La araña

Texto: Andrés Bisserier
Ilustración: Orx

La araña Orx BisserierMi hermana golpeó el suelo con el vaso y atrapó a la araña.

“¡Soltala!”, le dije.

“Estás loco”, dijo ella, alejándose del vaso con las manos en alto. Era mi vaso de Hulk, de plástico verde y violeta con la cara y las manos de Hulk en relieve. Tenía cepita de manzana.

“Vas a manchar el piso”, le dije a mi hermana.

“No”, dijo ella, “me tomé el jugo”.

“Era mi jugo”.

Solté al Capitán América y fui a agarrar mi vaso. Mi hermana me levantó de los brazos, me empujó al sillón y me tiró un almohadón encima. Traté de levantarme pero mi hermana se sentó en el almohadón y me agarró los brazos. Se estaba riendo, como si fuese un juego. Con ella era todo un juego hasta que no le hacías caso. Ahí el juego se terminaba rápido.

Este juego era, hagamos de cuenta que no hay araña. Romina odiaba los bichos. No iba a soltarme ni dejarme soltar a mi araña. Así que me quedé quieto, mirando el vaso en el suelo.

Debía estar oscuro ahí dentro. Oscuro y húmedo.

“¿Te vas a quedar quieto?”, preguntó mi hermana.

No parecía enojada. Se había puesto sobre el almohadón pero no estaba aplastándome.

“Puedo sacarla al balcón,” le dije.

“No,” dijo mi hermana, “vamos a dejarla ahí hasta que vuelva papá y la mate”.

“¡Puedo sacarla afuera!”.

“¿Para que viva en las macetas? Martín, basta”, dijo Romina, volviendo a agarrarme los brazos.

“¿Qué le pasa al orco?”

Camila era la mejor amiga de mi hermana. Habían estado en el baño casi una hora. La cabeza de Camila apareció de atrás del sillón como un títere. Tenía el flequillo parado y maquillaje rosa y negro. Así que estaban por salir. Si me quedaba tranquilo podía soltar a la araña antes de que volviesen mis padres y volver a guardarla en el envase.

Había encontrado a la araña en el lavadero. Era una pelota negra con patas transparentes y largas. Era la más grande que había visto. Yo también la había atrapado con un vaso. Lo mejor que encontré para guardarla fue un envase de cotonetes. Era transparente y le podía hacer agujeritos a la tapa para que la araña respirase. Puse un algodón en el envase. Deslicé el vaso con cuidado hasta la boca del envase. Le di unos golpes al vaso y la araña bajó al algodón.

Esa noche mis padres habían salido a cenar y al teatro con unos amigos y Romina se había encerrado en el baño con Camila. Estaban fumando. Hice un laberinto con bloques de madera y solté a la araña en el centro, bien rodeada. Me di vuelta para agarrar al Capitán América. Cuando volví a mirar la araña se estaba escapando. Era muy rápida. Iba a agarrar el envase con el algodón cuando apareció mi hermana.

“Quiere salvar a la araña”, dijo Camila, “qué lindo el ecologista”, y me hizo un coscorrón.

“Era enorme, no sabés qué asco”, dijo mi hermana.

“Cuando llegue Ricky la mata”, dijo Camila.

Ricky era el novio de Camila. Estaba en la facultad y las pasaba a buscar en auto. Siempre quería ir a mi cuarto a jugar a la Play y se burlaba porque no quería probar su cerveza o lo que estuviese tomando. Era flaco como un esqueleto y hablaba en cámara lenta. Hacía lo que Camila le dijese.

“No, ¡dejáme sacarla!”. Estaba forcejeando de vuelta. Mi hermana apretó fuerte y ahora sí me estaba aplastando.

“Tranquilo, Capitán Planeta”, dijo Camila riéndose.

“Capitán América”, le dije.

“Qué vieja estoy”, dijo Camila yéndose.

Dije, “le digo a papá que estaban fumando”, y enseguida supe que había sido un error.

“¿Qué vas a decir?”, preguntó Camila, volviendo a aparecer detrás del sillón. “¿Qué vas a decir?”, preguntaba, dándome golpes en la cabeza.

Sentí una de mis manos soltarse y tiré una piña a ciegas. El peso de mi hermana despareció y corrí al vaso. Me resbalé con los bloques y me golpeé la rodilla con la mesa de vidrio. De un tirón de pelo me bajaron al piso. Era Camila. Me puso una rodilla en el pecho. “¡Soltame!”, grité. Mi hermana dijo, “me pegaste en la costilla, Martín”. Cerré los ojos. No iba a llorar para ellas.

“¿Sabés lo que voy a hacer?”, dijo mi hermana. “Cuando llegue Ricky y mate a esa araña de mierda lo voy a filmar y lo voy a subir a tu Facebook. Aunque no quieras lo vas a ver. No te vas a aguantar. Vas a ver cómo matamos a tu araña de mierda”.

“Boluda”, dijo Camila, riéndose. Aflojó la presión de la rodilla y traté de soltarme. La rodilla apretó fuerte, cortándome la respiración.

“Vamos”, dijo mi hermana, “lo encerramos en su cuarto para que no rompa más”.

Entre las dos me arrastraron por el comedor y el pasillo. Emboqué un par de patadas pero no me soltaron. Camila me tiró en la cama, mi hermana agarró la llave de la puerta y cerró desde afuera.

Les grité, “¡hijas de puta!”. Putear era grave. Una vez me hicieron levantar de la mesa por decir “boludo” delante de unos invitados. No le había dicho boludo a nadie en la mesa, había dicho que un compañero de escuela era un boludo, pero igual me mandaron a mi cuarto. Si enojaba a mi hermana y la hacía volver tal vez podía correr al living. Pero no volvieron.

La luz estaba apagada. Puse la cara en la almohada y lloré en silencio. Después de un rato los escuché riéndose. Había llegado Ricky. Me di vuelta y al final me quedé dormido.

Me desperté con ganas de hacer pis. La puerta de mi cuarto estaba abierta. Había luz en la ventana. Era la mañana. La araña estaba muerta.

Cuando salí del baño escuché a mi papá llamándome desde la cocina. “Martín”, dijo, “vení a la cocina un momento”. Mis padres estaban en bata, sentados tomando el desayuno. Miré las pantuflas de mi padre. Tal vez eso había aplastado a mi araña. Si Ricky no la había matado.

Mi padre dijo, “tu hermana nos dejó una nota diciendo que te encerró en tu cuarto porque le habías pegado”. Tenía una tostada en la mano que estaba por chorrear mermelada. “¿Es cierto, Martín?”, preguntó. “¿Le pegaste a tu hermana?”.

“Julio, la tostada”, dijo mi madre.

Mi padre giró la tostada, le dio un bocado y la dejó en un plato. Masticó mirándome. Tragó, se limpió la boca y dijo, “le pregunto a tu hermana, entonces”. Antes de salir de la cocina me dijo, “esta actitud no te está ayudando, hijo”.

Mi hermana apareció detrás suyo con los ojos medio cerrados y la boca apretada. Tenía uno de sus dolores de cabeza, como siempre que salía con Camila. Mi padre acercó la silla, se sentó y dijo que quería saber lo que había pasado. Mi hermana se sirvió café, le puso leche y lo puso en el microondas. Mientras ellos hablaban yo miraba la taza girando en el microondas.

“Atrapé una araña enorme en el living con un vaso y Martín se volvió loco y me pegó en la costilla. Camila y yo estábamos por salir y Martín no quería parar así que lo encerramos en su cuarto”.

“No me parece bien que encierres a tu hermano, Romina”, dijo mi padre. Luego me pregunto por qué le había pegado a mi hermana. Yo no iba a decir nada. No importaba lo que dijese, iba a estar mal.

“Muy bien”, dijo mi padre. “Estás castigado. Dos semanas sin Play, sin Internet, sin tele. ¿Queda claro, Martín? Más vale que me respondas”, dijo, “antes de que me enoje en serio.”

Dije que sí moviendo la cabeza.

El microondas se detuvo con ese pitido agudo que hace. Mi padre giró y volvió a su desayuno. “¿Y qué pasó con la araña?”, preguntó mi madre. Mi hermana se quedó parada con la taza en la mano. “Le íbamos a decir a Ricky que la mate pero nos olvidamos”, dijo, como si no entendiese lo que había pasado. “Debe seguir en el vaso”.

Salí corriendo al living. Desde la cocina mi padre gritó, “¡Martín, volvé acá!”. El vaso estaba ahí, en un desorden de bloques. El Capitán América estaba a un costado, boca abajo. Dentro de mi vaso de Hulk estaba mi araña.

“Martín, no toques ese vaso”, dijo mi padre detrás del sillón. Estaba dándome una orden y yo tenía que hacerle caso.

Me temblaban los brazos.

Me agaché y levanté el vaso.

Mi hermana, que había estado mirando detrás de mi padre, pegó un grito y salió corriendo. Mi padre enrolló una revista y le gritó a mi madre que agarrase algo, viniese a matar esos bichos. Mi madre apareció con un spray, rociando para adelante y tapándose la boca. De algún lugar mi hermana gritaba, “¡asco, asco, asco!”. Yo había saltado al sillón.

Mil arañitas blancas, diminutas y rapidísimas, habían salido del vaso y se iban para todos lados. Tapaban el piso. Eran como una alfombra que estaba viva. Era increíble.

Sentí un tirón del brazo y miré a mi padre, que dijo “andá a tu cuarto” y dio otro golpe al suelo con la revista. Mi madre rociaba sin levantar el dedo del spray. Parado en el sillón, yo buscaba con los ojos. No había visto a mi araña negra al levantar el vaso y no la veía escapando con sus hijitas. Sólo estaban las arañas blancas ya dispersándose, desapareciendo bajo los muebles y los zócalos, en los enchufes y los libros, poniéndose a salvo para vivir y crecer en las grietas y los pliegues de nuestra casa.

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