Los dados

Ilustración: Pablo Alonso
Texto: Juan Cruz Balián

“El hombre no está hecho para la derrota; un hombre puede ser destruido pero no derrotado.”
-Hemingway

los dados Pablo AlonsoEn realidad el problema está en las uñas. Si cerrara el puño para pegarle como Dios manda, sus propias uñas se le enterrarían en la palma de la mano, y nadie quiere que le pase eso. Entonces es más práctico manotear con la mano abierta, a la espera de cruzarle la cara o alcanzar un mechón de pelo de donde colgarse.

No es difícil lo del pelo. Las dos cabezas refulgen bajo las lámparas de sodio de la calle y al moverse se vuelven estelas borrosas, una roja, la otra amarilla, de lejos parecen un espectáculo de malabares con fuego.

Cuando una mano por fin logra hacer blanco, se agarra del pelo engrasado, se cuelga con todo su peso y la cabeza se viene abajo con persona y todo, caen las dos al piso, se da una ovación general. Porque debajo de las lámparas se improvisó una tribuna sin gradas, un público semicircular que las encierra contra la pared, dejando tan solo el espacio para que puedan pelear con comodidad.

La lucha se traslada al suelo y en los vestidos empiezan a aparecer las huellas de la calle. En el forcejeo los músculos resaltan de pronto, se adivina un bíceps demasiado redondo, los trapecios hinchados, la garganta pronunciada. Alguien en el público le pregunta a un pelado que sonríe y saborea:

–         ¿Son minas o son dos tipos?

–         Son tipos –le contesta el pelado, y hunde los dedos en una bolsita de maní recién abierta.

–         Jodéme.

–         Son dos trabas. Yo los vi, se empezaron a pelear por un auto que paró, me parece que los dos querían subirse y el flaco del auto se asustó y arrancó, y estas se quedaron como locas.

En ese momento la pelirroja logra dominar el espacio y con una mano de pronto enorme envuelve la cabeza de la rubia y la proyecta contra el suelo. El impacto se oye. El público se estremece y el pelado del maní se come dos juntos.

Es un instante nomás en que la rubia parece que no va a responder, pero entonces se sacude, se levanta, le saca pecho a la pelirroja que retrocedió un par de pasos y la mide. Los puños se cierran. Ocurre un hiato, como si la pelea hubiese terminado y fuera a empezar otra.

–         Por fin –dice el tipo del maní.

Los cuerpos chocan de nuevo pero esta vez vuelan piñas hechas y derechas, van a parar al hígado, a la mandíbula, mientras abajo los pies tratan de hacer todo lo posible por seguir sosteniendo esos cuerpos apaleados.

El que preguntó si se trataba de mujeres ya no puede soportar el espectáculo.

–         Hay que pararlos –dice.

–         Parálos –le contesta el pelado, pero el otro no se mueve-. Me imaginé.

La rubia esquiva un cross, después otro, parece que va a tropezar pero se endereza. La pelirroja decidió resolver la pelea hacia delante. No para, no mide, pega, pega y pega. Hasta que en un momento, de tanto pegar, entra en ritmo. Uno, dos, abajo, arriba. Uno, dos, abajo, arriba. La rubia se da cuenta, instintivamente se da cuenta y espera, hace una pausa, uno, dos y cuando viene arriba se agacha y cuando está por venir abajo se levanta con gancho y todo, pum, a la mandíbula. Los dientes se chocan entre sí y la vibración del golpe trepa por la cabeza y hay una especie de oscuridad, el volumen baja, casi no se oye a toda esa gente gritar desaforada. Se oye, eso sí, un tintineo que llega hasta ella cuando está en el piso. Es el sonido de una navaja que alguien tiró al ruedo, una palabra perdida en el griterío que sale pastosa, mezclada con maní:

–         Definilo.

El semicírculo se abre un poco más y hay un silencio. El único que no se inmuta es el pelado, que con la mitad de la boca sonríe y con la otra mastica. Hasta la rubia y la colorada entran en pausa mientras tratan de comprender. La rubia comprende primero. Básicamente porque no tiene -como la colorada- un vikingo haciéndole sonar tambores adentro de la cabeza. Entonces se apura a buscar la navaja, que quedó más cerca de la otra. Inesperadamente, porque Dios juega a los dados con las cabezas de los pobres, se tropieza. Pisa mal, le falla una rodilla, se va al piso. Apenas alcanza a atajarse con las manos y correr la cara. El pecho y las piernas se arrastran por la inercia y la piel se abre. El público, estremecido. A su lado, la mano segura de la pelirroja captura la navaja.

La rubia se está dando vuelta para poder ver, para sacarse la vereda de la cara. Boca arriba, con las luces de sodio cayéndole de lleno, trata de hablar. Sabe que tiene poco tiempo, que en algún lugar la pelirroja avanza. Entonces abre la boca, separa los dientes rajados y grita:

– ¡Pelado!

El tipo del maní interrumpe la masticación y con los dedos todavía dentro de la bolsa le pregunta:

– ¿Qué querés?

– Andá a la concha de tu madre, pelado.

Entonces las luces se eclipsan. Hay un dolor, pero es un dolor concentrado que la distrae de las raspaduras, que dura unos segundos nomás porque después todo empieza a apagarse. Lo último que se van son los sonidos, los pasos que se alejan, una sirena que suena a lo lejos y un perro que le contesta ladrando, la voz del pelado que habla con alguien y le explica que ya nadie quiere laburar y el país así se va a la mierda.

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