La ola enorme

Ilustraciones: Diego Fernández
Texto: Andrés Bisserier

sueño 1- Diego Fernández

Bajé la escalera a los golpes buscando refugio, una puerta sólida que frenase el agua. Había ido a recibir la ola enorme a la playa, al lugar de impacto. Daba igual de las catástrofes pronosticadas cuál me borraba. Rígido por la calma había cruzado las dunas y bajado a la playa. La gran ola se levantó abrupta y tremenda. La escalera, disimulada en la arena, apareció como una magia para el miedo y la debilidad. Miré para todos lados y vi la abertura de cemento, cuadrada y oscura.

La poca luz ahí abajo entraba por la abertura, una luz con dos tonos, uno más apagado que avanzaba sobre el otro gris. La ola avanzaba hacia la playa tapando el cielo, agregando otro filtro a las nubes negras. Detrás de la ola y las nubes el sol irradiaba luz y calor, fuerte pero indiferente. Para los que acá abajo en el sótano de la Tierra lo necesitábamos, el sol no iba a estirar los músculos y tocarnos. No tenía músculos que estirar.

Avancé por un pasillo estrecho, sucio y abandonado, tanteando la pared. Cómo había un subsuelo en la playa, tenía una vaga idea, pero no tiempo de procesarla. Las paredes de cemento y las lámparas huecas de metal eran reconocidas por una memoria refleja que me ubicaba en un bunker alemán de la Segunda Guerra. Había visto ese pasillo en fotografías. En las lámparas, oxidadas y sucias con pelusas gruesas, quedaba un símbolo de esos documentos en blanco y negro.

Estas impresiones circulaban en un segundo plano absorbiendo el pánico y transformándolo en propulsión para avanzar en la oscuridad, palpando el cemento, juntando mugre en los dedos. El lugar estaba descompuesto e inerte, un lugar muerto. Un refugio en la playa sin grafitis, sin botellas rotas o tetrabriks aplastados, sin olores humanos (orina, alcohol), era un lugar tabú. Ni los vagabundos habían bajado a esas paredes y techos sólidos. Mientras avanzaba hacia la pura oscuridad y agitaba estas ideas, arriba el agua rugía.

Miré hacia atrás y vi la escalera iluminada, una miniatura en la oscuridad. Me temblaban las piernas. Mi mano atravesó la pared y perdí el equilibrio. El pasillo doblaba y vi al fondo otra luz en una franja casi horizontal, como leche vertida en café negro. Corrí surcando el muro con los dedos, esperando la depresión de una puerta, temiendo cortarme con un hierro oxidado. Doblé al final del pasillo, estaba en un cuarto circular, abovedado y gris, con troneras verticales que habían servido a las ametralladoras alemanas.

Conocía ese lugar. Era un tipo de bunker del Muro Atlántico. Había visto las fotos y diagramas en un museo en Estrasburgo, en la frontera franco-alemana. Las imágenes se habían vuelto familiares por la costumbre de verlas el catálogo. Cuando me tiraba en el sillón de casa, estiraba el brazo a la mesa ratona y pasaba las páginas con ocio. En esa habitación circular, a mi derecha, frente a las troneras debía haber una puerta gruesa de acero. Del otro lado habría un recinto de hormigón, aislado del exterior para proteger a los soldados nazis de un ataque químico.

Giré y vi la puerta.

Estaba cerrada. Tiré de la manija y golpeé el metal. Oí voces tenues, tal vez discutiendo. “Todavía no llega el agua, ábranme”, grité. Las voces discutían. “Abran, por favor,” grité. Algo golpeó del otro lado, salió una mano y me arrastró adentro. Un hombre me empujaba, el otro empujaba la puerta y giraba un mecanismo, como un timón, haciendo correr barras de acero. Tropezando bajé unos escalones. Desde arriba los guardias me miraban.

Eran un par de chicos en uniformes khaki. Uno tenía una metralleta negra y compacta al hombro, donde tenía un escudo rojo con una serpiente alada. “Gracias”, les dije, y me di vuelta.

Los escalones eran de cemento frío, estrechos y empinados. Había velas de distintos tamaños y colores derritiéndose sobre el cemento. “Un adelanto de lo que nos espera a los que sobrevivamos”, pensé de la luz frágil de las velas. Bajé y bajé, alejándome de la superficie y del diagrama del bunker que recordaba o creía recordar. En ese diagrama no había escaleras profundas.

sueño 2 - Diego Fernández - DetalleEscuché a la gente antes de verla, voces suaves en un idioma que no conocía. Al pie de la escalera había un paso con el relieve de un águila en el dintel. La esvástica en las garras del águila había sido desprendida a golpes. Vi cascotes en el suelo, levanté la vista y vi a través del umbral una enormidad de gente.

Muchos estaban sentados. Otros estaban de pie conversando o rondaban midiendo sus pasos. Tenían la extraña inercia de los refugiados, sin nada que hacer en la poca luz. El subsuelo era tan amplio que no alcanzaba a ver las paredes. Lo único que había en la oscuridad era toda esa gente, el suelo cubierto de polvo y el techo rugoso de hormigón, bajo y profundo. Focos amarillos colgaban de las lámparas vacías por cables que salían de la oscuridad.

Algunos grupos cantaban en voces bajas. No había barullo pero las voces llegaban de lugares más profundos que la vista. Hablaban un idioma gangoso y sibilante. Era yiddish. Muchos tenían kipá, otros tenían sombreros o gorros. Estaban las barbas largas y onduladas, la ropa negra y los chales blancos, pero también chicos de camisa en el pantalón jugando con otros de remera y jogging, y hombres con saco y corbata, mujeres de uniforme militar.

Una voz conocida gritó mi nombre y recibí un fuerte abrazo. “¿Qué haces acá?”, me preguntó Edit, una vieja amiga del colegio. “No sé”, le dije. Nos reímos y nos volvimos a abrazar. ¿Cuándo la había visto por última vez? Luego de graduarnos se había cortado el pelo y perdido peso. La Edit que se apartaba para verme tenía el pelo largo de antes.

“¿Dónde estoy?”, le pregunté.

Noté que la gente alrededor nos miraba. Edit habló en voz baja. “¿Cómo llegaste acá?”, me preguntó.

Le conté que había ido a la playa a esperar el tsunami. “Pensé que la ola iba a aplastarme o a romperme el cuello”, dije, “pero cuando vi la ola tuve pánico. Y de la nada vi una puerta, como una puerta trampa en el suelo, y había una escalera.”

La gente que escuchaba parecía satisfecha. Un viejo arrugado y sonriente me miraba moviendo la cabeza sobre el cuello en una lenta afirmación. Tenía ojos muy claros, húmedos en la piel suelta.

“Edit”, dije, “¿quién puede salvarse de… lo que está pasando? ¿Cuánto podemos durar acá abajo?”

“Hay agua y comida y baños. Encontraron un sistema de filtros para el aire, camas también, hasta libros. Podemos aguantar.”

Pensé en los guardias que me habían abierto la puerta. Miré ese lugar, bajo y profundo, con sólo gente. Lejos me pareció ver figuras pequeñas colgando lámparas, extendiendo cables. “¿Quién armó esto?”, le pregunté a mi amiga. La miré. “¿Cómo supieron?”

“Nadie lo armó”, dijo ella. “Fuimos guiados hasta acá.”

“¿Algo te guió?”, le pregunté. Pero lo que me estaba diciendo era ineludible. “Edit”, dije, “yo no soy una persona religiosa. No sé cómo creer en Dios.”

El hombre mayor dijo algo en yiddish. Dijo, “¿Di kale is tsu shein?” y se rió solo, como si soplase. Edit tradujo, “dice que no te quejes.” Cuando me sonrió, sus pecas parecieron más nítidas.

Pero el hombre había dicho otra cosa. Había dicho “¿la novia es demasiado linda?”, una forma de decir que no me conformaba con nada. Me reí pero no como ellos, no con humor.

“Estamos en Pinamar”, dije, “abajo de Pinamar. ¿Qué hace un bunker alemán de la Segunda Guerra en Pinamar?”

Mi amiga pareció ponerse seria, tal vez triste. “¿De dónde sacás que estamos en un bunker alemán?”, me preguntó.

Lo vi en un catálogo, estaba por decir… pero no había estado en el museo en Estrasburgo y tampoco entendía yiddish. Miré al suelo y pensé, “estoy soñando”. Era un sueño de mierda.

“¿Por qué de mierda?”, preguntó el viejo con su acento.

Mi amiga me tocó la mejilla. “Cuando te despiertes, acordate de lo que sentiste al ver la ola”, dijo. Mirando su cara sentí que la extrañaba.

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