Ay ellos dos

Ilustración: Brenda Fahey
Texto: Bruno Martínez

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Ay, ellos dos, los vieras.

Ella, hay que entenderla. Es que tuvo una vida medio rara. Los padres no la dejaban elegir las cosas. Se olvidaban del color que ella quería para las paredes de su habitación, no prestaban atención a lo que quería comer antes de ir a la escuela. Les importaba poco. No veían esos dibujos aterciopelados que cubrían cuadernos enteros. Es que ella no sería nada hasta ser licenciada. Licenciada en qué. En lo que sea. En lo que ella quiera, pero que facture. Es decir, nada de lo que ella quería. Y su madre felicitaba a sus compañeras tan lindas, tan coquetas. Y que ella ojalá fuera más mujercita. Y ella se dio cuenta que tenía que acompasarse. Dejarse llevar y dejar de pensar tanto de una vez por todas.

A ella las ideas se le volvieron espesas y pensar pinchaba. Cada problema era una rueda de tres lados que había que empujar hasta el cansancio. Que cada vuelta que uno les diera, cada pequeño avance sobre esos problemas, panzazo. Bum. Y otra vez descansaba y el problema no se había ni desgastado. Y así con el amor, con la familia, con la vocación. Ay, cómo costaba todo.

Él. Él siempre muy distinto. ¿Por suerte? No sé si por suerte. Cada uno con su forma de ver las cosas. Su madre lo crio sola, y menos mal. Su padre era un imbécil que ni alcohólico era. Un abandónico, un cuadrado. Y se fue. O más bien, su madre lo fue. Lo echó. Porque su hijo era todo para ella, y algo para él. Él se imaginaba lo que su hijo podría hacer por él y por la familia, por el apellido. Y ella, su madre, se imaginaba todo lo que sería para sí mismo. Para la gente que él decidiera amar. Para la gente que él quisiera honrar en vida y en muerte. Él fue a una escuela porque no les quedaba otra. Porque la educación en casa estaba mal vista, porque su madre tenía que trabajar. Laburar para ellos dos, compañeros. Y límites sí que había, pero como todos los límites de las buenas madres, nunca son demasiados.

A él las ideas se le hicieron de una neblina suave. Y a los problemas, qué genio. A los problemas los redondeaba. Les daba forma de huevo. A cada situación. Y los empujaba de taquito y los problemas pasaban. Se iban, che. Disimulados, en silencio. Hasta con un poquito de gracia. Desaparecían entre sus sueños y su dispersión. Así con sus proyectos, con las muertes, con el arte.

Y un día se vieron y uno dice pero la pucha. En realidad, no es que sean muy distintos. Para nada. Ni siquiera es cuestión de tener más o menos problemas. No. Es que cada uno les dio formas distintas. Y cuando se vieron a los ojos, la vista pasó más allá del alma. Vio que dicen eso de las ventanas. Y se vieron los problemas. Un ratito se hablaron nomás, y los redondeles que a los triángulos pocas pulgas. Que un círculo en pendiente no avanza, que un escaleno en pi por radio al cuadrado no se sostiene y se tambalea. Se cae a la mierda, digamos.

E insistieron. Uno, dos meses. Y nada, che. Uno hablaba de pirámides, otro de cilindros. Y se miraban. Se miraban con esa malicia. Qué palabra: malicia.

Entre los dos fue naciendo, fijesé bien, algo chiquito. Un problema de él encerrado en un problema de ella. Y lo alimentan con la mirada, los dos. Y créame. Ya lo he visto. Que cuando eso crezca va a ser amor, y los va a mantener juntos el resto de sus vidas. Porque, digo yo, lo que nos une eternamente son los problemas. Digo yo.

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