TVC-1.5

Ilustración: Maxi Falcone
Texto: Andrés Bisserier

lucha-Maxi FalconeEl hombre soltó los documentos, puso su lapicera sobre los papeles y se sacó los anteojos. “Mi nombre es Suárez”, dijo, “notario público. Observamos el día de la fecha, lunes 26 de octubre de 2015, que entran en un contrato con TVC-1.5 Sociedad Anónima, productora del ciclo ‘Peleando por un Sueño’. ¿Correcto?”.

Claudio tardó un momento en procesar. “¿Nosotros no entramos ya al anotarnos por internet?”, preguntó, dudando.

“Efectivamente”, dijo el notario Suárez, “esto es una formalidad necesaria. ¿Declaran ustedes haber leído en su totalidad el contrato al poner su firma digital en el portal de internet de ‘Peleando por un Sueño’, del cual este es una copia sin ninguna alteración, substracción o agregado?”.

Claudio se sobresaltó con el ruido de un taladro y miró hacia el dormitorio, donde trabajan los técnicos, dos hombres con ropa de trabajo, flacos como esqueletos. La mujer de Claudio, con los brazos cruzados, le devolvió la mirada desde la puerta del dormitorio. “Yo lo leí”, dijo ella sobre el ruido. Claudio reconoció el fastidio de su mujer. Entrar a “Peleando” sería otro capricho del marido, del que ella se haría responsable. Claudio también había leído los términos pero no dijo nada. Mejor dejarla fastidiarse. Así la iba cebando.

“¿Qué sonreís vos?”, le espetó Sol todavía alzando la voz, aunque el taladro había parado.

Claudio le conocía las caras. Su mujer ya estaba carburando.

Sol se acercó a la mesa, agarró la lapicera del notario y puso su firma donde marcaban las cruces. Se irguió y le ofreció al notario algo de tomar. “Le puedo ofrecer agua, tónica o un cafecito”, dijo. El notario declinó, agradeciendo, y alcanzó los papeles a Claudio. “Ustedes quieren tomar algo”, preguntó Sol sobre el hombro, gritando a los técnicos en el dormitorio. Asomó por la puerta uno de los esqueletos y dijo, “agua, señora”. Sol fue a la cocina diciendo en voz más baja pero bien audible, “ordinario.” Era claro que se refería al marido.

Claudio y el técnico la vieron irse y cruzaron una mirada de aprobación. “Tiene garra la señora” era el mensaje mudo que, Claudio asumió, se estaban pasando.

La pelea esa noche iba a ser buena. Seguro viralizaban.

Al pie de la ventana, detrás del zócalo de alfombra, se veía un bulto. Por ahí entraba el cable. Asomando por la ventana y estirando el cuello se veía el cable suelto que subía al techo, meciéndose en el aire. En la azotea estaba el pequeño satélite de plástico que trasmitía la señal, uno de varios parecidos que tenía el edificio. La diferencia era que este satélite no era para recibir de afuera hacia dentro. La señal se daba vuelta. Las imágenes irían de la intimidad de su casa para todo el país.

Si la gente los votaba.

El bulto en el zócalo seguía hasta un rincón del dormitorio, donde aparecía un cable vertical, grueso y negro, que subía al techo. Claudio lo había tapado con cablecanal esa tarde, al volver de la calle. Claudio era plomero y gasista. Estaba todo el día yendo de un lado a otro, resolviendo emergencias. Pero ese día apenas había tomado unos llamados. Había pasado por la ferretería a comprar el cable-canal y había vuelto derecho a casa.

Al llegar al techo del dormitorio el cable trepaba la moldura y seguía por encima, casi oculto. Bifurcaba a dos esquinas diametralmente opuestas, donde habían atornillado unas camaritas diminutas. Las camaritas tenían una base que permitía cierta rotación perpendicular al eje del lente y un mínimo giro paralelo. Al ver de cerca se notaba el micrófono, a un costado.

Al contrario de las camaritas, que cubría el seguro, para tener el satélite de “Peleando” había que pagar un buen número. Apenas supo que el vecino del sexto C había pagado por el satélite, Claudio había entrado al portal del programa y había abierto la cuenta. En ese momento había pensado en el vecino como un benefactor. Ahora lo veía como la competencia.

El notario se los había repetido y lo explicaba el portal de internet. “Peleando” funcionaba con un sistema abierto de votación y quedar para el programa dependía de la gente. Cada aspirante tenía su canal de video, que transmitía las 24 horas en la web. Un sistema automático reconocía movimientos bruscos en la transmisión y empezaba a grabar. Si en 30 segundos no había otro movimiento brusco la grabación se detenía. Así cada aspirante formaba un archivo de peleas, que elegía publicar o borrar (muchos videos se grababan de otras cosas como simples tropezones, caídas de objetos, mascotas corriendo).

Tocando el botón de “Me gusta”, el ícono de una mano con el pulgar en alto al pie de cada video, la gente votaba las mejores peleas.

Cada video publicado aparecía por un momento en el portal de “Peleando”, que era donde estaba la verdadera audiencia. No había un límite de aspirantes, que ya eran decenas de miles, y los videos duraban en el portal apenas unos minutos. Pero había un sector aparte, en lo alto del portal, para los videos que rankeaban más alto. A eso tenía que aspirar el participante. Había que hacer campaña, mandar el video a la familia, los amigos, los clientes, pidiendo que lo enviasen a todos sus conocidos, que hiciesen rodar el boca a boca. Juntar suficientes “Me gusta” para asomar entre los favoritos y ahí cosechar el voto anónimo, el voto colectivo que tenía su propia inercia, que crecía exponencialmente hasta llevarte a la tele.

Claudio notó que su mujer se ponía sus cremas en el baño y no sentada al pie de la cama, como era su costumbre. La espió al pasar por la puerta entornada, por una rendija de luz. Se frotaba los brazos sentada en el inodoro, con las piernas cruzadas en el espacio estrecho del baño. La esperó en el dormitorio con una copita de sidra, que había comprado para la ocasión. La recibió con la copa en alto. Sol no tenía la crema facial a pesar de que era lunes. “Un brindis, a las futuras estrellas”, le dijo Claudio, ofreciendo la sidra.

Sol agarró la copa, fue a la ventana, volcó la sidra y puso la copa sobre la cómoda. Claudio bajó su trago y dejó su copa con la de ella.

“¿No querés festejar?”, le preguntó, acariciándola en el brazo. “Total”, dijo, “¿quién va a estar mirando? Nadie sabe que nos anotamos, todavía”. Y cabeceó a las camaritas, apenas visibles con sólo los veladores prendidos.

Cómo su mujer lo miraba, era difícil de leer. A Claudio, que se jactaba de conocerle las caras a su mujer, le sorprendió no saber cómo verse en esa expresión. Sol no tardó en aclarar las cosas al echarse atrás, como tomando envión, y escupirle al marido. Fue el primer movimiento, cuando Sol se soltó con un tirón del brazo, lo que señaló a la cámara que empezase a grabar, de tal manera que la grabación capturó a la mujer inclinando el torso hacia atrás y hacia delante, como una gallina al dar un paso, y largando el escupitajo. Claudio se limpió con el dorso de la mano, que se frotó en la panza importante, agarró a la mujer de los costados y de un envión la levantó en el aire y la tiró sobre la cama. Así empieza el video.

La pelea que siguió puede buscarla cualquiera en internet. El video quedó de forma permanente en la sección Clásicos del portal de “Peleando” y está en youtube y muchos otros sitios. Es fácil encontrarlo y sigue teniendo una alta circulación, incluso internacional. Pero a pesar de que no debe quedar argentino que no lo haya visto, es bueno volver a mirar ese video. Conserva toda su inmediatez y exhibe la calidad de los luchadores, que está en bruto pero ya tiene un carácter, una forma propia.

La velocidad con que Sol se pone de pie, busca el equilibrio vacilante sobre el colchón, arroja la almohada a Claudio para darse tiempo de retroceder, afirmarse en el cabezal y armarse con el velador, tienen ya la promesa de la campeona televisiva, una contrincante rápida de cuerpo y mente, atenta a su entorno, adaptable, que sabe cómo plantarse frente al contrincante. Más sorprende, y con el tiempo y los matchs televisivos lo fuimos dando por sentado, la falta de prejuicio de Claudio, su generosidad en el combate, la totalidad con que se arroja a la pelea y lucha con su mujer como una igual, en una demostración admirable de respeto, de reconocimiento al otro.

Pero lo que pasa más desapercibido (tal vez el rush del combate nos dejó también agotados y no tenemos los sentidos atentos) es un momento al final, cuando Claudio y Sol están sentados en la alfombra, contra la piecera de la cama, y Claudio le pone una mano sobre la pierna a Sol. Puede ser un gesto funcional, para indicarle que no se mueva así la cámara deja de grabar. Pero parece haber ternura en el tacto y cuando sus hijos, Maxi y Camilo, que se habían acercado a ver la pelea desde la puerta del dormitorio, los aplauden, los dos luchadores se ríen y les hacen un gesto con la mano, con lo que la cámara sigue grabando un momento más.

Después Claudio ayudó a Sol a levantarse, se lavaron la cara, Sol en el baño, Claudio en la cocina, y se reunieron en la computadora con los chicos a evaluar la grabación. Tuvieron que apretarse un poco frente a la pantalla y Sol se sentó a upa de Claudio. Se rieron viendo su primer video. A pesar de lo que pasó después, las entrevistas de la pareja discutiendo, gritándose por encima del conductor, la inevitable separación, la producción de fotos hot de Sol en las revistas, los escándalos de Claudio, esa noche Sol le dio un beso en la mejilla a su marido y le dijo, “gordo, voy a traer la sidra”.

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