Certezas

Ilustración: María Álvarez
Texto: Natalia Méndez

certezas -maria alvarezLa certeza me golpeó en la cara de pronto: Antonella se iba a morir y mamá nos iba a dejar y la vida tal como la conocíamos iba a cambiar y no tenía idea cómo.

Sin embargo, la idea me tranquilizó al principio. Venimos viviendo la enfermedad de Antonella y el desprecio de mamá como si fuera algo natural, pero yo sé que hay otro modo de vivir. Lo que pasa es que no puedo imaginarlo. No sé cómo se vive sin la ansiedad de una pelea que se va a desatar en cualquier momento. La tormenta de verano que acumula tensión hasta que la lluvia es un alivio, un derecho ganado.

Antonella se queja por todo. Todo, absolutamente todo le cae mal. Mamá revolea los ojos y suspira y hace como que le tiene paciencia pero no hay forma. Enseguida empieza a contestarle y terminan a los gritos. Después lloran. Y lo hacen llorar a Juan y nosotras, Julia y yo, tenemos que ocuparnos de entretenerlo, de juntar los pedazos. Siempre el mismo ciclo. Como si fuera el tema musical de moda. Conocemos el principio, el medio, el final. Todos los acordes. Pero recién ayer entendí eso, tan rotundamente: Antonella se moría y a mamá le dábamos lo mismo nosotros. En un sonido igual al que escuchábamos siempre, una parte de la pelea igual a todas y, sin embargo, entendí. Entendí lo que venía, lo que se nos viene.

La idea tomó esta forma: esa tranquilidad que tenemos de a ratos, cuando mamá y Antonella no pelean, cuando Juan no llora por nada y todos parecemos una familia más o menos feliz, eso es lo ficticio, lo falso, la escenografía de cartón. La realidad es lo otro, lo áspero: Antonella se muere, se está muriendo, se va a morir y no hay nada que hacer. Y mamá, sin Antonella, deja de ser mamá. No sé bien qué es nuestro, ni quiero saber, porque lo único que la une a nosotros es la enfermedad de Antonella. Y cuando Antonella no esté y mamá no esté, ahí capaz, quién te dice, la realidad se vuelve menos áspera.

Es que no sé. Me rompo la cabeza pensando, desde que entendí todo esto, y no termino de darme cuenta, de poder pasarlo en limpio. Como si la normalidad, la calma, fueran ideas de otro planeta, momentos que no podemos tener, que no nos alcanza la plata para comprar, que pertenecen al pasado pero no al futuro. Supongo que tendremos que salir a trabajar más. También es cierto que habrá menos gastos sin lo de los médicos y sin mamá que no hace nada en todo el día. Quizás hasta podemos ahorrar. Quizás… pero no. Es una idea robada la de la tranquilidad. Es del mundo de mentira, o del mundo de un pasado tan lejano que ni sé qué color tiene la tranquilidad, qué olor. Cómo se siente llegar a casa y que estén las cosas donde las dejamos, que no sea todo una batalla campal, mezclada con vómitos, sangre, olor a enfermo, a sucio, a viejo. Olor a que no tenemos plata para otra cosa.

Quisiera dejar a las ideas flotando como burbujas, y que se vayan volando. O que se exploten sobre sí mismas. Que desaparezcan de mi cabeza. Ideas opuestas: la vida tal como es, la vida como suponemos que tiene que ser. Ideas opuestas entre las que no nos decidimos a querer ninguna, a ocuparnos de ninguna, a hacernos cargo. Ideas opuestas que se anulan entre sí. Es imposible explicarle esto a Antonella. Decirle, tal vez con palabras mejores, eso sí. Decirle: Antonella, basta. Te estás muriendo. Dejános vivir. Dejá de gritar. Andáte, váyanse vos y mamá con sus gritos y sus quejas por todo. Nosotros nos arreglamos, si es que eso te importa, si es que te importó alguna vez.

O decirle: Antonella, ayudáme a pensar esto. Cómo es que tenemos esta vida de mierda. Cómo es que esta vida de mierda encima se nos escapa de las manos. Cómo es que no hacemos nada por estar mejor.

O decirle: Antonella, no sé lo que es el tiempo. No sé qué pasó antes, no sé cómo se hace para saber lo que va a pasar. No aguanto más este barco a la deriva, esta sensación constante de caída libre, de tornado, de ola que te zarandea y te deja enterrado en la arena. De las tripas en la garganta, del asco, del miedo a lo que viene y no sabemos. Del ruido que tapa todos los rincones con su mugre.

O decirle: Antonella, te quiero. Te quiero porque una vez no gritabas. Yo sé que una vez, en un tiempo, en algún momento, no nos odiabas a todos, no odiabas tu vida, no odiabas el mundo. Te quiero porque nunca se puede dejar de querer a quien se quiso. Te quiero, porque aunque ahora te hayas convertido en esto, sigo pensando que esa parte tuya está ahí, que la Antonella que yo quería, que se reía por todo, que nos daba golosinas a escondidas, que nos llevaba y nos buscaba de la escuela, que nos ayudaba con la tarea, que se acordaba de comprar velitas en los cumpleaños, todavía está por algún lado. Antonella, volvé. Volvamos a poner las cosas como estaban. No te mueras. Pintemos la casa, pongamos flores. Algo. Hagamos una torta. Todos juntos, como antes. Cantemos el feliz cumpleaños aunque no sea el feliz cumpleaños de nadie y riámonos como tontos de lo que van a pensar los vecinos, tantos cumpleaños en una casa tan chica.

O decirle: Antonella, créeme. Ya entendí. Fue todo lindo alguna vez. Las cosas pueden ser lindas y horribles a la vez. Te lo prometo. Las ideas opuestas se tocan, no se anulan. Allá, más adelante, hay cosas lindas todavía.

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