Los pasos

Texto: José Sainz
Ilustración: Pablo Alonso

peleas José-PabloMe quiero sentar al lado de ella, en el escaloncito de la entrada del departamento, casi en la esquina, y sentir cómo le respira la piel, cómo se mueve el calor alrededor de ella, como un campo de fuerza, y decirle que siento que me caí del mundo. Que hasta hace un rato me sentía del lado de adentro, me sentía medio a la sombra, sentía que no importaba saber que eso era mentira. Y que ahora, que nos vemos menos, que no hablamos por teléfono todo el día, que no somos espías de la vida del otro, que no sabemos cada movimiento, cada horario, cada encuentro, cada posibilidad, que no podemos imaginar la vida del otro con precisión, que no podemos imaginarla sin saber que le estamos errando, ahora que parecemos, de pronto, tan prescindibles, me siento, en cambio, desacomodado, siento que me hicieron abortar, siento que no puedo contra la fuerza incontrolable del mundo, que no me gusta el viento, que odio el sol, que no tiene sentido levantar la cortina o la persiana, que arrancaron el árbol, que ahora voy a pasar un tiempo arreglándome hasta que vuelva a encontrar algo que me importe así, que me haga sentir, de nuevo, integrado al ritmo de la respiración del planeta. Ayer vi a dos caminando adelante mío, a la vuelta de la casa de mi hermano, cuando volvía de la rotisería, y me sorprendió que no caminaban a la misma altura aunque iban juntos, que uno iba más o menos un metro atrás, pero que incluso así se movían a la misma velocidad y al mismo tiempo, que cuando uno levantaba una pierna y flexionaba la rodilla y apoyaba el peso del cuerpo primero un instante sobre el talón y después un momento sobre la planta para hacer lo mismo con la otra pierna, que ya se pronunciaba, se despegaba del piso, el otro hacía lo mismo, como si el primero fuera su propio espejo. Me pregunté si todos en el mundo, a esa hora, estaban caminando de esa manera, si el tiempo que toma dar un paso y el otro y después el primero y de nuevo uno más y así está sincronizado globalmente, ajustado de acuerdo, por ejemplo, a los factores que pueden modificarlo, al ritmo mundial de los semáforos, al movimiento del clima, que puede desacelerar la velocidad de los pasos de todos, a lo que tarda cualquiera en limpiarse mierda de la suela. Me pregunté, entonces, si cuando ese cualquiera frena un momento y se apoya contra una pared para no derrumbarse y dobla una rodilla para verse el dorso del zapato o lo que calce, todos frenan con él o con ella, todos quedan suspendidos donde estén, todos iguales, todos con el cuerpo hacia adelante para dar el próximo paso, por ejemplo, apenas inclinados para que el peso produzca el próximo paso, guardado en la memoria del futuro, del futuro colectivo, todos, entonces, congelados idénticos, todos copiándose sin mirar, todos esperando que el que trabó la cadena vuelva a activarla, a dejarlos seguir doblando y levantando y apoyando, todos solidarios esperando que el compañero invisible se ponga en marcha, los ponga en marcha a todos, vuelva a darle cuerda al mundo, haga que todos den el mismo paso enorme y enseguida el siguiente y el calor del movimiento mantenga hirviendo el núcleo terrestre. Me quiero sentar al lado de ella y contarle eso y decirle que me sentía integrado a ese cuerpo único, a la unidad planetaria, que sentía que con mi aporte a la estabilidad de la temperatura de la Tierra calentaban una mamadera en el fondo de una casa de campo de Canberra y que ahora ese bebé acaba de morir de neumonía. Le quiero decir que desde que no nos pasamos el día pendiente del otro, de lo que hace el otro, de lo que le molesta al otro, de lo que puede amortiguar esa molestia, nada me calma, nada me saca de la inquietud permanente, de esa sensación de vacío que me encuentro cada vez que me veo medio reflejado en una vidriera- mezclado con lo que hay atrás mío, con el paisaje urbano opaco, en baja resolución, y con lo que hay detrás del vidrio, cuerpitos de plástico suspendidos en pose de héroe casual, libros en hilera, artículos varios, un collage en movimiento, una página de photoshop mutando en vivo, en público, reordenándose, un borrador enorme que no se va a imprimir nunca, un archivo que no se va a guardar en el escritorio de nadie, en ningún pen drive, en el disco rígido de la historia-, nada me pone fuera del alcance de la revelación que tengo cada vez que me veo reflejado en ese desorden: la certeza de que un día, como siempre antes de mí, no voy a aparecer en ese conjunto, no voy a ser, ni siquiera, una sombra en el fondo que alguien va a detectar mientras se pregunta si esa calza le queda bien, si está en precio, no voy a ser un elemento transitorio, lo que tarde en pasar por delante del vidrio, del reflejo de nadie.

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