El espejo rebelde

Ilustración: Orx
Texto: María Álvarez

el espejo rebelde PELEAS-orxHoy no está. Si no sería imposible escribir estas palabras o cualquier otra cosa. Pero esto más. Cuando viene casi no escribo, no puedo con él tan cerca, criticándome las uñas desprolijas, señalando que ya es hora de volver a depilarme. Escribir así es imposible, con alguien al lado que te dice que no tenés nada para decir, que no servís. Entonces me limo las uñas o me voy a depilar. Ahí en la depiladora me deja tranquila y leo revistas.

Porque si me rebelo contra él es peor, no sólo no escribo, tampoco me depilo. Nada, me quedo mirando el techo, como un barco tironeado a norte y sur que se balancea siempre en el mismo lugar.

Cuando viene temprano se queda. Pero muchas veces aparece a la tarde, con la puesta del sol, sobre todo si no tengo planes para la noche y si es viernes, sábado o previa de feriado. Creerá que necesito compañía, que me siento sola, entonces viene y me lo dice, que nadie me quiere, que nadie me llama y que estoy sola. No, no dice que estoy sola, dice que me voy a quedar sola para toda la vida. Porque no conecto con nadie y sólo pienso en mí. Soy una egoísta, dice. Con sus críticas y todo, cuando llega él ya no me siento tan sola, pero sí miserable; doy asco cuando él aparece.

A veces insiste para que salga a algún lado, pide que me arregle y me ponga esos zapatos altos que tanto me duelen, quiere que me esmere con el maquillaje, que pruebe cosas nuevas y aproveche que todavía tengo las piernas morenas del verano para usar el vestido azul y corto. Yo obedezco, porque si me rebelo ya dije que es peor, si no salgo me hundo en la noche oscura, mareada de zapping, me ahogo alternando papas fritas y helado. Si él se queda conmigo no puedo leer, ni mucho menos escribir, y con cada papa frita que cae sobre la alfombra, como gotas o segundos de la noche que avanza, me dice viste, deberías haber salido.

Entonces otras noches le hago caso y salgo. A veces me deja ir sola y entonces me río y disfruto del vino y de los demás. Pero muchas noches viene conmigo, bajamos juntos en el ascensor y ahí empieza, que tan alta parezco un travesti y maquillada así un payaso, que quién soy para pretender estar linda y para quién me arreglo, se nota que estoy sola y que me quiero levantar a alguien, por los labios rojos se nota, me lo dice al oído en el ascensor, antes de salir, sin ni siquiera haber pisado la calle. Después, incluso frente a la gente, desde detrás de las botellas de la barra, me lo recuerda de lejos, con la boca roja estás entregada, modula exageradamente con los labios, con la música de fondo.

Pero casi siempre es en el baño del bar, ahí me grita para qué saliste, por qué no estás en casa escribiendo o mirando una película, me cuenta los meses que hace que no termino esa obra de teatro, los quilos que quiero bajar hace años y me señala el vino o lo que esté comiendo. También apunta a cada uno de mis amigos, dice que no van al cine, que no quieren pagar la cuenta y que hablan sin parar, que no escuchan. No le cae bien ninguno. Y se contradice porque cuando volvemos a casa, de nuevo en el ascensor, con el maquillaje corrido y las piernas que no me dan más, empieza a gritarme andá a dormir sola. Grita eso una y otra vez mientras me lavo los dientes. A veces me señala una cana y me aclara que estuvo a la vista de hombres y mujeres, justo en la frente, durante toda la noche. Yo la arranco y me señala otra, más escondida, pero él, sádico, me promete que la nueva ya tendrá su primer plano en la próxima salida.

Y esto no es nada. Lo peor es cuando por las canas o las ojeras me empieza a hablar de la muerte. Eso es lo peor. Dice que ya estoy en la mitad, que de acá para abajo, que pasó lo mejor y me lo perdí, que pronto dejaré de existir y no habré dejado nada, ni un hijo ni un libro ni un gran amor. Mueve los brazos como si tuviese un arma, como esa gente que alecciona con las manos, me amenaza. La mayoría de las veces me quedo callada, no voy a mentir a veces lloro, cuando él hace cálculos de los años que le quedan a mi padre, el tiempo restante de lucidez de mi madre. Lloro cuando me señala las carnes flojas y los pelos que crecen en lugares en donde antes no crecían, en la cara, la barbilla, la frente. Lloro cuando él me pregunta si soy estúpida y me cuenta las veces que tropecé con la misma piedra, que caí en los mismos lugares y que actué de la peor manera. Yo sé que a él, en algún punto, todo eso también lo afecta, porque lastimar tanto a alguien lastima, y cuando me grita a los ojos que me apure porque ya no tengo tiempo ni fuerzas para cambiar, noto que él también tiene lágrimas en los ojos, de impotencia. Yo lloro y me quedo callada.

Sin embargo, algunas noches, cuando pude salir sola y me reí y tuve una buena conversación con alguien, le hago frente. En esas noches yo soy la que le grito a los ojos, hago de cuenta que tengo una pistola en la mano, que yo también podría matarlo. Le grito que se anime y me mate, que si tiene el coraje me mate. Porque, y esto no se lo digo, lo peor es la idea de la muerte, pensar la muerte; la muerte en sí no es nada. Cuando me atrevo a gritarle de esa manera, con la pistola en la mano, me deja sola. Pero igual ya no me olvido de que me queda poco tiempo, ni de que a mis padres les queda menos ni nada de eso. No me olvido.

Cuando me deja sola me levanto y me baño, me lavo el pelo y me pongo un poco de perfume de jazmín, una remera amplia y blanca, de algodón bien limpia. Después me hago un café con tostadas y voy a la mesa, si es lindo día la madera se mancha de sol, por las hojas parece la piel de un leopardo. Abro mi cuaderno y escribo lo que soñé o lo que sueño. Incluso escribo sobre los pocos años que les quedan a mis padres, sobre los hijos que no tengo y el amor que busco. Si escribo bastante él tarda días en volver a aparecer, no se atreve, y las páginas se van apilando sobre mi escritorio.

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2 comentarios

  1. Angustiante y hermoso.

  2. Gracias, Olga. Me alegro de que te haya gustado. Saludos.

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