones y sensaciones. El retoño crecía en la panza de Mirta al ritmo natural, pero despertar significaba dejarlo del lado intangible.

Pasaron los meses necesarios y llegó el nacimiento. Un lindo parto, natural, casi volando. Despertaron sabiéndose padres y se abrazaron fuera del sueño como lo habían hecho dentro. Dejar al bebé fue doloroso, pero lograron soportarlo gracias a la irrefrenable costumbre.

En el desayuno charlaban de él: reían de los momentos comunes y se confiaban los que habían soñado separados. Como toda madre y padre, se desesperaban por no verlo tan seguido, por tener que esperar como si estuviera en incubadora.

La incomodidad los tentó de dormir mucho. Buscaban estar más con su hijo, mimarlo, verlo crecer a cualquier hora. Estiraron las noches, ubicaron siestas donde no había, dormían en pequeños recreos del trabajo. Pero la cantidad de sueño no suplía el escollo, y despertar los ubicaba en el mismo lugar de siempre: se les llenaba más el afecto, pero no extrañaban menos a su hijo, aunque sí compartían menos entre ellos. Estar despiertos les provocaba una abstinencia imposible, y la canalizaban el uno con el otro.

Con el tiempo la distancia se vio reforzada por tener una criatura que seguía atada a soñarla. Y el malhumor de lo inexplicable dio lugar a discusiones, y nacieron conclusiones que con lógica atribuían esa existencia al deseo de tantos años de búsqueda infructuosa: el niño estaba en un universo onírico que, aunque era compartido, podía ser producto de su imaginación.

Así se lo dijo Mirta a la psicóloga, para introducirla en el tema.

La crisis había sepultado las mañanas en que se espiaban mientras se lavaban la cara, o preparando el café con leche, para decirse algo, reírse de una monería nueva, o reprocharse alguna pavada, porque ese hijo estaba siendo criado, aunque fuera en los sueños, ¡y sus progresos se notaban día a día!

Uno de los recuerdos más recurrentes, durante las sesiones de terapia, fueron las visitas a los parques. Nunca habían andado por tantos lugares distintos de la ciudad. Los paseaban en bici, con ánimo adolescente, y se acostaban en el césped más íntimo que encontraban. Se dormían a disfrutar de la tarde los tres juntos. Tardes que, a pesar de romperse entre las estrellas, aún se sostenían por el sol ilimitado del mundo que los inundaba.

Pero ahora la angustia por enfrentar la realidad había sembrado grietas entre Marcial y Mirta. Primero, ser conscientes de que vivían algo anormal, incómodo y condicionado. Y segundo, comprender que quizá se trataba de una locura compartida, de una imagen producto de una obsesión en común, como si hubieran creado un monstruo. Como si sus cerebros hubieran encontrado el canal y el lenguaje para ponerse de acuerdo y salpicarlos de la íntima obsesión que los carcomía.

La terapia agrandó la brecha. Las conclusiones parecían muy claras: más allá de las barreras que Freud había levantado para la humanidad, los sueños seguían siendo sueños. Y el hecho de que la pareja se desdibujara era consecuencia de incurrir en un salvataje onírico, sosteniendo un castillo de naipes hasta el límite de lo posible, que ahora cedía por la humedad de sus notorias falencias.

La separación se tornó inevitable. El silencio, como siempre, había estallado en onda expansiva, y ya no tapaban siquiera un instante con palabras, ni de amor mutuo, ni de amor hacia ese ser que, aunque imaginario, les había brindado alegría y felicidad.

Marcial abandonó la casa apenas logró encauzar su economía. Y jamás se volvieron a ver.

Sentado en un peñasco que daba al Pacífico, Ángel mordía un cigarrillo y lo contenía entre el paréntesis que formaba su sonrisa. El agua insistía contra el acantilado, como sabiendo que aquella fuerza, por el hecho de estar contrapuesta, ya se entregaba a la posibilidad de ser disminuida y franqueada.

Se sentía bien. Hoy no había soñado con su madre. Igual a cuando dejó de soñar con su padre, supo que tampoco volvería a suceder con ella. Ahora estaría transitando su justo camino hacia lugares más inhóspitos.

Se preguntó si el universo volvería a juntarlos. A ellos dos, que en los últimos años ya ni se sabían, o a los tres, ¿cuántas posibilidades cabían? Mucho no le importó saber la respuesta. Algo en ese mar inquieto que lo garuaba con su bravío le explicaba cosas más sagradas: que en todo, tal como corrientes marinas, hay canales abiertos que ayudan a las vidas a seguir moviéndose. Como él, huérfano inapelable, que había tenido sus padres imaginarios para sostenerse, para que le hablen con sus formas y aciertos, con sus errores y distancias, con su afecto auténtico e insustituible, con su felicidad impalpable.

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