Gigante en el desierto

Ilustración: Guillermo Ortiz (Orx)
Texto: Karina Ocampo

gigante en el desierto

No podrían precisar en qué momento apareció el gigante, pero pronto aceptaron su presencia en el desierto. Se acostumbraron a esa alteración, como una montaña plateada que les golpeó los ojos, como el sol en directo. El más chico lo había descubierto, apenas oculto por la arena y el viento. Tardó en avisarle al resto, fascinado por su imagen en el reflejo. Hasta que, tal vez por miedo, se animó a contar el secreto.

Avanzaron de a poco, lo abordaron con recelo, lo rodearon y esperaron alguna reacción en silencio. Subieron por las huellas de barro marcadas en el metal y encontraron un pasaje a un lugar nuevo. Los recibió el aire pesado, el olor del encierro. La carne podrida de varios días les habló de muertos. Entre cuerpos inertes rescataron alimentos. Una pelota de cuero inició el juego. Comieron los restos, hablaron del tiempo. Contaron chistes y hazañas, se quedaron sin eco. Dibujaron antílopes y leones, cazaron conejos. Al anochecer, hombres con uniforme militar gritaron perdidos a lo lejos. Nadie los escuchó. Los cavernícolas dormían, soñaban con el fuego.

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