Las manzanas de Svenka

Ilustración: María Sanzol
Texto: Bruno Martínez

las manzanas-copiaTerminó de colocarle la última naranja en la cabeza, caminó hasta detrás del caballete y la midió con el pincel. Svenka sentía el peso de las frutas, y el cuello de encaje del camisón que le raspaba los hombros. Era la cuarta vez que se prestaba para su retrato.

– Kris, ¿cuánto crees que vas a tardar?

– Lo que tenga que tardar.

– Tengo que terminar la tarta de manzanas antes de las cinco.

– Ya te dije que Esther pidió tu retrato con las frutas en la cabeza para el lunes -Kristoff levantó la mano a la altura de su ojo, e hizo un gesto. Svenka lo entendió, y dio un paso hacia su izquierda-. No me distraigas, que el día se acaba y la luz a esta hora te resalta los ojos.

– Solamente te pregunté cuánto ibas a tardar.

– Y yo te contesté y te pedí que no me distraigas.

– ¡Qué temperamento! Píntame rápido disfrazada de ensaladera, así puedo cocinar.

– Me estás distrayendo.

– Deben ser las cuatro de la tarde. Son treinta minutos de horno, más lo que tarde en cortar las manzanas.

Kristoff no respondió. Miraba el hombro de su prima mayor y la pincelaba en óleo negro y ocre. La habitación era enteramente de madera, espaciosa. La inmensidad se sentía aun más con los muebles cubiertos con telas blancas. La luz del sol entraba por un tragaluz y las partículas del polvo le daban cuerpo. Lo único que se oía en esa casa, además de la quietud, eran los suspiros de Svenka.

– Algo me dice que va a llover.

– No gires la cabeza.

– El calor de esta casa es agobiante. Y este sol, Santo Dios, me está dejando ciega.

– No estás ayudando.

– Huelo damascos. Debe ser la vecina, con su tarta al horno. Y yo, aquí: siendo un busto parlante.

– Svenka, me estás exasperando -Kristoff bajó el pincel-. No voy a tardar más de veinte minutos en tomar la figura aproximada. Si te tranquiliza, terminaré el resto de los detalles sin tus caprichos.

– Me tranquiliza, más bien.

– Bueno. Veinte minutos estática y silenciosa.

– ¿Puedo respirar?

– ¿Es completamente necesario?

– Eres un imbécil.

– Y tú el busto parlanchín más nefasto que existe.

– No estás siendo gracioso.

– ¿Me ves riendo?

– Odio tanto cuando te pones así.

– “Odio tanto cuanto te pones así, blah bleh blah”.

– Así, exactamente. Un infante insoportable.

– Cuidado, que no se te caigan las naranjas.

– Me importan una mierda las naranjas.

– Sven. Por favor. Quiero terminar esto tanto como tú. ¿Puedes quedarte, pooor favooooor, quieta? Por favor. Te lo pido por mis hijos. Por tu tarta de manzanas. Por la merienda que me espera. Por la tía Esther.

– ¿A quién demonios se le ocurre pintarme con una frutera en la cabeza?

– Aceptaste ser pintada, y yo a pintar. Démosle de una vez su regalo de cumpleaños a Esther. ¿Puede ser?

Svenka se cruzó de brazos y se mordió el labio inferior. Miró por una ventana de cara a la calle.

– Hazlo. Pero antes déjame cortar las manzanas.

– ¿¡Las trajiste aquí!?

– Si, ¿cuál es el problema?

– Te vas a desacomodar las frutas, y el manto, y no te podré pintar. Espera a que termine, seré breve.

– No voy a llegar a tiempo para servir el té.

Kristoff miró la bolsa de tela abultada junto al parasol.

– ¿Trajiste un cuchillo?

– Sí. Tardaré un segundo.

– No te muevas. ¿Dónde está?

– Está en la bolsa. Son cinco manzanas, será rápido.

Kristoff llegó a la bolsa de una zancada, la vació sobre un mueble y tomó el cuchillo.

– Ni se te ocurra cortarlas sobre esa tela mugrosa.

Kris hizo un pestañeo largo, y pidió paciencia en un murmullo.

– Svenny, corto las manzanas y termino tu retrato en un pispás.

– Kris, no estoy bromeando. Sácame esto de encima -con un movimiento leve pero pronunciado, una naranja sobrepasó el borde del cuenco y cayó al suelo. Junto a ella, dos más. Kristoff se congeló mientras las naranjas se dispersaban en el parqué. Svenka apretó los puños y presionó sus brazos contra el cuerpo.

– Meh. Perdón.

Kristoff giró sin mirar a su prima y, sin emitir más ruido que sus pasos, surcó la habitación. Abrió la puerta de caoba, y la cerró de un golpazo. Llevaba consigo el único cuchillo de la casa.

Fuera la luz se apocaba en un cielo blanco, el silencio cubría las manzanas y el olor a damasco era el eco de la impotencia. ¿Dónde encontraría Svenka otro cuchillo?

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