A usted qué le parece

Ilustración: Pablo Alonso
Texto: Daniela Chueke

sueños-Pablo AlonsoSus voces me llegaban por los auriculares. Podía oírlos a todos. Ellos abajo, alentándome para seguir subiendo, cumplir el desafío, llegar primero. Se hicieron más fuertes los gritos cuando me detuve un rato, necesitaba descansar, arriba el oxígeno se espesaba  y me obligaba a retardar el ritmo de la subida. No es que tenía miedo, para nada. Tenía muy claro adónde debía llegar: a la punta de la torre. Estaba a punto de romper el récord mundial. Mi nombre iba a estar sin dudas en los Guinness.

Supongo que fueron las voces, no debía prestarles atención, pero no pude evitarlas, como le digo, entraron por los auriculares, no sé cómo pero pasó.

Primero la escuché a mi mujer, me alentaba, pero pude percibir cierta desconfianza en su tono de voz, como si las palabras no coincidieran con lo que sentía: “Con todo lo que te entrenaste para llegar primero y ahora que estás por lograrlo te detenés. No tenés que mirar para abajo, ¿no lo sabías? Si no es la primera vez que escalás. Que no te agarre el miedo justo ahora que estás tan cerca de la cima”.

Después empezó mi ex, era obvio que no iba a perderse la oportunidad de opinar: “Ya no sos un pibe, se te nota por más que te vistas así, todo deportivo. Esas calcitas apretadas que te marcan el culo y la camiseta dry fit no te sientan bien, todo lo contrario, hacen evidente que tus músculos perdieron sus formas”. Aunque usted me diga que no tengo que hacerle caso, que está resentida, es inútil, sigue logrando hacerme mierda siempre que se lo propone. Me sentí un viejo ahí mismo. De golpe, con los pies apoyados en la barra, las manos adheridas a las paredes, toda mi técnica de ascenso, la fuerza abdominal, el poder de mis bíceps, se fueron al carajo, desaparecieron y me convertí en un holograma de mí mismo. La torre me engulló. No del todo porque una vez adentro, como si fuese un gusano, logré encontrar una salida para mi cabeza y el torso. Pude respirar, pero no logré seguir moviéndome.

Estaba atrapado, no podía subir ni bajar. Ahí fue cuando desperté y me di cuenta de que estaba en mi escritorio. Me había quedado dormido esperando el mail de Recursos Humanos.

Tenía que llegar en cualquier momento, me lo había adelantado el director, somos amigos desde que entramos hace 20 años, los dos en el programa de jóvenes profesionales de la compañía.

Veníamos creciendo parejos desde entonces y ahora que a la empresa la había comprado una multinacional todavía más importante, él había votado a mi favor para el ascenso. Me iban a nombrar Director General. Iba a cuadruplicar mi sueldo, pero no era eso lo más importante. Era el desafío, a mis 50 años, esta era mi última oportunidad. No nombraban a mayores de 45 en general, pero él había logrado convencer a la Junta de que yo era el candidato más idóneo, por mi experiencia, porque conocía bien a la compañía, por mis condiciones para el liderazgo. No se lo había contado a nadie, ni siquiera a mi secretaria, saludé a todos, me quedé esperando el mail, por la diferencia horaria con las oficinas centrales en Asia, el mail con el anuncio oficial del presidente podía llegar a cualquier hora. Quería ser el primero en abrirlo.

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