Casamiento en pueblo chico

Ilustración: Pablo Alonso, Texto: Karina Ocampo

A Valeria la invitaron a último momento. Se casaba mi mejor amiga, así que cuando se lo conté me contestó que iba a ser un relleno igual a esas gigantografías de cartón con sonrisa congelada.

-Los amigos del novio quieren chicas –dije mientras caminábamos por la playa.

Ella no estaba muy convencida. Lo único que sabíamos era que por parte del novio iría la clase alta de la ciudad, que no dejaba de ser un pueblo chico con muchos habitantes. Imaginaba una mesa llena de cubiertos que no sabría usar y comida espantosa de “gente como uno”. Todavía era reciente el recuerdo de una ostra que se le había quedado trabada en la garganta y le costó lágrimas pasar.

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Hacía meses que compartíamos la cama, desde que me había dejado mi ex. Nada une más a dos personas que los desengaños amorosos, y de esos arrastrábamos unos cuantos. Teníamos la intención de comprar dos camas pero con nuestros sueldos apenas alcanzaba para darnos algún gusto, así que hacíamos chistes sobre ponernos cariñosas a la noche y seguíamos hablando de cerca hasta quedarnos dormidas.

-Es un casamiento, no podés pasarla mal –insistí.

-Prefiero pasar hambre a la vergüenza de que se me escape una langosta como en “La pistola desnuda”. Además no tengo nada que ver con ellos, casi no los conozco.

-Pero va Nacho.

Nacho era un amigo de los novios con el que habían cruzado unas palabras de cortesía. Nada importante, pero le había parecido lindo. Bueno, lindo no, interesante. Como le gustaban a ella: alto, morocho y con una sonrisa que le bajaba la presión.

Así que el orden de prioridades cambió en un segundo y lo más importante sobre la faz de la Tierra fue conseguir ropa, zapatos y valor, en ese orden. Anita le prestó un vestido color crudo con la espalda descubierta y el mismo día compró unos zapatos de taco demasiado alto que era obvio que no podría usar toda la noche. Lo mío fue rápido, un vestido negro y corto con mucho escote.

-Las hormonas mueven el mundo -había sentenciado Anita mientras se maquillaba y nos miraba a través del reflejo del espejo. Tenía razón.

La misa fue corta pero no le esquivé a la emoción. Siempre era igual, empezaba a sonar el Ave María y se me caían las lágrimas como si fuera la madre de la novia. Después la caravana por la ciudad, las luces de la noche sobre el mar y el regreso triunfal para llegar a la recepción y atacar los benditos canapés colores.

En la mesa que nos tocó, un empresario gastronómico al que le decían el Oso comía todo lo que le acercaban y ya tenía la nariz colorada. Nos saludó como si nos conociera de toda la vida y dijo algo así como que era un buen día para ponerla. Creo que Valeria no entendió porque ni siquiera parpadeó.

Los novios hicieron la entrada triunfal al salón con un tema de Village People y hasta bailaron un poco de la coreografía. El recién estrenado esposo tenía la misma gracia que un maniquí, por suerte enseguida vino el vals y vi a mi ex con una rubia vestida de dorado, casi envuelta para regalo. No se lo pude contar a Valeria porque se había escondido en el baño.

Después se me empiezan a mezclar los recuerdos. Sé que nos servían vinos de los buenos y que en algún momento de todas las veces que salí a bailar, me miré al espejo y me vi eufórica y despeinada. También recuerdo que Valeria se movía al ritmo de un cuartetazo con el empresario, que al lado de ella era un salchicha alzado con pretensiones de gran danés.

Los padres de la novia fueron los encargados de iniciar el trencito con máscaras de Alfonsín y Duhalde y los amigos rugbiers del novio aprovecharon para demostrar su fuerza y levantaron a los novios hasta que casi golpearon sus cabezas contra el techo.

La fiesta fue un éxito. Me desperté al otro día con un dolor de cabeza terrible y sin acordarme de la última parte. Valeria no estaba a mi lado así que la llamé a Anita para preguntarle qué había pasado.

Me contó que la novia recién casada se había encerrado en el baño para llorar y que entre varias trataron de consolarla y evitar que la vieran los demás. Fue difícil convencerla pero lo lograron. Con todo el maquillaje corrido les contó que estaba embarazada de Nacho pero que no había tenido coraje de cancelar todo. También me dijo que la nueva pareja de mi ex era un travesti, que lo había sospechado cuando la vio y que en el baño le notó la nuez y una sombra de barba. Le pregunté por Valeria y se rio.

-¿No te acordás de nada, no?

-Nada.

-Valeria y el Oso estuvieron a los besos la mitad del casamiento. Yo no lo podía creer pero como estaban todos de fiesta a nadie pareció importarle. Después ellos te llevaron a tu casa porque estabas muy mal. ¿Segura que no te refresqué la memoria?

Hubo un silencio incómodo. De repente sentí un sudor frío y levanté las sábanas para comprobar que estaba desnuda.

-¿Qué hice, Ani?

-Prefiero ser yo la que te lo diga porque tal vez te cruces con gente que te va a hacer comentarios. En un momento te tiraste encima de la novia de tu ex. Fue Valeria la que se encargó de separarlas, era obvio que ella te hubiera ganado, con semejantes bracitos.

-Bueno. No fue tan grave.

-Eso no fue lo peor.

– (…)

-Mejor que te lo cuenten Valeria y el Oso.

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