El día siguiente

Texto: Natalia Méndez
Ilustración: Maxi Falcone

el_dia_siguiente-maxi_falconeRecibí la llave por correo. Sabía que iba a pasar, iba a recibir el paquete, pero no tan pronto. No una llave. Quería evitar hablar con el doctor pero no me quedó más remedio. Lo demoré, sí, todo lo que pude. Cuando me decidía -cuando hacía que me decidía-, no podía encontrar por ningún lado los datos del estudio.

El sobre con la llave quedó en el fondo de una cartera varias semanas.

En algún momento hasta lo olvidé todo.

Podía vivir perfectamente sin saber.

Me dije esta mentira varias veces.

Igual, sabía, más tarde o más temprano el doctor iba a precipitar las cosas, a querer cerrar el caso, ordenar sus papeles.

Un caso de rutina para el estudio, claro. Pero para mí era todo, era el después y para siempre. Ya había cumplido los ritos correspondientes, tenía todo en orden, pero no quería dejar mi vida hasta entonces. Si al menos hubiera recibido un animal, como otros que conocía. Un pasaje a algún lado. Pero no: una llave. Los animales o los pasajes no te daban chance, estaban ahí, tenías que empezar a hacerte cargo en el momento en que llegaban. No tenía idea de qué podía encontrar, así que lo demoré.

Una noche soñé con un viaje que nunca hice a un lugar que quizás ni siquiera exista. Es difícil de saber. Algo que vi en la pantalla, algo que leí. La idea de estar en otro lado era intensa. La idea de haber viajado, de estar sola, sin apuro, de la vida de turista que disfruta de esas pequeñas cosas en el extranjero pero no en casa. Rutinas mínimas del ocio.

Esa mañana, todavía sin lavarme los dientes, llamé al estudio, pasé el número de mi sobre y me dieron una dirección y otro número.

Me despejé la tarde para ir. No era lejos.

Todo el viaje tuve en la mano esa sensación que tenía de más chica al dar un examen, al ir al médico… como una flojedad en los dedos de la mano izquierda, en la muñeca, algo fuera de lugar.

Llegué sin entender bien cómo me había demorado tantas semanas en hacer algo tan fácil.

El portero del lugar me indicó cómo llegar a la puerta que me correspondía. Estaba en el segundo piso. Subí por la escalera. Era un edificio viejo, de otra época de esplendor: molduras que ahora se destacaban por el polvo. Las baldosas tenían encanto por los colores y por lo gastadas.

La mano me temblaba un poco y tardé en embocar la llave en la cerradura y abrir. El portero, que había subido atrás mío, se quedó en el pasillo con respeto, a un par de metros. No había otra ceremonia que esa. Pensé que tendría que haber llamado a alguien para que me acompañara.

Abrí. Adentro, un salón muy cuidado, la pintura como nueva. Paredes rosas, molduras y el techo, color crema. El piso de madera oscura. No había ventanas. La iluminación venía de algún foco escondido en el techo, tal vez. No había otras puertas. Y en el medio, suspendida en el aire, ocupando todo el centro del salón, lo que se suponía que tenía que ser mi futuro: una nube.

Había escuchado, como todos, historias extrañas al respecto. La entrega del futuro, una vez cumplidos los ritos de la juventud, podía ser sorprendente. Pero para mí eran solo historias. No conocía a nadie realmente en un estudio que pudiera confirmarlo, a ningún doctor en persona. Todos mis amigos y colegas habían recibido los paquetes estándares de futuro. Se decía de un viejo compañero de trabajo que había recibido una estrella y de un vecino que había recibido una piedra, pero no supe nunca nada de ellos de primera mano. Y yo tenía una nube y no sabía qué hacer.

No me atreví a entrar. En el pasillo miré al portero, a ver si podía darme alguna pista, pero él, sin asomarse siquiera, se dio vuelta y volvió a bajar.

Miraba la nube desde la puerta. Blanca, hermosa, contundente. Parecía sólida y a la vez liviana. Por arriba tenía un tono anaranjado, como si le diera algún rayo de sol que yo no veía. Flotaba. Los bordes se le deshilachaban un poco y se volvían a formar.

Una nube en una habitación.

Ese es mi futuro.

Cerré la puerta y me senté en el piso a mirarla. No había sillas ni ningún mueble.

Estuve ahí muchas horas ese primer día. Primero sin saber qué hacer. Sin llorar, pero con un nudo en la garganta. Después, sin que me importara qué hacer.

Por momentos, la nube parecía tener forma de algo. De pronto era un pato. Un conejo. Una nave. Un elefante. Cambiaba sin que me diera cuenta cómo. Flotando. La mirabas fijo y de pronto se parecía a otra cosa.

Llevo un registro desordenado de las formas. A veces las dibujo en un cuaderno, o escribo.

En los días siguientes fui acomodando todas mis cosas para cada vez pasar más tiempo en el salón de la nube. Algunos amigos vinieron a verla.

La reacción general fue de fascinación. Pero después, al saludarme, me daban una palmada ligeramente más fuerte que otras veces, como diciendo lo siento, no sé qué haría en tu lugar.

Me conseguí un vaporizador y le tiro agua cada tanto. Aunque sé que es más una tarea de consuelo que otra cosa.

En las entradas y salidas del edificio nunca me crucé a nadie. No sé qué ni quiénes están en las otras habitaciones. Si hay más nubes o qué. El portero del edificio siempre es el mismo y me saludaba por mi nombre ya al segundo día. Me debo haber presentado la primera vez.

Veo regularmente a mis amigos con futuros como los de todos y a veces hablamos de mi nube. Especulamos sobre lo que podría hacer, me hacen preguntas. ¿Llueve alguna vez? Nunca cuando estoy, hasta ahora, aunque a veces encuentro el piso húmedo. ¿Cómo se sostiene ahí? ¿Quién regula la temperatura del cuarto?

Algunas noches me hago estas preguntas a mí misma y me propongo -me prometo- que esa mañana sin falta voy a averiguar todo. De alguna forma. Pero de alguna forma también a la mañana me disperso mientras me preparo el desayuno y me alisto para ir a la habitación de la nube y me olvido de mi promesa. Tomo el café con leche mirando por la ventana y veo el cielo de ese día, lleno de nubes salvajes que pasan, y ya no siento más que una especie de agradecimiento por el futuro que me tocó, por esa nube con la que todavía no sé qué hacer.

 

 

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