Del cuello

Ilustración: Pablo Alonso
Texto: Esteban Demaestri

peleasTengo del cuello a mi monólogo interno.

Lo llamo Mono, digamos que, aparte de abreviar monólogo, Mono también refiere a lo primitivo. Y Mono, mi mono, el tuyo y el de él, el de ella y la ella de más allá, son nuestras partes primitivas, la vocecita sin filtro que pesa más que las millones de voces que oímos a diario traka que te traka limando sin parar. Esa voz que no se apaga, que habla de corrido, a la que puedo unirme en situaciones como esta para volcar la misma idea, la unión de las ideas sobre un papel. El monólogo, el Mono, mi mono que ahora me dicta y gana protagonismo queriéndome relegar, superarme y llevarse los laureles.

Hay quien dijo que lo que cae así, como torrente, como si te abrieras las venas y volcaras tu contenido en algo que pueda ser lenguaje y mensaje, es obra, nada más y nada menos, que de algún dios, menor o mayor según la edad y el reconocimiento, que ha sabido entenderse con tus entrañas, que ha sabido abrir un canal hasta tu yugular y clavarte cada tanto el aguijón de la adrenalina transmisora para revelar un no sé qué al mundo. Vos podés estar consciente o no, eso no importa, todo depende de cuánto interfieras en el pasamanos.

Entonces tengo al Mono interno que vive en mí, expectante, resuelto a quemarme la cabeza, a ser mi cabeza, a depurar mi mandato de los vicios que el mundo me contagia y quedarse con los que le caen en gracia. Bueno, eso, está el Mono y llega un dios que pretende que yo sea su médium con el mundo racional, con estas almas terrenales que no saben interpretar la naturaleza de ninguna otra manera que no sea a través de los sonidos que representan su lenguaje, o, en el mejor de los casos, de las líneas que representan sus sonidos escritos. El dios llega y planta su bota en mi mente, o el alma que me condena, o el magma espiritual que me rodea, como sea.

Este ser superior se acopla y pide o no permiso, habla con mi Mono y acuerdan usarnos de puente, al Mono y a mí, para manosearnos de sabiduría y ungirnos de la sensación de elegidos. En tal caso, seré condenado a la genialidad, si el mensajero es preciso y el mensaje poderoso, la humanidad me reconocerá el ánimo de humanamente destacado.

Pero puede pasar que el Mono no quiera ser sometido, no quiera rendirse a algo que viene a usurparle su espacio. ¿Quién sabe qué argumentos tenga el Mono para negarse? Quizá yo pueda saberlos, pero deberíamos tener largas charlas para descularlo. No es lo importante, el punto es que el Mono se niega y entonces el dios me arrebata, me secuestra el monólogo interno y me subordina a sus designios. Si gana esa batalla inicial, seré su esclavo por el tiempo que sea, hasta que se aburra, o hasta que haya concluido con su mensaje, o bien hasta que yo ya no resulte útil.

Me pregunto si también él, dios menor, no será alguien sometido por un superior que tranquilamente podría ser una ameba, o un microbio, o incluso un virus. Tampoco me importa. Me importa que mi Mono está siendo sometido, y probablemente una fuerza ajena a mí ponga en mis uñas mensajes que no quiera expresar.

Y si el Mono queda en una jaula, o se enamora de ese dios mensajero, o de su mensaje, que es peor porque los mensajes superan a quien los pondera, entonces mi causa puede estar perdida, mi vida drenada a través de los hilos de baba que me provoquen las drogas duras que pretendan asesinar al dios gurka.

El Mono tiene habilidad y el dios la aprovecha para seducirme. El Mono me conoce de pe a pa, incluso más que yo mismo porque él razona internamente, sin contagios exteriores que él no haya aceptado (excepto aquel dios que por poderoso lo someta). El mono sabe qué palabras, qué imágenes me conmueven, sabe qué cuerdas mover para manejarme cual marioneta, es mi pistolero mental, conduciéndome por donde quiera, dirigiendo mis músculos a su antojo. Puede hacerlo fácilmente, porque me convive desde el día uno, y desde antes también. Y está acostumbrado a hablarme, no sólo al oído sino también al sentido.

El Mono es un cuentero de fogón que se la pasa sacando conclusiones, guardando ideas y conceptos en una especie de telaraña infinita. Disfruta, se hincha en mi cabeza y me dice podemos encontrar algo poderoso, podemos descubrir alguna esencia, estamos cerca de grandes verdades. No para y empiezo a dudar, ¿será él o será realmente un dios que ha venido a mi cerebro?

Temo que una lucha épica entre el Mono y yo me dispare a la locura. Siempre, desde siempre, creí que llegaría este momento. El Mono no respeta momentos y se la pasa apretándome los nervios para que le tenga en atención. Me dice, todo el tiempo me dice, siempre diciéndome a mí, nunca se dirige a otra persona, me dice, me habla de que podemos tener más tiempo, de que estoy desaprovechando cada minuto en cosas sin importancia, de que la vida se nos está yendo y no tendremos el tiempo suficiente para volcar tanto que hay escondido a nuestra disposición. Me dice constantemente desde el día que sé que está conmigo, desde que lo vi y reconocí como un yo espejo. Me dice, me dice, me dice.

El Mono lentamente me habló, con paciencia, años de estar atento, sin pausa, él hablando y yo oyendo, o los dos al mismo tiempo. También discutimos, y llegamos a acuerdos, pero la charla eterna es agobiante, y ahora que se puso más violento no sé, siento un barullo creciente. Se convirtió en un barra brava que me pide ir para adelante sin respiro, se me cuelga, me agita la bandera y grita que no queda tiempo, que hay que dar vuelta el partido, que nosotros podemos, que juntos, como si él pudiera ponerse en mis zapatos, podemos. Es un líder, nato, líder de mí, tiene el poder de los líderes de masas, para motivarme y hacerme salir al viento.

Pero temo que esté un dios a la sombra de todo esto, un bicho ajeno que está rompiendo mis murallas y trabando distancia entre yo y mi monólogo interno. Entonces los gritos se vuelven tribuna, y ya no sé si puedo hacer el esfuerzo. Me llega todo como una catarata, me chorrea de las orejas, como que me estoy derritiendo, los ojos que me pesan y tampoco sé en qué se me va el tiempo. Encima estoy hablando en este modo de rima que tanto detesto. Los músculos, los huesos, mis tripas como víboras de alta tensión, ardiendo en pulsos que le piden más y más a mis dedos. Y me ahogo, pero no cedo.

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