Del buen comer

Texto: Esteban Demaestri
Ilustración: Silvia Hapko

Del buen comer Silvia Hapko

El doctor Mancuello inclinó un poco la cabeza para leer lo que había anotado hacía no más de diez minutos. En medio de esa acción y la presentación, ellos, en especial ella, le habían explicado la situación: Matilde no llegaba a sentir el orgasmo. Creo que soy frígida, había dicho, con un tono raro, mezcla de pudor y gracia. Explicó que creía tener un problemita porque había leído mucho sobre el tema y, además, le llamaba la atención que muchas mujeres tenían ganas de, bueno eso, con sus maridos, y a ella le daba lo mismo, no la emocionaba. Y se apuró a explicar que no era de ahora, que siempre le había pasado.

En alguna pausas de la mujer, el doctor Mancuello había mirado a Domínguez, como invitándolo a decir algo más, algún comentario que iluminara el misterio. Pero nada, Domínguez no había dicho palabra. Sólo algún gesto asintiendo.

Pasó la exposición de Matilde y Mancuello miró el papel donde había escrito un desorden de tripas que a Domínguez le recordaban a esos laberintos que antes venían en la revista del domingo. Se quedó con la mano reposando sobre el papel, la birome en el aire amagando el contacto.

Dominguez miró alrededor, estaban en un consultorio pegado al resto de la casa. Se imaginó las miles de parejas que cada año pasaban por ese lugar buscando solución a sus dramas íntimos, y pared de por medio los niños y su madre almorzando o merendando, mirando dibujitos o la novela brasileña. Se imaginó eso, pero podría haber imaginado otras cosas, por ejemplo que del otro lado había una mujer anciana que tejía y tejía sin respiro, que saludaba a su hijo doctor con un buen día cuando era de noche, diciendo Buen día, Pedro, creyéndolo su marido muerto hace doce años. O podía haber imaginado justo lo que en realidad había del otro lado de esa pared, pero no, no se lo imaginó.

También miró Dominguez buscando un cuadro con alguna postura del Kamasutra. Los buscó en la pared, a ver si se colaban entre los diplomas y certificaciones de congresos, ya que no había encontrado ni siquiera alguna figurilla sobre el escritorio. Tampoco había encontrado alusiones al falo o a la almeja en la modesta sala de espera (a él y sus amigos les gustaba decir “almeja”; otro amigo, de antes, le decía “felpa” porque ojeaba mucho las revistas que venían con el nylon negro tapando cuero y pelo ensortijado en cantidades industriales). Felpa; se sonreía medio poquito ahora que se acordaba.

Entre ida y vuelta, con cara de no sé cuál es el problema, trataba de pispear qué había anotado el doctor Mancuello con su letra de serpiente aplastada. Quería ver si había puesto que el del problema era él y no ella. Pero no podía distinguir qué carajo. Cuando los amigos del boliche le preguntaron, Domínguez dijo “dotor Malcuello”. No había llegado a inventar una excusa para explicar que no habría truco el jueves, y lo hicieron transpirar a preguntas hasta que saltó la verdad: Matilde tenía un problemita desde hacía años y había pedido turno con el dotor del sexo. El profesional había resaltado la importancia de conocerlos a los dos. Así que ahí estaban, sentados, como dos adolescentes que no saben usar un profiláctico o cómo funciona el tema de las pastillas.

El doctor meditó por algunos largos segundos. Por fin levantó la vista, metiéndola entre las cejas y los lentes, que ahora habían resbalado hasta la punta de la nariz gorda y arañada por las várices.

¿Y usted, Domínguez?, dijo, llamándolo por el apellido, cosa que le molestó un poquito, como el ruidito metálico que hacen algunos canales de cable, o sea, un fastidio chiquito, porque a ella le había dicho cuénteme, Matilde, pero a él no, a él le había dicho ¿y usted, Domínguez? Y entonces la vio venir, como cuando le toca ser pie del truco y no sabe si cantar o no cantar envido y al fin dice truco y todos lo putean porque no mintió o porque se las comieron. Se sintió incómodo. Una gota salió disparada del sobaco y se expandió humedeciendo la camisa, avisándole también que estaba nervioso. Incómodo y nervioso.

¿Yo qué?, preguntó, sacándose el tema de encima.

Ustedddd, ¿tiene algún problema con el acto sexual? Usted looo… ¿disfruta plenamente?

Buenoooooo, esteeee, sí, síii… me gusta como siempre, usted mentiende…

Claro, sí, sí, debería entenderlo yo… ¿nada anormal entonces? Ningún signo extraño, digamos, alguna señal de que su esposa tal vez nooo… ¿?

Nop…

De acuerdo. De acuerdo. Volvió Mancuello su atención al papel y anotó cosas, muchas, un rato mas o menos larguito, lo suficiente como para que a Domínguez le transpirara más el nerviosismo y Matilde abriera y cerrara el monedero cuatro veces y también se pusiera y se sacara los lentes tres veces, en la del medio para acercarse a leer una notita puesta entre el escritorio y el vidrio del escritorio.

Acabo de merendar, dijo el doctor sin despegar la atención de sus anotaciones, ¿quisieran un café con galletitas que sobraron?

Los esposos se miraron. Dudaron. Aceptaron.

Mancuello levantó el teléfono, apretó un botón verde y esperó un par de segundos. Laura, por favor traé dos cafés y un poco de leche caliente, y galletitas. Gracias. Colgó y cruzó las manos como levantando una barricada. Bueno, ya viene Laura con café para dos, ¿no es un lujo este consultorio? Se sonrió satisfecho. Los esposos estaban mudos, dudaban si aquello le serviría al doctor para aventurar un diagnóstico. Esperaban que, tal vez en el mientras tanto, el hombre les dijera cuál podía ser el problema y las posibles soluciones.

Estaban, especialmente Domínguez, desorientados por la tranquilidad del Doctor. Se puso ansioso, quería preguntarle a Matilde si el hombre había sido ubicado por cartilla o recomendado por una amiga. De cartilla no podía ser porque esos te apuran, te reciben con la receta en la mano y te giran para la salida con el hola. ¿Con quién había hablado Matilde del tema? ¿Las amigas sabían? Las manos empezaron a transpirarle. Pero estaba bien, si al fin de cuentas él también lo había charlado con los muchachos. Si hasta bromearon con que Malcuello era el indicado para el problema de Matilde, y él rio pero también se sonrojó imaginándose que ella se enterara del chiste.

Se abrió la puerta y entró un culo escultural empujándola. La pollera negra llegaba hasta casi las rodillas, que giraron y trajeron a escena una camisa blanca abultada, tirante, no apta para botones flojos. Laura, la secretaria, estaba clarito. Domínguez se pasó la mano por la cara y se imaginó contándoles a los muchachos. Un fuego le nació de las piernas y se transpiró todo. El café humeaba con ganas.

La secretaria ubicó las dos tazas y Domínguez sintió que perdía la cordura. ¿Leche?, preguntó la nueva protagonista mirándolo a los ojos. El corazón entró a latir que se le abría el pecho y salía un alien. No, popp favor, gracias, dijo él y miró las galletitas que estaban en la bandeja. Está bien, gracias, agregó tragando saliva y frenando la imagen con la palma.

En el platito de las galletitas había siete. Matilde aceptó el ofrecimiento de su marido y luego se sirvió él una de chocolate y crema.

Dio el primer bocado y miró las cinco galletitas del plato. Trató de concentrarse en eso para evitar mirarle otra vez el culo a la secretaria, que se iba. Al doctor ni lo miró, sabía qué él lo observaba pero no podía corresponderle. Masticaba y pensaba en la segunda galletita, en agarrar la única que quedaba de chocolate. Se apuró a acomodar la que tenía entre dientes para tragarla. Con la boca llena dijo qué sabroso, y manoteó la segunda antes de cerrar la boca sobre el pocillo para pasar la pasta.

Matilde, en cambio, tomaba la cosa con más medida. Se sentía avergonzada por su marido y hacía caras de resignación, antes a la secretaria y luego a Mancuello. Estaba decidiendo si comía otra galletita o no cuando su marido agarró la cuarta. Queriiiido, parecés un muerto de hambre…

¿Pero qué, mujer? Estoy… Se quedó mudo y se mandó la mitad que le quedaba entre los dedos. Tomó el resto del café y ahí se quedó, pensando en la última galletita, que iba a quedar en el plato porque Matilde tenía vergüenza.

El doctor sonrió ante la situación y se recostó un instante en la silla, como para observarlos de lejos. A Matilde se le hizo que toda aquella situación había sido un montaje para evaluar reacciones, sobre todo la aparición de Laura, que es re jovencita.

Bueeeno, muy bien, ya estamos bien. Mancuello se incorporó y dio la vuelta al escritorio. Los esposos se quedaron titubeando, hasta que por fin se levantaron.

Pero dotor Mal… Mancuello, ¿no va a recetarle algo que tomar a Matilde?

Sí, eso, ¿qué problema estoy teniendo, doctor?

Nada, tranquila, creo que tenemos otro problema, señora Matilde… estése tranquila que probablemente no sea necesaria ninguna medicación.

¿Entonces?

Entonces, los deberes son para usted, señor Domínguez. Lo midió un instante. Le propongo esto: la próxima vez que se siente a comer, por favor intente lo siguiente… trate de comer mejor, de saborear la comida que tiene en el plato… Trate de no pensar en la que le queda por comer o lo que hay para servirse después… deguste dándole valor a los sabores, mastique… ¿Sabe qué?, acompañe con vino la comida, un vasito de malbec o borgoña… aprenda a comer y va a ver que lo demás llega solo…

¿De qué me está hablando? Matilde, no me dijiste que era nutricionista…

Pero no, hombre, hágame caso, por favor intente lo que le digo… Verá que la situación de Matilde va a ir mejorando.

¿Pero cuándo?, ¿cómo es que comiendo más lento se le va a sol…

Matilde le puso el saco y le palmeó el hombro.

No, no entiend…

Vaya tranquilo Domínguez… Nos vemos en dos meses a ver cómo les está yendo, ¿de acuerdo?

Domínguez no alcanzó a reaccionar que ya estaban en la sala de espera, frente a una pareja que ahora se ponía de pie para ser atendida.

¿Dos meses? ¡Doctor! es que yo no t…

Se encontró hablándole a la puerta, que se cerraba dejando pasar apenas un saludo que tengan ustedes buenas tardes y PLAM, se le volaban todos los papeles de la cabeza.

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