Furia

Texto: Natalia Méndez
Ilustración: Gustavo De Tanti

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El Hambre venía por la ruta a todo lo que le permitía su vehículo: una especie de moto, con una rueda adelante y dos atrás, bastante destartalada. Si se lo viera en cámara lenta, se notarían los belfos del Hambre temblando más por el motor vibrante que por la velocidad.El Hambre estaba furioso. Como nunca. Quería llegar y romper todo y pegarle a alguno, tal vez. Eso no estaba ya tan seguro. El Hambre no le había pegado nunca a nadie, pero esta vez no sabía. No podía creer lo que había pasado. Y cuando llegara, no iba a pedir explicaciones, iba a romper todo y ya. Si después querían decirle algo, bueno, allá ellos.

A esta hora -amanecía en la ruta- seguro se iba a encontrar a todos durmiendo, pensó de pronto. Eso le bajó un poco la furia. Cuando los Cepillos duermen son lindos. No iba a pegarle a los Cepillos, estaba seguro. Los Cepillos son dos hermanos que viven en la casa también. Son los más jóvenes y todos los miman como si fueran niños todavía. Pero bien que los Cepillos trabajan y aportan en la casa como todos.

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El Hambre pensó en eso y volvió a acordarse de su furia. Seguro que se cruzaría primero con el chancho San Vicente. El chancho San Vicente estaba siempre en el porche de la casa, rezongando. Siempre pero siempre, desde antes que nadie supiera cómo fue que llegaron todos a esa casa, ni cómo fue que se fueron quedando y repartiendo cuartos y tareas, el chancho San Vicente siempre tenía algo de qué quejarse. Nadie lo escuchaba, por supuesto. Y curiosamente, el chancho San Vicente jamás se quejó de eso.

Pero el Hambre sabía que el chancho San Vicente tampoco tenía la culpa de su furia. Nadie la tenía, si lo pensaba bien. Pero no quería pensarlo bien. Quería ir y desquitársela contra algo o alguien. Era de esas furias que no te entran en el cuerpo. Que salen en forma de piña o estallan en forma de llanto horrible. Y el Hambre no quería llorar, no quería que hubiera pasado lo que pasó. Quería romper todo y que después todo estuviera como antes.

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“Eso”, pensó. “Lo que yo quiero es que todo sea como antes”. Y supo, en ese segundo, en ese destello de pensamiento en la ruta, cuando ya empezaba a haber más vegetación a los costados y el sol de verano, aunque bajito todavía, empezaba a levantar temperatura, que se iba a tener que tragar su furia. Que ya estaba, no había caso. Que la furia la dejaba en esos kilómetros que lo separaban de su casa, que ni siquiera había sido un error irse a pasar la noche a la ciudad. Que iba a llegar, iba a cruzarse con Martineta en algún momento del día y no le iba a poder decir que la odiaba, que era horrible, que había hecho una cosa horrible. Ni siquiera se lo iba a poder decir, mucho menos estallar. Se iban a cruzar y ya no había nada que decir y los dos iban a saberlo y todo estaba roto sin remedio.

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Le caían las lágrimas. La furia se iba en forma de tristeza enorme, y la pena ocupaba el lugar de las cosas que ya no eran. El Hambre no estaba acostumbrado a llorar, y ahora ni siquiera lo pensaba, como si fuera un efecto más de la velocidad, del viento en la cara: las lágrimas salían sin parar, sin control. Total, nadie lo veía en la ruta. Pero aunque alguien lo viera no iba a poder parar hasta vaciarse.

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