El saco por el balcón

Texto: Bruno Martínez
Ilustración: Ignacio Spotti

Pelea-Bruno–  ¡ZANGANO, FORRO HIJO DE  REMIL PUTA! –  y  zurcó  el  aire  el  cenicero  de

“Ushuaia Fin del Mundo”.

El cenicero que compramos el día que te animaste a ir a Tierra del Fuego, a conocer a mi familia. Y te llevé a Ushuaia, porque Río Grande es poco turístico y plano y gris. Horrendo. Y vos entusiasmada igual, porque nunca fuiste “más al sur que Bariloche”. Y cuando entramos al local donde los maniquíes eran pingüinos emponchados de polar, te gustó. “Qué lindo este cenicero” y lo compraste. Aunque ni vos ni yo fumábamos. Lo llevaste para acordarte de esa vez que conociste a mis viejos, que hacían todo lo posible por no incomodarte.

– ¡ANDATE! ¡RAJÁ DE ACÁ ANTES QUE LLAME A LA POLICÍA, LA CONCHA DE TU MADRE! – y tiraste el “Libro de los Abrazos” de Galeano. Me agaché para esquivarlo.

Ni miraste el primer cuento, o uno de los primeros, que habla de las chispas de las personas. De los fueguitos. Porque hubieras visto la firma que me hiciste, diciéndome que te encantaba mi fueguito. Que menos mal que aparecí en tu vida, que ojalá nunca tenga que irme a trabajar, para quedarme horas con vos, recostados. No llegaste a leer la boludez que te puse al final. Cuando un día que estabas cocinando, agarré el libro y le escribí “Gracias por existir, Chinita” en la última hoja. Para que algún día, distraída, te lleves una sorpresa.

– OTRA VEZ LO HICISTE, OTRA VEZ. Y LA PELOTUDA QUE CAE DE NUEVO. NO ME MIRÉS. NO ME MIRÉS, HIJO DE PUTA -, y a la mierda el centro de mesa de mimbre. El del casamiento de tu hermana.

El que te robaste a escondidas, que tuve que llevar debajo del saco porque a vos se te notaba. Porque te encantaba y tu hermana ya había reservado todos los centros de mesas para las “boludas de sus amigas”. El que crujía cada vez que me agachaba para saludar a alguno de tus sobrinos, y vos me pegabas en el brazo para que no hiciera ruido. Y que cuando salimos del local, corrimos hasta el auto y recién adentro lo saqué. Y nos cagamos de risa de lo aplastado que estaba. Vos contentísima con tu centro de mesa hecho puré, y yo con el saco lleno de brillantina.

-¡¿NO ESCUCHÁS LO QUE TE DIGO?! INFELIZ DE MIERDA. SALÍ DE ACÁ. ANDATE DE UNA PUTA VEZ. ¡¡¡ANDATE!!!- y agarraste mi saco, y lo tiraste por el balcón. Mi saco de paño.

El que tenía puesto cuando nos conocimos. Del que te burlaste, porque “qué onda el saco ese con este calor”. Y yo que lo llevaba puesto para no tenerlo en la mano, pero que explicártelo era un trámite arduo. Y vos hiciste ese gesto de irreverente. De que la tenías clara, de que no ibas a caer en ese chamuyo. Y yo ya creyendo que si tenía intención de enamorarme, iba a tener que remar en dulce de leche. Recopilando todos los amores fallidos, y todas las miradas de “acercáte” que tanto me costaban obedecer.

Suspiraste y me dijiste:

– Salí de esta casa.

Agarré el saco tirado en la vereda. Me senté en un escalón de la entrada. Pensando en volver, en decirte cosas para que me perdones, para que dejes pasar eso. Que no era para tanto, o no sé qué. Pero no quise. No me nació. Porque el cenicero no te importó un carajo. Porque el centro de mesa te lo tuve que arreglar yo. Porque el libro no lo leíste y al saco ni lo reconociste. Y yo sí. Yo me acordaba de todo. Ya un poco hasta las pelotas de tener que andar dándote excusas, esperando a que a vos se te cante para estar bien.

Me puse de pie, me abrigué con mi saco, y salí a tomar un café. A ver si la próxima mujer que me tocara en suerte fuera un poco menos pelotuda, o por lo menos tuviera mejor puntería.

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