Notas sobre el hambre

Texto: María Álvarez
Ilustración: Gustavo De Tanti

Notas sobre el hambre DeTanti

El hambre manda. Cuando tenés hambre te ponés de malhumor, como los chicos. No te gusta comer demasiado, y sin embargo a veces lo hacés, sentir el cuerpo pesado es una de las formas de estar segura de que existís. Lastimarte también, quizá. La comida, como el cuerpo, es materia.

Tenés amigos que comen como adolescentes, devoran, parece que estuviesen en edad de crecimiento. Tus amigas al contrario, de adolescentes no comían nada, era la época en que se empezaba a poner de moda estar muy flacas, todas tuvieron meses de problemas alimenticios. En cambio ahora comen como caballos.

Pero la persona que más come que conozcas es tu madre, ella sigue comiendo cuando todo el mundo ya se levantó de la mesa, ella sigue, come con las manos, se chupa los dedos, disfruta. No es gorda porque se cuida, se vigila ella misma para no darse rienda suelta todos los días. Se conoce.

La relación con la comida es como la relación con el dinero. Se instala de chico, después es muy difícil cambiar las bases, son como nudos. Si alguien es tacaño quizá percibe que es tacaño, pero para dejar de serlo tendrá que revertir mecanismos, casi como revertir el lenguaje, como borrar un tatuaje, que hoy se puede pero antes no. Con la comida es lo mismo.

Tenés una amiga que tiene casi cuarenta años y sólo come milanesas con papas fritas, o pollo con papas, o fideos solos. Nada verde ni rojo ni de ningún otro color que no sea ese blancuzco o sus derivados. Comida de niño de dos años. Así comían sus padres y así comen sus hijos, siempre lo mismo.

Algunas personas para no comer toman mate, otras fuman, o besan. Todo tiene que ver con llevarse algo a la boca, la boca es la puerta de conexión entre el exterior y el interior, la única entrada y salida a la autopista que va de punta a punta.

Hay gente que cuando está angustiada come de más, para tapar. Otros no pueden probar bocado, se les cierra el estómago. Cuando eras chica eras de los primeros, ahora cuando te angustiás no te entra nada. Estás dispuesta a soportar la angustia sin taparla, a vivirla. Y es verdad que con el tiempo cada vez estás más flaca, como si te acercaras al núcleo de lo que sos.

El otro día viste “Hunger”, la primera película de Steve McQueen, una de las mejores óperas primas después de “El ciudadano”. Es sobre la huelga de hambre que hicieron en la cárcel miembros del IRA a principio de los ochenta en Irlanda. Bobby Sands, el líder de la protesta, y otros, murieron de inanición reclamando ser considerados presos políticos, no comunes. Mientras Michael Fassbender (Bobby) se consumía en la pantalla, vos te preguntabas si no hay un instinto de supervivencia que te lleva a comer, porque le ponían la comida al lado, y tenía buena pinta. Pero él nada, se seguía debilitando, desintegrando, literalmente. Pensaste, después de terminada la película, que los principios pueden más que el hambre. Y hay pocas cosas que puedan más que el hambre, porque el hambre manda.

Una tarde de verano escuchaste a un portero que le gritaba a otro, los gritos cruzaron la calle como una paloma y entraron a tu casa por la ventana: ¡Hambre tienen en Etiopía, los gordos de la villa no tienen hambre! Te quedaste dura, como si te hubiesen tirado una piedra o peor, algo asqueroso, repugnante, como si te hubiesen tirado un pañal sucio.

Te preguntás cuántos grados de hambre hay. Cuál es el umbral de hambre de cada persona. Está la zanahoria, lo que te mueve, a vos y a los otros. Algunos buscan la zanahoria para comérsela, la necesitan para vivir. Otros simplemente la desean, la quieren para guardarla porque saben que cada día que pasa la zanahoria vale más. Hay gente que la persigue para mostrársela a los otros, que todavía no la alcanzaron, para gozarlos. Hay algunos que necesitan aferrarse a esa zanahoria para sentirse seguros, como si esa zanahoria los fuese a salvar de algo.

Vos nunca tuviste hambre, ni el hambre de Etiopía ni el de la villa ni el de los principios. No sabés cómo es, no estuviste ni cerca. Por eso para escribir sobre el hambre considerás dejar de comer, como Bobby, no al extremo de matarte pero sí por unos días, para saber cómo es, aunque no, no podrías porque a vos no se te va la vida en la escritura, al contrario, la vida se te va por tantos canales que no te jugarías por ninguno. Sabés que sucumbirías a la primera tentación interesante. No sos fuerte. Será quizá porque estás demasiado bien alimentada.

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