Uruguay

Ilustración: Gustavo De Tanti
Texto: Gabriela Cancellaro

sonho-de-gustavoUn lugar de lo más raro Uruguay, vos vieras. Lo primero que noté es que es alargado, como Chile, pero Uruguay.

Llegamos en submarino, un submarino turquesa, una cosa linda, incómoda de estacionar, te digo. Parecía una garrafa de gas, e íbamos parados, agarrados de manijas, como en un bondi. Lo manejé un rato, tenía un montón de controles y había ruidos de estar abajo del agua. Gluglú gluglú gluglú. Miraba por los ojos de buey y había peces que me saludaban con las aletas y me guiñaban un ojo. Vino el capitán-chofer y me dijo “ojo con los muebles”, yo no sabía de qué hablaba y me señaló unas sillas y una mesa en el suelo del río, con platos, vasos y una pizza en el medio. Entonces, el capitán-chofer dijo llegamos y estábamos frente a un morro y había sol. Todo era blanco y negro en Uruguay, como si el color se quedara en el agua, como si fuera una película de los años treinta. Los uruguayos no sonreían, se los veía tranquilos, muy uruguayos, una mujer se acercó y contó que no era carnaval, que nos habíamos equivocado de fecha, que carnaval es en el mes de las lluvias y no llovía. Igual escuchamos unos tambores repiqueteando y me quise acordar de un candombe y cantar pero cuando abrí la boca dije cualquier cosa y la mujer no estaba más, y creo que fue porque la asusté con la voz, así que empecé a decir gluglú y quería volver para casa pero no se podía. Me di cuenta de que estábamos en Ciudad Vieja, y Levrero se me acercó y me dio unas hojas y me pidió una moneda, casi me muero de emoción, estaba frente a Levrero y le quería decir cosas, lo primero que se me ocurrió fue PERO VOS ESTÁS MUERTO. No me dio para decirle eso, imagináte que no es un buen comienzo de conversación, decirle a uno de tus autores favoritos que está muerto, me preocupó asustarlo como a la mujer y que desapareciera. El papel era una página de El Lugar (no me preguntes cómo sabía, sabía y listo). Busqué plata para darle algo y de paso pedirle un autógrafo, que me firmara la hoja, así me la llevaba a casa y la colgaba de algún lado, enmarcada, qué felicidad, tener firmado un original de Levrero. Se lo veía joven, no sé si él sabía que era él, digo, que iba a ser quien fue y me dieron ganas de contarle su futuro, explicarle que después de morir iba a estar en todas las librerías de Buenos Aires, que íbamos a hablar sobre él como se habla sobre los grandes, y ya no lo vi más, no sabés qué angustia. Caminé por una callecita y todos tenían mate, pero nadie me convidaba y yo tenía la boca seca, como pasa cuando una necesita un mate, y no me animaba a pedirle a nadie porque me daba vergüenza quedar medio desesperada. Seguía buscando a Levrero y todos tenían una hoja de un libro de él, yo iba mirando a ver si eran hojas del mismo libro, las hojas eran las miguitas de Hansel y Gretel que Levrero dejaba para que yo lo encontrara. Sabía que no me tenía que meter tan adentro de la ciudad porque el submarino iba a volver sin mí y me iba a quedar buscando a Levrero por las calles de Montevideo para siempre, varada en Uruguay en blanco y negro sin que nadie me convidara ni un mate y sin encontrarlo porque la gente no me contestaba las preguntas, ponele, me acerqué a un tipo y le pregunté si había visto pasar a Levrero, y él me miró con ojos alargados, casi orientales, y me dijo LA SUSTANCIA DE LAS COSAS NO ES LA ESENCIA SINO LA CONCIENCIA, MIENTRAS USTED ME VE YO NO ESTOY MÁS. Las calles eran todas iguales, un poco parecidas a San Telmo, y me había perdido, nomás, no iba a poder volver al submarino a tiempo, estaba atrapada en Uruguay para siempre, buscando a un Levrero joven que no se sabía a sí mismo Levrero, su levreritud estaba oculta para él, y yo necesitaba explicarle y entonces lo vi en una ventana alta de un edificio, una ventana desde donde se podía ver la luna, una ventana en la que era de noche, aunque afuera era de día. Quise gritar MARIO, MARIO pero salió GLUGLÚ GLUGLÚ. Un pájaro cantó “La cumparsita” y otro contestó con “Adiós juventud”. Corrí hasta que llegué al edificio y no había escaleras ni ascensor, sino un pasillo largo y del otro lado el mar. Quería cruzar, pero el pasillo se alargaba, no llegaba más el otro lado y delante mío flotaba un reloj de arena que siempre estaba igual, arriba y abajo, aunque la arena no paraba de caer. De repente la orilla y el capitán-chofer que me decía que se había quedado sin nafta pero que el monstruo del lago Ness nos iba a remolcar hasta Buenos Aires por unos pesitos, así que nos subimos al submarino turquesa y el monstruo (que era Nahuelito, porque son el mismo) se puso un arnés y nos remolcó, mientras se quejaba del clima y de lo mucho que le molestaban los turistas.

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3 comentarios

    1. gracias guillermo. saludos!

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