Maravilla

Texto: Karina Ocampo
Ilustración: María Álvarez

Maravilla-Alvarez-OcampoFue el año pasado, porque peleaba Maravilla Martínez, y de repente a todo el mundo se le había dado por mirar la tele a la madrugada. Defendía el título pero a mí no me importaba para nada. “¿Desde cuándo nos gusta el boxeo?” le decía a Fede. Él me miraba con esa expresión de vergüenza ajena que yo tanto odiaba. Era como que me decía “calláte, estúpida” pero después de tantos años juntos hasta teníamos nuestros códigos para eso. Yo siempre hacía un comentario delante de sus amigos, él me dedicaba esa mirada, yo levantaba los hombros en un “qué me importa” y seguía hablando. Era una venganza, un castigo chiquito comparado a todo lo que me hacía sufrir con su indiferencia.

Nos habían invitado al cumple de la abuela de Pato y, obvio, yo quería ir. Quedaba mal faltar. Ya tenía el regalo, le había comprado las rosas que le gustaban, y a último momento Fede me dice: “No voy, los pibes se juntan a ver la pelea en el bar, andá vos”.

-No puedo caer sola, además vos me prometiste -le dije-. Queda mal, van a pensar que estamos peleados, o separados. Además ya les avisé. Vos venís.

Fuimos. Fede estaba con una cara de orto que no daba más, casi que se las pateaba. Seguro que los del bar le iban a decir que era un pollerudo. Íbamos en el auto, tarde, como siempre, y en el camino noté un clima raro, como el mundial de Corea y Japón. La gente se agolpaba frente a cualquier pantalla y ni siquiera habían empezado la transmisión. Nosotros no hablábamos. Le sonaba el celular con mensajes pero él sólo miraba al frente y agarraba el volante con las dos manos, todo crispado. Yo quería decirle algo, en el fondo lo entendía pero me daba bronca que no quisiera estar conmigo, que no me eligiera. Sabía que en esos casos lo mejor era cerrar la boca, así que puse la radio. El locutor entre tema y tema tiraba algún dato del mexicano Chávez.

Cuando llegamos la tele estaba prendida. No iba a zafar de la pelea. En la previa hablaban de millones de dólares en juego. La abuela de Pato nos abrazó y nos dijo que menos mal, que iba a pelear el que bailaba en lo de Tinelli, que estaban todos muy emocionados. Remarcó “muy” y sonrió. Ya estaba un poco alegre, pobre vieja, tenía derecho a tomar en su cumpleaños. Yo me quería matar, pero me quedé quieta entre Pato y el marido, José. Fede se sentó lejos, todavía le duraba el enojo.

José me sirvió vino, un malbec, y me di cuenta que tenía el estómago vacío. Los demás ya habían comido, por suerte encontré perdida por ahí una empanada fría. Bebida había para tirar al techo, la mayoría de los invitados ya estaban medio entonados.

Cuando subió Maravilla no sé qué me pasó. Lo vi tan alto, tan morocho, tan argentino, que me dio una sensación extraña en el pecho. Algo así como orgullo. Que el tipo defendiera el título, que se rompiese la cara para representarnos… Claro que había guita, mucha. Pero en el primer round se le paró de manos a Chávez, ¡con unas ganas! “Guapo”, decía la abuela de Pato, que se había sacado los zapatos. La zurda de Maravilla era implacable. Eso decían los comentaristas que estaban en Las Vegas. También estaba Susana, la enfocaron varias veces, siempre elegante ella, y se nota que le gustan los boxeadores.

Era obvio que íbamos a ganar, se veía venir. Hacía calor. Fede me miraba de reojo, porque yo gritaba como loca. Aplaudíamos cada vez que Maravilla conectaba una zurda, y parecíamos especialistas. Pato decía, “uh, le metió un uppercup” y nos abrazábamos. José la corregía y le decía que era “uppercut”, pero ella no lo escuchaba. Alguno de los invitados arrancó con el olé, olé, olé, MA-RA-VI-LLA, y todos lo seguimos, medio a destiempo. El hijo de Pato tiraba papelitos, a una de las amigas de la abuela se le cayó una botella sobre el mantel y otra dijo “alegría, alegría”. El único que estaba en otra era Fede, que escribía en el celular. Fede y su maldita costumbre de estar ausente.

Y en el round 12, cuando teníamos todo para liquidarlo, el mexicano le metió una piña terrible, el pobre Maravilla cayó al suelo. ¡Y era el último minuto! Parecía una película. Yo me acordé de Rocky, de la única que vi: Stallone con la cara deforme y los puños en alto. Vi a Fede petrificado delante de la tele. Recordé a mis primos de Los Ángeles, seguro estaban viendo la pelea y sentí nostalgia. Y lloré, no pude parar de llorar. Era el vino, pero también era la gloria que otra vez se nos escapaba, y era Fede que estaba tan lejos pero que se acercó con una media sonrisa, me miró con pena y me dijo al oído:

-Maravilla ganó por puntos, lo acaban de confirmar.

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