La última demora

Texto: Karina Ocampo
Ilustración: Maxi Falcone

La última espera Maxi FalconeLo invité a comer. Sabía que aceptaría porque la atracción entre nosotros había sido palpable desde la primera vez que nos vimos y la dejamos pasar hasta el café con charla y propina de seducción incluida que nos tentó a probarnos las bocas como gusto nuevo de helado, y eso que todavía era invierno y hacía frío pero quedamos atrapados en el vértigo de los corazones acelerados y no paramos hasta conocernos la piel.

Desde entonces habían pasado más promesas y desencuentros que buenas rachas pero cuando lo llamé por la mañana y noté el tono de sorpresa en su voz, casi en un susurro le dije que una noche de pastas, sexo y Malbec no se le negaban a nadie, que se preparara porque lo iba a comer. Él se aflojó, no se lo esperaba. Dijo “voy” y también “llevo postre”. Después cortó.

Preparé una salsa de tomate y albahaca, dejé todo listo, la mesa servida, el mantel con flores rojas como la camisa que me puse frente al espejo. Me senté a esperarlo pero a las 21 no llegó. Puse algo de Eddie Vedder, batí crema, prendí sahumerios y los apagué. Le mandé un mensaje y nada. Intenté leer un libro y fue imposible: la historia del hombre que un día decide matar a su mujer, su suegra y sus hijas fue una pésima elección.

“No te ama”, dijo la voz en mi cerebro. “Calláte”, le respondí. “Tengo hambre”, dijimos las dos al unísono. La ansiedad de no saber era peor que cualquier noticia. Comí algunas aceitunas y lo imaginé en su auto, en medio de la autopista o con una rueda pinchada. Pensé en sus manos delicadas, las mismas que me acariciaban a veces pero cambiando la rueda, y sonreí. Después lo imaginé accidentado, deambulando con amnesia por los pasillos de un hospital, como en las telenovelas.

Lo esperé durante tanto tiempo que ya había perdido la cuenta. No se trataba de un tiempo lineal ni físico. Era el tiempo que había empezado a correr antes de que él llegara, mientras conocía a otros, iba a fiestas, y me acostaba con hombres que dejaba evaporar al día siguiente, entonces presentía que había algo más.

Recién a las 23 recibí la respuesta. “Estacionando”.

Le abrí la puerta, enojada.

-No tenés idea del tráfico que hay en Buenos Aires a esta hora, traje helado, te extrañé -y me clavó su mirada de Gato con Botas, y me estampó un beso largo y urgente que me desnudó.

Sabía que mentía pero dejé que su abrazo silenciara las palabras que se formaban en mi cerebro. Después de todo, dicen, uno es uno y sus circunstancias. Aunque no terminaba de entender la frase, lo importante era que teníamos toda la noche por delante.

Puse música clásica y él sirvió vino en las copas. Cuando dije “a los ojos”, decidí que no me permitiría ni un brindis más. Comimos y charlamos sobre rock, poesía, el último libro de Fabián Casas y el futuro de la monarquía. Me contó la historia de los abuelos y yo respondí con el relato de mis vacaciones de la infancia en Catamarca. ¡Me gustaba tanto verlo reír! Cuando se reía volvía a ser un chico, antes de quedar atrapado en la oscuridad de su historia y el dolor de las separaciones. Pensé que cada vez que tuviera que recordarlo elegiría esa instantánea, que tal vez algún día se pondría borrosa.

Bailar fue una excusa para acercarnos, la mezcla de perfume, vino y deseo consiguieron marearme. Subí el volumen al segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven y le dije que había llegado el momento, le di la mano y lo guié hasta la cama para cumplir con el ritual. Se entregó confiado, un poco borracho por el alcohol y las pastillas para dormir. No me resultó fácil el trabajo, nada es fácil cuando hay sentimientos. Lo había estudiado durante meses, cortar la carne humana era una tarea que requería precisión, el cuchillo eléctrico era la mejor opción para estos casos. Pero tenía que animarme a dar el primer corte, esperar a que despertara asustado antes de morir, los ojos muy abiertos y ahí comenzar a fragmentar el cuerpo que amaba pero que nunca sería mío.

Fueron seis horas arduas y la cama quedó hecha un enchastre aunque le puse el plástico por debajo. Después de tantas temporadas de Dexter y canal Gourmet, un poco había aprendido. Prendí el horno y comencé a salar el pedazo más grande. Más tarde vería cómo eliminar los huesos. Y no lloré, eso vendría después.

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2 comentarios

  1. Felicidades · · Responder

    Lo amo por muchas razones!

    1. Básicamente por morbosa jaja!

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