Manada

Ilustración: Gustavo De Tanti
Texto: Esteban Demaestri

Papá pegó el hachazo y todos cerramos los ojos al sentir el golpe. Un dolor agudo me atravesó el alma. Por acto reflejo agaché la cabeza y la hundí entre los hombros. Cuando volví a mirar había sangre por todos lados.

Manada

Y todo porque le contamos a mamá que fumábamos porro. Cuando lo hicimos ella se alarmó, se le desordenaron los estantes de la cabeza. Al toque se puso mal. No dijo mucho, negó un poco como explicando la venda que los padres llevan puesta tipo justicia sin balanza, porque ellos creen que los hijos son lo mejorcito del universo y no pueden ser unos drogadictos. Al reaccionar nos pidió desesperada que no le dijéramos nada a mi viejo, que él no iba a entender y que le haría muy mal.

–Pero mamá, ¿en serio me decís que nunca se dieron cuenta?

–Y no, yo qué sé, ustedes no tienen pinta de…

–Claro, ya entiendo, la mejor manera de demonizar la marimba es mostrando a los fumones como gente estupidizada que no sirve para nada… Al final le hacen un favor a la planta porque todo el mundo puede caretearla… Pero mamá, decime para qué te la vamos a caretear si mirá la vida que llevamos, no somos psicópatas ni vagos, ni no sé cuántas cosas que dicen que deberíamos ser por consumir… qué palabra esa, consumir, nadie dice que un tipo consume alcohol, o que consume tabaco…

–Hijo, no es lo mismo…

–Nooo, stá clarito que no son lo mismo…

–No digas más nada hijo, basta… hagan lo que quieran, pero no le digan a tu padre…

Ese día habíamos ido con Patricia a visitar a mamá, coincidiendo con mi hermano Fernando y su novia Luisina. Caímos en la marihuana como se paracae en cualquier charla desde cualquier tema: esta vez mi vieja decía sentir que no vivía, que no hacía lo que quería, y salté con que yo tampoco podía vivir si tenía que caretearle a ella que fumaba porro, que me parecía una estupidez ser un boludo grande y no poder blanqueárselo. PUM, quilombo.

A la semana siguiente Fernando le habló a mi viejo de nuestra costumbre. No sé cómo fue la situación exactamente, pero se ve que decidieron venirse para mi casa cuando pareció que todo estaba entendido y bajo control: mis viejos, mi hermano y la novia.

Cuando llegaron parecía todo bien, entraron sonrientes. Papá traía un paquete de panadería, nos saludó con un abrazo lindo, emotivo, como alegrándose de que estemos vivos. Lo recibí tranquilo, mi hermano me había adelantado por mensaje toda la historia:

“bro, le conté a pa q fumams quizo ir visitart tamos yend”, “pero todo bien?”, “tod ok”.

Nos mostró el paquete apenas con un ademán.

–Trajimos facturas, ¿tomamos unos mates en el patio que está lindo?

–Dale, de una viejo, justo estaba regando las plantas así que…

–Ahhh, regando las plantas… saliste a tu madre ehh… –se mandó para el patio, con las manos en los bolsillos, y deambuló un par de pasos hasta que dio con la pila de leña. Descolgó un hachita que suelo colgar a una altura que no lleguen los chicos. La estudió mientras hablaba-. Hace un montón que no me mostrás el jardín… ¿lo tenés renovado?

–Sí papá, tengo algunas plantas más, de tod…

–Ahhh, ¿y cuál es la que se fuman? –dijo, sin soltar el hacha. Yo me debo haber puesto tenso porque se atajó-. Tranqui, quiero verla nomás, por lo menos después de toda esta novedad me podés decir cuál es…

–Dale viejo, no te pongas en flash…

–¿Esta es? –señaló una que no era, que tenía hojas como de malvón, nada que ver.

Pensé que me estaba probando.

–No papá, no es esa…

–Ahh… –miró alrededor y pispió la regadera que estaba puesta al pie de otra planta que me había traído de lo Cope la semana anterior. Se fue para ahí-. ¡Esta!

–Papá…

–¿Es esta, no? Mirá qué grande que está… –la señalaba con el hachita, no sé si para intimidarnos a nosotros o a la pobre planta-. ¿Cuánto tardan en fumarse todo esto? ¿Tiene para un año? O…

–¿Qué onda viejo? Tranquilo… no es tan as…

–Yo no puedo creer, hijo, que ustedes se droguen así, ¿qué les enseñé de la vida, eh? –me miró como si fuera a darle explicaciones distintas a las de mi hermano-. Hijo, son grandes, esto es ilegal…

–Sí, para vos… pero es de consumo personal, no hay nada ilegal en eso…

–Como quieras, podés ir en cana igual… –balanceaba el hacha.

–Papá, la paja también era ilegal…

–Ilegal para la religión, pero no te manda en cana… quém…

–No, claro, ¡te mandaba al infierno!

–No entiendo tu punto hijo…

–El punto es que son leyes moralistas, ¡leyes de un tiempo anacrónico! Una mierda que nos impusieron a nosotros que somo…

–Toda la vida explicándoles cómo ser personas de bien, y ustedes se vuelven unos drogadictos… estoy hecho pelota les digo… –nos miró a todos. Las chicas agacharon la cabeza.

–Viejo, te estás yendo de mamb… –quise frenarlo, parecía determinado a dar un golpe.

Mi hermano apartó un poco a mamá y a Luisina. Yo hice lo mismo con Patricia.

–No lo puedo creer, mis hijos… –se había puesto todavía más tenso. Tenía inflamada la vena de la cabeza. Nada bueno podía resultar de eso.

Lo miré para que entendiera que se estaba yendo al carajo. Levantó el hachita y dio el batacazo.

La sangre me salpicó la zapatilla izquierda. Levanté la vista y primero lo vi a papá con la mano en la cara, chorreando sangre. Después mi vieja que se le acercaba diciendo algo desesperante, y contagió a Patricia, que pegó un grito. Papá la paró en seco, como si estuviera todo bajo control. Yo traté de entender dónde se había lastimado y descubrí que el hacha estaba clavada en el tronco de la planta.

–¿Qué hacés viejo?¿Tás loco? Esa planta no es marihuana… –casi grité, mirando para todos lados para encontrar dónde había caído el dedo que se había cortado.

–¿Yo soy el loco? ¿Me estás jodiendo? -cuando se sacó la mano para hablarme vimos con alivio que le sangraba la nariz.

Mamá le pasó un pañuelo que al fin aceptó.

–Otra vez la nariz, Manuel…¿podés parar un…?

Mi hermano se acomodó para intervenir, pero lo paré.

–Viejo, tranquilo, ¿no te das cuenta que es un sauce?

–¡Qué sauce ni ocho cuartos!

–Es un Sauce Gatillo, me lo regal… además, ¿qué tiene que ver la planta?

– ¿Cómo que qué tiene que ver? Ustedes se están quemando la vida con esta porquería… –hablaba en un tono gangoso y gracioso.

–Aahhh, jodéme, vos te la quemás con el cigarrillo y yo no te los tiro a la basura… pero la puta madre… ¡mamá!

–Yo les dije que no le dijeran nada, pero acá tu hermanito tuvo q… Manuel, pará un poco por favor…

–¡Qué parar ni ocho cuartos!… esto no es como el cigarrillo, les va a pudrir la cabeza…

–Viejo, en serio, te estás yend… -Fernando se le había acercado para tomarlo por los hombros e intentar que relaje.

La sangre le salía de la nariz por los nervios, siempre le pasaba. Los apartó a mamá y a mi hermano.

Yo me mantuve a una distancia prudencial. Estaba re caliente y a la vez sentía pena por él: no debe ser fácil que tus hijos te decepcionen. Se me vino todo eso encima, me quise matar, las piernas se me ablandaron, me imaginé a mis hijos primero desilusionándome y después sintiendo lástima por mí. Me entré a sentir como el culo, pero no podía ponerme a llorar como un chico.

Esta vez mi viejo tenía que entender. Me mordí el labio. El tipo estaba herido como un león que sabe que fue derrotado. Todo mal. Parecía haber envejecido mil años en un hachazo equivocado. Si hubiera evitado ese golpe todo terminaba mejor, pero dar ese paso nos cacheteó a todos. Una derrota para todos los equipos, como calzar la piña y recibir la contraria certera, coordinadas, un mazazo mutuo.

En la espalda tenía una joroba, era un peso invisible que nunca le había visto. Le respiraba esa mochila, y le pesaba, me lo podía imaginar porque también me pesaba a mí. No supe qué hacer, me quedé inmóvil sin decir al menos una estupidez que desinfle las tensiones, como siempre hacemos con él. De algún modo me convencí de que esta vez no iba a funcionar. Fue como quedarnos a medio camino de una batalla donde alguien tiene que perder y otro alzar la espada victoriosa. Algo tenía que morir. Estaba muriendo, eso lo podíamos ver, lo sentíamos los seis que estábamos ahí.

Respiraba raro, tragando sangre. Cuando pasó todo, Luisina nos contó que ya tenía el celular llamando al 911 en el instante en que papá sacó el hacha del tronco. Habrá sonado dos veces, pero se cortó la comunicación y no hubo segundo intento. Antes de eso, el viejo tomó aire y le dio dos golpes secos a la planta.

La planta cayó sin que intentemos detenerla. Un sacrificio que todos aceptamos. Cayó a mis pies, llenándome de verde las raíces.

Me agaché un poco para acunarla como a un soldado herido de muerte. Una muerte que me correspondía a mí, que yo ejecuté, que no supe defender. La muerte de un inocente. Me estremecí. Quise decirle te equivocaste papá, pero no me salió. Quise decirle que meó fuera del tarro, pero no. Me quedé ahí a ver qué hacía. El tipo agarró la planta y se la llevó a la rastra. Se puso medio de costado para que mi vieja agarre la llave del auto del bolsillo y abra el baúl, y que después hiciera lo que quiera pero estaba clarito que lo mejor era acompañarlo a donde vaya. Se fue de casa sin decir más nada, sabiendo que esta no había sido una pelea de un padre con sus hijos.

Después supimos que la planta cayó tipo el paraguas de Oliveira y la Maga, desde el puente de la GeOPe, al río Arrecifes.

Tras cinco días de silencio de radio, mamá llamó a Patricia y nos invitó a comer el domingo. Asado en los quinchos del Balneario. Fuimos todos.

En un momento me alejé a mostrarle el río a Tili. Como era pequeña, la habíamos llevado pocas veces. Me senté con ella en las piernas a contarle cosas del agua, del respeto al río, de cuando íbamos siempre con el abuelo y el tío, con su madre o los amigos.

No lo vi venir. Se le adelantó el humo y pasó de largo. El viento lo revolvió, lo bailó un poco, y lo disolvió con delicadeza. Me quedé en esa imagen mientras papá se sentaba y le sonreía a su nieta.

Me ofreció un cigarro y lo acepté. Siempre me dije que los únicos cigarros que me seguiría permitiendo serían aquellos que compartiera con mi viejo.

Nos quedamos en silencio observando a Tili, que ahora corría un perro y se reía.

Miró al río y me preguntó:

–¿Cogés como siempre, hijo?

–¿La verdad? No tanto, viejo… –me sonreí resignado.

Papá me palmeó el antebrazo.

–Bueno, esa es tu posta… tenés hijos, me hiciste abuelo… ¿Qué más puedo decirte yo? Ahora es tu mundo, yo me estoy despidiendo, y la verdad, es tiempo de empezar a divertirme de nuevo… Ahora te toca a vos lidiar con todo esto…

Pitamos al mismo tiempo, y soltamos los humos, que se fueron mezclando hasta desaparecer en el aire.

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