No fue por odio

Ilustración: Silvia Hapko
Texto: Karina Ocampo

No fue por odio, fue por amor... - silvia hapkoRamírez estaba pálido, sin fuerzas, parecía veinte años más viejo, como si la mención de su retiro cavara un poco más el pozo de su tumba.

-Cuando atraviese esta puerta, ya no volveré a visitarlos -dijo, trágico, y entrecerró los ojos.

Yo sabía que prendería un cigarrillo. En los tres años que llevaba trabajando a su lado, había estudiado sus movimientos y creía conocerlo mejor que su mujer. Aunque lo tenía prohibido, yo no era su médico para aconsejarlo.

-Pero usted será bienvenido, siempre –y mi voz salió sin demasiada convicción.

-No. Lo estuve pensando y lo mejor es que me vaya de la ciudad. No voy a jugar al golf con otros jubilados decrépitos. Quiero viajar. Además, si me quedo corro peligro.

Lo dijo con el tono misterioso que usaba con los clientes, y que lo había hecho ganar casos que parecían perdidos, sin importar que fueran historias reales.

-Yo dejé muchos cabos sueltos, pero hay uno que me pesa y tiene que ver con las fotos que puse ayer en las paredes. No es casual que las tengas delante de tus ojos. Sus responsables juraron matarme. Ahora quedan a tu cargo.

-¿Pero de qué se trata?

-Era una banda de falsificadores. Uno de ellos había sido pintor, no los de brocha gorda, pintor de verdad. Pero era mediocre, no logró vender ni un cuadro hasta que un amigo le ofreció copiar una obra robada. El tipo sabía, consiguió la misma pintura, trabajó durante dos semanas casi sin dormir, se obsesionó hasta lograr la copia perfecta.

-¿Y no lo descubrieron?

Ramírez dejó escapar un largo silencio de humo antes de contestar.

-No lo descubrieron. Las apuestas fueron cada vez más ambiciosas. Entraron en un mercado ávido por comprar obras de Petorutti o Quinquela Martín. Los que compraban sabían que eran falsas pero ganaban tanto con la reventa a los coleccionistas que no les importaba, corrían el riesgo.

-¿Cómo llegaste a ellos?

-Me contrató un coleccionista italiano. Había conseguido un Picasso por la mitad de su valor. Me pidió que averiguara todo y eso hice. No tuve más que fingir ser un comprador interesado, gané su confianza, su amistad, hasta que me llevaron a conocer al pintor. Vivía en una casa enorme que tenían en un barrio cerrado de Pilar. Nadie iba a sospechar que desde ahí se hacían las operaciones. Eran tipos respetables, abogados, contadores. Y había droga para repartir, tomábamos cocaína.

El tipo ajado cerró los ojos y pensé que se había dormido, tenía la pinta de un libro cerrado. Pero estaba recordando. Eso intuí después porque se incorporó de repente y dijo:

-Sé que me vigilan. Son ellos. A veces cuando voy a guardar el auto veo movimientos sospechosos, autos que frenan cerca y desde la oscuridad se quedan observando. Pero no sé qué esperan. Me podrían haber matado hace tiempo.

-Tal vez les falte resolver algún enigma. Alguna pieza del rompecabezas.

-Puede ser.

-¿Cómo sigue la historia?

-El pintor se enamoró de la mujer de la limpieza, Rosita. En realidad no sé si fue amor o fue lo único que tenía a mano porque casi no salía, se quedaba en su estudio y pintaba durante la madrugada. Yo los visitaba seguido. Me hubiera bastado denunciarlos a la Policía para que se acabara todo. Pero no lo hice, me había picado el bichito de la intriga y como confiaban en mí y en mis billetes, pensé que podría sacar una buena tajada del negocio, más de lo que me iba a pagar el italiano. Pero resulta que Rosita tenía un amante que la celaba. Un paraguayo que trabajaba de albañil durante el día y después se travestía y salía a buscar tipos durante la noche. Era atractivo, tenía espalda ancha, brazos musculosos. Lo llegué a conocer como Ramón, porque Rosita lo había recomendado para hacer unas reparaciones en el techo de la cocina. Pero era machista el paragua. Un travesti machista que no soportó que su Rosita lo cambiara por un pintor. A mí me lo contó Julián, el abogado, todavía impactado por lo que había visto. Una mañana llegó a la casa y encontró al paraguayo vestido de mujer y con las manos ensangrentadas. Se había quedado sentado vaya a saber cuántas horas después de matar a Rosita y a su amante. “Fue un error”, decía, “no fue por odio, fue por amor”. Y lloraba. Las paredes estaban cubiertas por las fotos que había sacado el paraguayo.

-¡Qué espectáculo macabro!

-No había nada que hacer. Se les había muerto la gallina de los huevos de oro. Sacaron todo lo que había antes de llamar a la Policía. Yo me quedé con las fotos, para aumentar mi colección de crímenes, y con una de las falsificaciones que ahora te dejo. Tal vez sea esto lo que buscan. Ya no quiero problemas. Antes era ambicioso, ahora me conformo con que no me duela la espalda.

-¿Pero qué puedo hacer con esto?

-Todavía se puede vender. Durante un tiempo ellos se ocultaron, dejaron la casa, el negocio. La policía los investigó pero concluyeron que se trataba de un crimen pasional, un femicidio de clases bajas. Salieron un par de noticias y nada más. Rosita ni familia tenía. Además al barrio no le convenía tanta exposición, pusieron mucha plata para que la cosa se olvidara pronto.

-¿Y se olvidó?

-Los medios, la Policía, hasta los vecinos lo olvidaron. Pero no el amigo del pintor. Julián Aubel, el abogado, volvió al país hace años y estuvo en un par de casos bastante resonantes. Lo apodaron “el abogado del diablo”. Defiende asesinos y estafadores. Es bueno el hijo de puta, es bueno…

Otra vez se le había acabado la cuerda a Ramírez. Me quedé un rato en silencio. Pensando. ¿Por qué me estaba entregando el cuadro falsificado si todavía se podía vender? ¿Por qué no lo había hecho antes? Y semejante historia. ¿Por qué me la contaba ahora? Pareció adivinar mis pensamientos. Con los ojos todavía cerrados, mientras el sol se escapaba por la ventana, dijo en un murmullo:

-Yo los estafé. Al principio dejé pasar un tiempo hasta que las cosas se calmaran. Después empecé a sentirme mal, ellos habían confiado en mí, me habían hecho parte del negocio y yo me quedé con algo que les pertenecía. Abrazaba a Julián por la muerte de su amigo a la vez que guardaba el último cuadro que había hecho y que tal vez tenía un valor sentimental.

-Entonces me lo dejás a mí.

-Tengo el contacto de Italia, basta con llamarlo, él puede ofrecerte una buena suma. Yo me voy. Ya cumplí con mi trabajo.

Se levantó con dificultad. Me dio un abrazo breve, de jefe a empleado, sin un dejo de cariño. Salió con pasos temblorosos, sin mirar hacia atrás. Me dio un poco de pena el viejo. Cuando cerró la puerta ya era de noche. Tardé un rato en llamar a Julián.

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